CAPÍTULO 38
El eco de los pasos dentro de la gran galería subterránea se apoderó nuevamente del ambiente mientras el grupo realizaba un último y exhaustivo rastreo por el perímetro del lago.
Diego, con la perseverancia analítica de sus años en el FBI, peinó metódicamente cada hendidura de la pared caliza, buscando pasadizos ocultos, palancas mecánicas o vestigios de huellas de campamento.
Killari tomó muestras del agua y analizó los Sedimentos del lecho, mientras Tatiana y Jacaré iluminaban el techo abovedado en busca de chimeneas de ventilación.
Sin embargo, el resultado fue inapelable: ni un solo filamento de tejido técnico, ni una huella de bota militar, ni una sola señal biológica reciente.
El rastro de Ariadna y Vera continuaba completamente inexistente, disuelto en la penumbra de la cueva como si nunca hubieran pisado aquellos túneles.
—No están aquí, ni fueron traídas por la fuerza a este sector —concluyó Diego, apagando la luz principal de su casco para no agotar la batería de repuesto—.
La ausencia absoluta de evidencias físicas en un espacio cerrado es, en sí misma, una respuesta forense.
Quienquiera que haya levantado este almacén no utilizó estas galerías como prisión ni como ruta de escape.
De vuelta frente al nicho excavado en la veta madre de la montaña, la linterna de Killari volvió a iluminar los lingotes marcados con el sello imperial y las cajas de madera acolchada que resguardaban los lienzos invaluables de Rafael, Van Gogh y el maestro neoclásico.
La magnitud del botín nazi congeló al grupo en una deliberación crucial.
—Si intentamos mover estas piezas o llevar un solo lingote con nosotros, arriesgamos la vida en el descenso y ponemos en peligro la conservación del patrimonio —argumentó Killari con voz firme, pasando los dedos sobre el armazón trenzado de las cajas—.
Estos cuadros y el oro requieren un protocolo de rescate internacional con custodia arqueológica y presencia de la Interpol.
—Coincido —asintió Diego, tomando la cámara fotográfica de alta resolución de su kit de campo—.
Registraré las coordenadas satelitales exactas de la cavidad, los números de serie de los lingotes y fotograbaré la firma del sello en la madera.
Volveremos a sellar la mampostería falsa con el barro arcilloso para que permanezca invisible a la vista de cualquier mercenario o buscador furtivo.
Nuestro único objetivo al regresar a la civilización será entregar estas pruebas a las autoridades competentes y a la UNESCO.
Trabajando en equipo, taparon la grieta con bloques de arenisca y barro húmedo hasta dejar la pared idéntica al resto del corredor.
Con el archivo fotográfico asegurado en una tarjeta de memoria blindada, el grupo inició la ascensión por la chimenea natural que los guías locales conocían como la Salida del Viento, una cornisa empinada que ascendía directamente hacia la cresta exterior de la montaña.
Tras casi tres horas de trepada constante entre bloques de granito y vegetación de altitud, el aire viciado de las galerías fue reemplazado bruscamente por una ráfaga helada pero pura.
Uno a uno, emergieron cautelosamente por la grieta superior recordando que había hombres armados allí arriba, y se pusieron de pie en la cúspide misma del Pico da Neblina, el punto más alto e imponente de todo el territorio brasileño.
Lo que contemplaron en ese instante les cortó la respiración.
La densa bruma que durante días los había envuelto en una penumbra gris se desintegró de golpe ante el empuje de un viento solar resplandeciente.
Abajo, extendida hasta donde alcanzaba el horizonte en todas direcciones, la selva amazónica se desplegaba como un océano verde e infinito, cubierto por un manto ondulante de nubes blancas que semejaban olas de espuma estancadas en el tiempo.
El sol poniente teñía las crestas de la arenisca con matices dorados, violetas y cobrizos.
Desde esa altitud soberbia, los ríos caudalosos parecían delgadas vetas de plata que serpenteaban entre el dosel vegetal, mientras las cumbres de los árboles circundantes emergían entre la niebla como islas flotantes en un mar cósmico.
La inmensidad del paisaje transmitía una paz monumental, un silencio sublime que borraba de golpe el cansancio acumulado, el frío punzante y la lobreguez de las trampas del camino.
Diego respiró hondo, sintiendo cómo el aire puro de la cima le llenaba los pulmones tras la opresión de las cavernas.
Miró a Killari, cuyos ojos reflejaban el dorado de la tarde, y luego a Jacaré, que sonreía en silencio contemplando la tierra que sus ancestros habían custodiado durante siglos.
Finalmente, la mirada del profesor se encontró con la de Tatiana.
La joven geóloga, libre por fin de la claustrofobia y los miedos subterráneos, contemplaba el abismo con una chispa renovada en los ojos.
Al sentir la mirada firme y cálida de Diego sobre ella, esbozó una sonrisa transparente, llena de alivio y gratitud.
Ya no había necesidad de palabras ni de miradas furtivas; allí arriba, en el techo del mundo, el peso del pasado y los sobresaltos de la travesía cedían su lugar a la dicha plena de estar vivos, respirando juntos bajo un cielo limpio e infinito.