CAPÍTULO 39
El sol terminó de ocultarse tras el perfil recortado de las cumbres occidentales, dejando tras de sí una franja de luz rojiza que se disolvía lentamente en el cielo nocturno de la meseta.
A resguardo de los vientos helados en la hendidura rocosa donde habían instalado el campamento de altura, el grupo se reunió alrededor del pequeño campamento improvisado.
El contraste entre la inmensidad sublime de la cumbre y la intimidad cálida del refugio permitía un instante de tregua.
Mientras la tetera hervía agua sobre la hornilla de gas portátil, desprendiendo un reconfortante aroma a té de hierbas y canela, Diego encendió la pantalla retroiluminada de la cámara fotográfica profesional de alta resolución.
—Revisemos el material antes de empaquetar las tarjetas de memoria en las fundas —dijo el profesor, ajustando el zoom óptico al máximo nivel de detalle.
Killari y Tatiana se acomodaron a su lado sobre los aislantes térmicos, mientras Jacaré, apoyado contra una de las mochilas con una taza caliente entre las manos, observaba la escena con tranquila curiosidad.
En la pantalla de seis pulgadas, la primera imagen mostró con una nitidez asombrosa el frontal del nicho de piedra. Diego amplió la toma hacia el ángulo superior de uno de los lingotes de oro.
—Miren aquí —indicó Killari, acercando el rostro a la pantalla—.
El brillo mate no es solo desgaste; confirma que la pureza del metal supera los veinticuatro quilates.
Y el cuño impreso... las letras M-N-B junto al símbolo del águila.
Es la marca de la ceca de Berlín utilizada para las reservas estratégicas de divisas entre 1938 y 1943.
—Hay cuarenta y ocho lingotes visibles en esta hila —añadió Tatiana, pasando el dedo suavemente cerca del borde del visor—.
Si calculamos unos doce kilos por pieza estándar, estamos hablando de más de media tonelada de oro refinado.
Una fortuna capaz de financiar ejércitos privados o redes ilegales durante décadas sin pasar por ningún sistema bancario internacional.
Diego avanzó a las fotografías del archivo.
La cámara había capturado los detalles de las pinturas con precisión de alta calidad.
En la toma del Retrato de un joven de Rafael, la luz lateral de la linterna revelaba el fino craquelado de la capa de barniz y las pinceladas delicadas del rostro, preservadas gracias al ambiente seco de la cueva caliza.
—Es extraordinario —murmuró Killari con voz venerativa, observando las sombras del rostro retratado por el maestro renacentista—.
La historia del arte dio esta pintura por tras la caída de Varsovia.
Tener la prueba irrefutable de su existencia en esta tarjeta de memoria va a sacudir a los museos de todo el mundo.
—Y este es el Van Gogh —señaló Diego, pasando a la siguiente captura, donde el amarillo ardiente del camino a Tarascón brillaba contra el fondo oscuro de la madera—.
Observen el grosor del empaste en la sombra del caminante.
La firma del autor en el margen inferior izquierdo coincide punto por punto con los catálogos destruidos de Magdeburgo.
Jacaré dejó escapar un silbido bajo y respetuoso.
—Pensar que esos hombres antiguos escondieron tanta riqueza entre las tripas de la montaña sagrada... mientras afuera los garimpeiros se matan por unos gramos de polvo de oro en el barro.
—Esa es la tragedia de este lugar, Jacaré —respondió Diego, guardando la tarjeta SD en una cápsula metálica de protección contra campos electromagnéticos—. Para la corporación, la selva no era un ecosistema ni un hogar, sino una caja fuerte natural.
Tatiana miró a Diego a la luz dorada de la lámpara. El cansancio de los últimos días se reflejaba en los rostros de todos, pero había en el ambiente una serenidad renovada, la certeza de que no descendían de la montaña con las manos vacías.
—Con estas fotos, los datos satelitales, ni los abogados de la compañía ni los mercenarios de Raulinho podrán negar la verdad —concluyó la joven geóloga, sintiendo que el verdadero valor de lo descubierto no residía en el oro, sino en la preservación del arte y la cultura para las futuras generaciones que traería recuerdo para la memoria solemne de la expedición.
Diego guardó la cápsula en el bolsillo interior de su chaqueta, justo sobre el pecho, y miró a sus compañeros con una breve inclinación de cabeza.
—Mañana salimos antes del amanecer. El descenso será duro, pero llevamos la prueba que cambiará las reglas del juego.
El susurro del viento helado contra la lona de la tienda marcaba el compás de las tres de la mañana.
En la penumbra del pequeño espacio estanco, iluminado apenas por la luz tenue de una linterna con filtro rojo para no alterar la visión nocturna, Diego permanecía sentado con la espalda apoyada contra su mochila táctica, anotando datos en su libreta de campo.
A su lado, Tatiana acababa de despertar para relevar el turno. Con movimientos pausados para no hacer ruido y despertar a Killari ni a Jacaré, que dormían profundamente al otro extremo, la joven se acomodó la chaqueta térmica y se abrazó las rodillas, buscando el calor residual del abrigo de Diego.
—No has pegado un ojo, profesor —murmuró Tatiana en voz muy baja, inclinando la cabeza para mirar el trazo firme de su pluma sobre el papel.
—Las altitudes elevadas siempre me han quitado el sueño —respondió Diego sin apartar la vista de sus notas, aunque suavizando el tono de su voz—. Además, necesitábamos dejar asentadas las lecturas de altitud antes del descenso.
Tatiana no dijo nada durante unos segundos.
Se limitó a observarlo. En el perfil de Diego, recortado por la penumbra roja, había una serenidad que le transmitía una calma absoluta, una sensación de refugio que no había experimentado con nadie más.
Observó la firmeza de sus manos, las pequeñas arrugas de cansancio alrededor de sus ojos verdes y la forma en que su sola presencia lograba ahuyentar los fantasmas del abismo subterráneo.
—¿Sabes qué estaba pensando cuando estábamos en la cima contemplando el amanecer? —dijo ella de pronto, con la voz apenas más alta que un suspiro.
Diego se detuvo, con la pluma suspendida en el aire, y giró el rostro para mirarla.
—Dime.
—Pensaba en que no me importa lo que haya pasado con los retrasos, ni los caimanes, ni la anaconda, ni la caverna...
ni siquiera el miedo que sentí cuando la tierra se abrió bajo mis pies —confesó Tatiana, sosteniéndole la mirada con una intensidad limpia, sin pestañear—.
Sentí que si el precio de haber vivido todo esto, de haber aprendido a ver el mundo de otra forma, era llegar hasta este punto exacto... lo pagaría mil veces.
Diego la escuchó en silencio. No había una sola declaración explícita en sus palabras, pero en el tono dulce y firme con el que hablaba, en la manera en que sus ojos brillaban al buscar los suyos y en el pequeño gesto sutil de acomodarle la solapa de la chaqueta a él con los dedos temblorosos por el frío, el afecto de la joven quedaba expuesto de una forma transparente y conmovedora.
Era la devoción pura de quien ha entregado el corazón sin pedir nada a cambio.
—Eres una geóloga formidable, Tatiana —dijo Diego con ternura, usando su nombre completo con el respeto y la distancia profesional que intentaba mantener como escudo—. Tu valor en este viaje ha superado cualquier expectativa académica.
Tatiana sonrió de lado, una sonrisa pequeña y melancólica que no llegó a sus ojos.
Entendió perfectamente la barrera implícita en sus palabras, pero no retiró la mano del brazo de él inmediatamente; dejó que el calor de sus dedos se quedara un segundo más sobre la tela de su manga antes de cruzarse de brazos.
—Gracias, profesor —repuso ella suavemente, recostando la cabeza contra la lona y mirando hacia la linterna roja—. Pero no lo hice solo por la geología.
Diego guardó la libreta en el bolsillo interior de su chaleco y cerró la tapa de la pluma. Se puso de pie con cautela para cederle el lugar principal de vigía junto a la entrada. Sin embargo, no salió de inmediato de la tienda.
Se quedó pensativo durante un largo minuto, observando la figura de Tatiana acurrucada en la penumbra.
Las palabras no dichas de la joven resonaban en su pecho con una fuerza incómoda y profunda.
Sabía perfectamente lo que ella sentía por él; lo había leído en sus miradas tras salvarla en el río, en su presencia constante y en esa forma única de buscar su aprobación.
Al mirar la calidez e inocencia de Tatiana, y luego contemplar el rostro de Killari durmiendo en la esquina —la mujer que encarnaba su historia y sus cicatrices compartidas—, una turbulencia de emociones encontradas volvió a sacudir la mente del profesor.
Tatiana representaba un fuego nuevo, un presente que lo hacía sentirse vivo y vulnerable, mientras que Killari era la raíz profunda que lo ataba a todo lo que siempre había creído ser.
Sin pronunciar palabra, Diego le dio un leve y afectuoso toque en el hombro a Tatiana y se acomodó en su sitio de descanso, apoyando la cabeza contra la mochila, pero manteniendo los ojos fijos en la lona mientras el viento de la madrugada continuaba aullando sobre el Pico da Neblina.