CAPÍTULO 37
El aire dentro de la gruta no olía al moho ni a los gases tóxicos del cauce bajo. Olía a tierra mojada y roca antigua, a cera seca petrificada y a una quietud tan profunda que el latido del propio corazón retumbaba en las paredes de roca metamórfica.
Ariadna se arrodilló junto a un ostensorio de más de medio metro de altura.
El solsticio de luz de la cámara iluminaba el sol de oro en cuyo centro descansaba un diamante pulido en forma de lágrima.
El contraste entre la codicia sanguinaria que habían dejado atrás en las fosas de Titan Rex y la majestuosa dignidad de aquel tesoro olvidado era abrumador.
—Esto cambiaría la historia de la arqueología de Sudamérica —murmuró Vera, pasando los dedos sin llegar a tocar las esquirlas de esmeraldas que reposaban en uno de los cuencos de barro cocido—.
Es una fortuna incalculable, Ariadna. Podríamos llevar una sola de estas gemas, venderla en el mercado negro en Europa o en Sao Paulo y no volver a preocuparnos por financiar investigaciones o coberturas en toda nuestra vida.
Ariadna levantó la mirada y fijó sus ojos oscuros en Vera. Su rostro, marcado por los rasguños de la maleza y las pálidas cicatrices de la caminata nocturna, denotaba una lucidez absoluta.
—Si nos llevamos una sola piedra de este lugar, Vera, nos convertiremos en lo mismo que Raulinho y sus mercenarios —dijo Ariadna con firmeza—.
Ellos destruyen el bosque y matan hombres por el metal; no vinimos aquí a buscar riqueza, sino a defender la vida que esa gente está aplastando.
Si profanamos este santuario, la verdad que llevamos en la tarjeta de memoria perderá todo su valor moral.
Vera contempló el rostro de su amiga. La codicia pasajera que la fascinación del hallazgo había despertado en su mente se disipó al instante, reemplazada por una honda vergüenza. La ingeniera asintió despacio, respirando con alivio.
—Tienes razón —admitió Vera—. Este lugar no pertenece a la corporación, ni a los anticuarios de Madrid, ni a nosotras. Le pertenece a la montaña.
Ariadna ajustó la lente de su cámara. Disparó una ráfaga corta con el flash de xenón para registrar la gruta: tres fotogramas que documentaban el altar, la disposición de las cruces y las coordenadas relativas del pasadizo interior, no para comercializarlo, sino para entregar el archivo de forma confidencial al Instituto del Patrimonio Histórico y a los líderes indígenas de la cuenca del Alto Río Negro una vez que estuvieran a salvo.
—El túnel asciende —señaló Vera, observando cómo la grieta al fondo de la bóveda mostraba una inclinación ascendente y un flujo de aire mucho más húmedo y fresco.
Caminaron durante quince minutos por la galería superior, alejándose del fulgor dorado de la gruta. El suelo de losas talladas dio paso nuevamente a la roca bruta de la cumbre. Al fondo del pasillo, una brecha vertical en la piedra permitía el paso de la luz blanca del día.
Al salir a la cornisa exterior del Pico da Neblina, la bruma matutina se abrió por un instante ante ellas como un telón gigante.
El espectáculo era colosal: a sus pies, a miles de metros de profundidad, la inmensidad de la selva amazónica se extendía hasta el horizonte como un océano verde e infinito sobre el que flotaban hilos de vapor blanco.
Ariadna sacó el teléfono satelital de Vera. Con la altitud de la cumbre y la línea de visión despejada hacia el firmamento, la pantalla monocromática parpadeó de inmediato con la máxima cobertura de red.
—Es ahora —dijo Ariadna.
Insertó la tarjeta MicroSD donde descansaban las pruebas del ecocidio: las fotos de los monitores hidráulicos devorando la montaña, las piscinas de cianuro turquesa vertiéndose en el arroyo del Diablo, las matrículas de los helicópteros de Titan Rex y los rostros de los mercenarios europeos con sus fusiles de asalto.
Con dedos temblorosos pero certeros, Ariadna tecleó la dirección encriptada del servidor central del periódico en Madrid, la Fiscalía Ambiental Internacional y la sede de Interpol en Brasilia.
Anexó el informe técnico detallado que Vera había redactado sobre la acidificación del río Negro y el riesgo inminente para la población del Encuentro de las Aguas.
Presionó el botón de envío.
La barra de progreso comenzó a avanzar: diez por ciento... cincuenta por ciento... ochenta por ciento...
El indicador en la pantalla monocromática se congeló de forma abrupta en el noventa y cuatro por ciento.
Ariadna contuvo el aliento, con el pulgar suspendido sobre el teclado.
El pitido rítmico del emisor satelital decayó hasta convertirse en un chasquido agudo, seguido de un parpadeo errático de la matriz de cristal líquido.
Una ráfaga helada, cargada de humedad y partículas de cuarzo en suspensión, barrió la cornisa de la cumbre, envolviendo a las dos mujeres en un manto denso de bruma que redujo la visibilidad a menos de dos metros.
—¿Qué pasa? —preguntó Vera, dando un paso hacia ella—. ¿Se envió?
Ariadna no respondió. Presionó desesperadamente la tecla de reintento, pero el teléfono emitió un tono sordo y largo antes de apagarse por completo. La pantalla quedó negra.
—No... no, no, no —murmuró Ariadna, retirando la batería para comprobar los contactos.
La cubierta plástica del módulo emisor estaba agrietada y húmeda; la inmersión brutal en las aguas del río Negro y el posterior impacto contra las rocas habían terminado por corroer los circuitos internos.
El esfuerzo final por emitir una señal de alta frecuencia a través de la densidad de la niebla había cortocircuitado la placa base.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y sofocante.
Vera se dejó caer de rodillas sobre la piedra húmeda, hundiéndose las manos en el cabello empapado. La ilusión de un rescate inminente, de la justicia actuando a miles de kilómetros de distancia gracias a un clic de datos, se disolvió en mitad del aire frío de la montaña.
—Estamos solas —dijo Vera con una voz quebrada, mirando la inmensidad del abismo verde que se extendía bajo la niebla—. Nadie sabe que estamos aquí. En Madrid nos dan por muertas en el río. La policía de Manaos dio por cerrado el caso... Nadie va a venir a buscarnos.
Ariadna guardó la tarjeta MicroSD de nuevo en el bolsillo sellado de su top y miró el teléfono inservible antes de dejarlo caer sobre la piedra.
La fría realidad se declaró ante ellas con una claridad aplastante: sin señal, sin equipo de transmisión y con los mercenarios de Titan Rex peinando el sector inferior de la cuenca, su supervivencia dependía exclusivamente de sus propios pasos.
No había un helicóptero de rescate en camino, ni un servidor encriptando la verdad. Solo quedaban dos mujeres exhaustas, heridas y hambrientas en el punto más alto e inaccesible de la selva amazónica, rodeadas por la inmensidad de un territorio indomable.