El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El viento en la ladera poniente del Pico da Neblina no soplaba; aullaba como una fiera acorralada entre las grietas de la arenisca. La bruma helada, cargada de gotas tan finas que se adherían a la piel como agujas de cristal, reducía la visibilidad a menos de tres metros.

Vera se apoyó contra la pared de basalto, con los dientes castañeteando fuertemente.

La herida de bala en su muslo izquierdo, envuelta en un torniquete de fortuna hecho con una tira de su propia mochila, manaba un hilo continuo de sangre oscura que se diluía al instante en el barro.

Pero no era el dolor penetrante del proyectil lo que hacía temblar sus manos: era el temblor fino e incontrolable en la punta de sus dedos, el hormigueo sordo en los labios y la visión doble que convertía las sombras del bosque en monstruos deformes.

El mercurio. El veneno que llevaba días muestreando en los efluentes clandestinos de la corporación ya corría desbocado por su torrente sanguíneo.

—Vera, no podemos parar aquí —susurró Ariadna, ajustándose la linterna frontal apagada para no delatar su posición.

Ariadna respiraba agitadamente, con la cara manchada de hollín y tierra seca—.

Los hombres de Raulinho están descendiendo por el paso de las crestas.

Vi sus luces químicas hace diez minutos en la cornisa superior.

—Mis pies... no los siento, Ariadna —murmuró Vera, apretando los párpados con fuerza mientras intentaba dar un paso y tropezaba torpemente contra sus propias rodillas—.

El sistema nervioso... está colapsando. La ataxia no me deja coordinar el apoyo.

Si sigo arrastrando esta pierna con la bota pesada de montaña, nos alcanzarán antes del anochecer.

Ariadna se arrodilló sobre el lecho de líquenes congelados. Sabía que Vera tenía razón: el peso del calzado de trekking, empapado de agua y barro denso, se había convertido en un grillete de tres kilos para una mujer cuyos reflejos motores se apagaban a cada minuto.

Con manos temblorosas pero decididas, Ariadna desató los cordones de la bota derecha de Vera. La extracción fue dolorosa, un tirón seco sobre la piel inflamada. Vera ahogó un grito contra su manga.

—Dejaremos la bota aquí, en mitad del paso estrecho —dijo Vera con un destello de lucidez desesperada en los ojos—.

Si Raulinho viene siguiendo nuestro rastro, verá la bota encajada entre las rocas del cantizal.

Pensará que resbalé por el precipicio de la cara norte y que perdimos la compostura.

Les ganaremos tiempo si ellos registran el fondo de la hondonada.

Ariadna encajó la bota derecha entre dos bloques de piedra, inclinada intencionadamente hacia la pendiente del abismo.

Continuaron el descenso. Vera, apoyada en el hombro de Ariadna y utilizando un único bastón de esquí, avanzaba a trompicones.

Cada metro conquistado a la selva era una batalla contra el calor, la gravedad y la fatiga muscular.

La noche cayó sobre el macizo con la rapidez de una guillotina, trayendo consigo un descenso térmico voraz que amenazaba con congelarles los pulmones.

Llegaron a una pequeña repisa protegida por la saliente de un tepuy, apenas una muesca en la roca seca donde el viento no soplaba de frente.

—Tenemos que quitarnos la capa térmica exterior mojada —dictaminó Ariadna, sintiendo el tiritón hipotérmico amenazando su propio cuerpo—. Si nos dormimos con la ropa saturada de agua de lluvia, no amaneceremos.

Vera se dejó caer de espaldas contra la piedra, respirando con dificultad.

Ariadna se despojó de su chaqueta cortavientos y de la segunda capa de fibra sintética, que estaba empapada en sudor frío.

Con una disciplina casi ritual, forjada en años de expediciones científicas, Ariadna no tiró la vestimenta en el suelo: dobló cuidadosamente su sudadera técnica y su chaqueta de montaña, colocándolas en una pila ordenada sobre un saliente seco de la pared.

—Si no salgo de esta montaña, Ariadna...

—susurró Vera, mirando la ropa doblada que servía como mudo testigo de su cordura en medio del delirio de la fiebre—...

asegúrate de que el análisis de mi sangre llegue a la prensa.

No dejes que digan que morí por un accidente de caminata.

Asegúrate de que se sepa la verdad y que mi cuerpo es la prueba irrefutable del mercurio.

—Vas a salir, Vera. Nosotras vamos a salir —respondió Ariadna, ajustándole la manta de supervivencia sobre los hombros y guardando los frascos de muestra en el fondo de su propia mochila.

Dejaron atrás la bota encajada en la grieta como un señuelo táctico para distraer la persecución de los mercenarios, y la ropa cuidadosamente doblada como el último vestigio de orden de una expedición científica antes de internarse en las sombras definitivas de la cueva tras la cascada.

Dos huellas mudas en la roca que, días después, contarían a Diego, Killari y Tatiana la verdadera historia de una lucha sin tregua contra la muerte.