El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

El primer rayo de luz del amanecer teñía el cielo de un tono amarillo y naranja cuando llegaron a la orilla del arroyo. Atada a una estaca de madera, flotaba una pequeña piragua con un motor fuera de borda de baja potencia y varios tanques de combustible.

Desataron el cabo de amarre y subieron a la embarcación. Ariadna manipuló la palanca del motor con destreza, haciéndolo arrancar en el primer intento con un ronroneo suave.

La embarcación comenzó a deslizarse sobre el agua tranquila del río Negro, alejándose del claro mientras el sol matutino disipaba la bruma sobre el dosel. Libres por fin, las dos mujeres observaron la inmensidad del paisaje acuático mientras desayunaban las barras energéticas que trajeron consigo.

El avance hacia el norte no fue un escape limpio, sino una navegación agónica a través de las venas más angostas y traicioneras de la cuenca.

Antes de arriesgarse a pisar un muelle público en Manaos, Ariadna y Vera sabían que la red de Titan Rex vigilaba los puntos de control principales.

Guiando la pequeña embarcación de fibra de vidrio por canales secundarios hacia la frontera del Alto Río Negro, se adentraron en un territorio primitivo donde la selva ya no competía con el hombre, sino que lo toleraba apenas.

El río era una trampa de agua viva. A lo largo de las orillas pantanosas, las sombras del anochecer revelaban cientos de pares de puntos rojos patrullando entre la maleza: caimanes negros de más de tres y cuatro metros de largo.

Permanecían inmóviles como troncos petrificados, con las fauces entreabiertas, listos para lanzarse al agua con un coletazo sordo ante el menor balanceo de la lancha.

Al pasar sobre los remansos de agua estancada, el rítmico chapoteo de los peces bajo el casco ponía a prueba los nervios de las chicas.

Las pirañas de vientre rojo rondaban la embarcación en cardúmenes cerrados, atraídas por el rastro de la sangre seca de las heridas de Ariadna y los restos de barro orgánico.

El agua parecía hervir en borbotones violentos cada vez que un pez caía a la superficie, un recordatorio sangriento de que bastaban unos segundos en el agua para que la carne fuera reducida a huesos limpios.

Pero el auténtico terror de la penumbra tenía una forma más sigilosa.

Mientras la embarcación esquivaba las ramas bajas de los igapós , ambas sabían que en las profundidades de esa sombra vegetal habitaba la anaconda verde.

La idea de esa mole de músculos, capaz de deslizarse sin hacer un solo ruido entre la vegetación sumergida, envolver el cuerpo de una presa y triturarle las costillas bajo el peso de una fuerza imparable antes de tragársela entera, convertía cada crujido de las lianas en un escalofrío que les congelaba la sangre.

Agotadas por la vigilancia constante y con el combustible del motor fuera de borda marcando la reserva crítica, avistaron al amanecer la mole gigantesca que marcaba el techo de América del Sur. Decidieron desembarcar en las laderas inferiores del majestuoso Pico da Neblina.

Al tocar la orilla firme de la montaña, el paisaje cambió de una selva sofocante a un reino de fantasía geológica y botánica.

El Pico da Neblina se erguía casi tres mil metros sobre el nivel del mar, desafiando el cielo con una imponente pared de roca metamórfica y tepuyes ancestrales que parecían esculpidos por titanes.

Con la inminente amenaza de las patrullas mercenarias y la necesidad imperiosa de enviar el material gráfico a la redacción, las chicas sabían que su única oportunidad era alcanzar la máxima altitud posible para captar la débil señal de los repetidores satelitales.

Iniciaron inmediatamente el ascenso por las abruptas pendientes del Pico da Neblina, sorteando bloques de roca resbaladizos y una vegetación casi impenetrable.

Sin embargo, a medida que ganaban metros, la densidad de la niebla y la refracción del relieve montañoso sofocaban cualquier intento de conexión en el teléfono.

El frío de la altitud y el agotamiento comenzaban a pasar factura a sus cuerpos maltratados.

Buscando una ruta alternativa para bordear una pared vertical de granito, Vera descubrió una grieta disimulada entre gruesas cortinas de musgo y raíces tubulares.

Tras despejar la entrada, se reveló la boca de un túnel natural esculpido en la roca viva, cuya corriente de aire interno sugería un pasadizo profundo.

Decididas a resguardarse de la intemperie y explorar si el conducto ascendía hacia un punto elevado de la cresta, ingresaron lentamente, guiándose apenas por la tenue luz del visor de la cámara.

A medida que se adentraban en las entrañas de la montaña, el suelo de arcilla dio paso a losas de piedra cortadas con precisión matemática. Tras recorrer varias decenas de metros en la penumbra, el túnel desembocó en una gruta abovedada protegida de la humedad exterior.

Allí, dispuestas sobre altares de piedra y cofres de madera de pardo labrado parcialmente corroídos por los siglos, la luz de la pantalla iluminó un espectáculo deslumbrante: un tesoro oculto compuesto por reliquias eclesiásticas de oro puro.

Ante sus ojos atónitos se desplegaban majestuosos crucifijos ornamentados, cruces procesionales de orfebrería colonial, cálices, ostensorios y copones sagrados pulidos con minuciosidad, acompañados por cuencos colmados de piedras preciosas sin tallar —esmeraldas de un verde profundo, rubíes y topacios— que destellaban con destellos hipnóticos en la oscuridad de la montaña.

Era un vestigio sagrado e intacto, enterrado por antiguas misiones o expediciones olvidadas por la historia, resguardado en el corazón inexpugnable del Pico da Neblina.

El resplandor del oro y el destello de las gemas cortaban la penumbra de la gruta con un brillo dorado, cálido e irreal. Ariadna y Vera permanecieron petrificadas en la entrada de la bóveda, suspendidas entre la fascinación y un temor reverencial que les helaba la sangre.

Ariadna dio un paso lento, casi flotando, sintiendo cómo el eco de sus botas sobre las losas de piedra resonaba como una profanación en aquel santuario olvidado.

Acercó la pantalla iluminada de su cámara al altar central.

La luz blanca reveló con nitidez los relieves barrocos de una gran cruz procesional: ángeles esculpidos con alas desplegadas, inscripciones en latín desgastadas por el tiempo y un Cristo de oro macizo cuya mirada parecía contemplarlas fijamente desde el vacío de los siglos.

—Dios mío... —susurró Vera, llevándose una mano a la boca.

Se arrodilló junto a uno de los cofres de madera de pardo rotos, sin atreverse a tocar los cuencos de los que rebosaban esmeraldas y topacios—.

Ariadna, ¿qué es todo esto? ¿Qué hace un tesoro sagrado de este tamaño escondido en las entrañas de una montaña en mitad del Amazonas?

Ariadna se inclinó sobre un cáliz grabado con el sello de un águila y un blasón eclesiástico.

—No son objetos locales, Vera —dijo, analizando con ojo crítico la orfebrería de los cálices y los ostensorios—. Esta factura es europea... española o portuguesa. Esto pertenecía al altar mayor de una catedral o a una iglesia de inmensa riqueza.

—Pero... ¿quién lo trajo hasta aquí arriba?

—preguntó Vera, mirando hacia la negrura del túnel por el que habían ingresado—.

Estamos en el Pico da Neblina. Subir hasta estas alturas con cientos de kilos de oro puro y madera labrada a través de la selva virgen debió de ser un infierno. Tuvo que costar decenas de vidas.

—O un acto de desesperación absoluta —especuló Ariadna, pasando los dedos por la madera carcomida de una custodia—.

Piensa en la época de las misiones o las incursiones de los bandeirantes.

Cuando los cazadores de esclavos o las tropas reales saqueaban las reducciones en el interior, los sacerdotes y los indígenas conversos no tenían a dónde huir.

Si querían proteger lo más sagrado de sus feudos, la única opción era adentrarse en lo más profundo del territorio no cartografiado.

Vera tomó con infinita delicadeza un pequeño relicario de plata y oro que resguardaba un fragmento de pergamino en su interior.

—Quizá pensaron que regresarían cuando la persecución pasara...

—murmuró Vera, sobrecogida por el silencio eterno de la gruta—.

O tal vez la selva, la fiebre o los propios peligros de la montaña los devoraron antes de que pudieran revelarle a alguien las coordenadas de este lugar.

Quienquiera que haya escondido esta fortuna, se llevó el secreto a la tumba, dejándolo bajo la custodia de la niebla.

—Y aquí ha permanecido, intacto, mientras abajo la gente mata y destruye cuencas enteras por un puñado de pepitas de oro en el barro —añadió Ariadna, recordando el impacto devastador de los monitores hidráulicos de Titan Rex .

Ambas se miraron en silencio, conscientes de la paradoja trágica: a solo unas docenas de kilómetros, una corporación transnacional envenenaba ríos y exterminaba vidas por el metal precioso, mientras sobre sus cabezas, congelado en el tiempo, descansaba un tesoro sagrado cuyo valor incalculable superaba con creces todo el oro extraído por la mina ilegal.