El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 35
66%

CAPÍTULO 35

La luz vacilante de las linternas cortaba la penumbra del gran salón subterráneo, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre las paredes de la cueva.

Frente al abismo donde reposaban las cajas de caudales y las obras de arte rescatadas del olvido, el grupo permanecía en un silencio sepulcral.

La revelación de la colección oculta y de los lingotes marcados había arrojado luz sobre el entramado financiero de la corporación, pero el enigma fundamental de la expedición continuaba sin respuesta: ¿dónde estaban Ariadna y Vera?

Diego avanzó hacia la plataforma rocosa que bordeaba el interior del lago interior que había allí, Sus botas resonaban con un eco vibrante sobre la superficie húmeda de la cueva.

A cada paso, sus ojos de investigador examinaban minuciosamente el terreno, buscando la más mínima anomalía que indicara una dirección de marcha o un enfrentamiento reciente.

—Revisemos el contorno del lago —ordenó Diego, ajustando la potencia del foco de su casco—. Si cruzaron por aquí o fueron transportadas a través de este pasaje, tiene que haber marcas de estanque, restos de combustible o huellas de agarre en la roca.

Killari y Tatiana desplegaron los instrumentos de inspección de campo.

Tatiana encendió la lámpara de luz ultravioleta y comenzó a barrer en abanico las lajas de piedra caliza que descendían hacia el agua estancada.

Jacaré, recostado contra una columna natural con la escopeta lista, vigilaba la boca de los túneles superiores con la respiración entrecortada, convencido de que la penumbra albergaba miradas invisibles.

—Nada en el espectro biológico —anunció Tatiana tras varios minutos de minuciosa revisión, observando la pantalla del sensor—.

Ni restos de fricción de tela técnica, ni micropartículas de barro transportado desde el exterior, ni rastro de sangre.

Es como si el aire de esta cueva no hubiera sido alterado por un cuerpo humano en meses.

Diego se arrodilló al borde de la orilla subterránea y sumergió sus dedos enguantados en el agua helada. La corriente era mínima, casi imperceptible, alimentada por filtraciones profundas que descendían desde los glaciares fósiles del interior de la montaña.

—Las marcas de la meseta superior terminaban de forma abrupta en la laja donde encontramos el pantalón y el top —analizó el profesor en voz alta, levantándose y secándose los guantes con un trapo seco—.

Pensamos que el colapso del terreno era la explicación lógica a su desaparición, pero abajo, en esta red de túneles, la continuidad del rastro se quiebra por completo.

No hay señales de resistencia, no hay equipos desechados, no hay balizas de emergencia activadas.

—Es un desvanecimiento absoluto —agregó Killari, examinando con una lupa de aumento las muescas de extracción de las paredes—.

Si el comando de Raulinho las hubiera capturado en la cima o en las galerías intermedias, habrían dejado un rastro táctico inevitable: casquillos de munición, correas de sujeción o marcas de arrastre en la arcilla.

Pero no hay nada. El rastro de Ariadna y Vera sencillamente se esfumó.

Un escalofrío recorrió la espalda de Tatiana. Se acercó a la orilla del lago subterráneo y miró hacia las aguas negras, que no devolvían ningún reflejo.

—Profesor... ¿es técnicamente posible que hayan encontrado una salida diferente hacia la vertiente venezolana del macizo antes de que la bruma cerrara los pasos? —preguntó la joven geóloga, intentando aferrarse a una explicación racional.

—La topografía de la vertiente norte es una pared vertical de más de novecientos metros de caída libre —respondió Diego con gravedad—.

Sin equipo pesado de rapel o es imposible descender por esa cara.

Y si hubieran intentado ocultarse en la red de cavernas, la humedad y el frío de cuatro grados bajo cero habrían producido signos inmediatos de hipotermia, obligándolas a dejar rastros de fuego o aislamiento térmico.

En ese instante, Jacaré dio dos pasos hacia adelante, señalando con la linterna hacia el lecho de arena fina que bordeaba el canal de desagüe del lago.

—Miren ahí, profesor —dijo el guía con voz temblorosa—. Esas no son huellas de pies.

Diego y Killari se acercaron rápidamente.

Sobre la arena fina y húmeda, a solo unos centímetros del agua, se observaba una serie de depresiones suaves y ovoides, completamente lisas, diseminadas en un patrón irregular que se interrumpía abruptamente a medio metro de la orilla.

No correspondían a calzado humano, ni a las pisadas de ningún animal conocido de la fauna amazónica de alta montaña.

Era como si la superficie hubiera sido presionada por un peso sutil antes de desvanecerse en la nada.

—No hay salida —sentenció Diego, poniéndose de pie y mirando el techo abovedado de la cueva, donde el agua goteaban rítmicamente en el vacío—. No hay cuerpos, no hay cautiverio, no hay escape terrenal documentado. Las señales físicas de Ariadna y Vera terminaron en esta montaña.

El silencio volvió a adueñarse de la caverna subterránea.

El misterio del Pico da Neblina, lejos de resolverse con el hallazgo del oro y las obras de arte, se profundizaba hasta volverse insondable, dejando al grupo frente a una verdad que desafiaba toda lógica científica y forense en el corazón helado del Amazonas.

Entre la penumbra y el eco incesante del agua subterránea, Tatiana buscaba involuntariamente la silueta de Diego a través de la densa niebla de la caverna.

En medio de aquella atmósfera opresiva, donde el peligro y lo desconocido amenazaban con quebrarla, el rostro sereno y decidido del profesor se convertía en su único punto de anclaje.

Le lanzaba miradas furtivas, cargadas de una vulnerabilidad silenciosa que intentaba ocultar a toda costa; pequeños destellos de búsqueda de protección que pasaban desapercibidos para Killari, quien continuaba concentrada inspeccionando minuciosamente las hendiduras de la roca en busca de algún indicio forense.

Sentirse tan frágil y vulnerable en las entrañas de la montaña hizo que la mente de Tatiana retrocediera bruscamente en el tiempo, buscando refugio en la calidez de un recuerdo universitario.

Evocó las aulas iluminadas y el bullicio alegre de la facultad, un contraste abismal con la frialdad sepulcral del Pico da Neblina.

Aquella nostalgia infantil la transportó de inmediato a una tarde en particular de su segundo año de carrera, cuando el miedo a fallar era tan simple como arruinar una celebración académica.

Recordó con una claridad casi dolorosa la sorpresa que ella y sus compañeros de clase habían preparado con entusiasmo para el cumpleaños de uno de los docentes más queridos del departamento, el doctor Smith; Entre risas y susurros cómplices en los pasillos de la facultad, habían comprado una enorme torta de merengue y crema, cuidadosamente decorada.

Tatiana, llevaba las manos con una mezcla de orgullo y candidez, había sido la elegida por el grupo para llevar el pastel hasta el salón principal.

El recuerdo se volvió vívido: ella caminando a paso apresurado por el pasillo estrecho del edificio de geología, sosteniendo la caja de cartón con ambas manos.

De pronto, al doblar a ciegas la esquina junto a los laboratorios, se había tropezado de golpe contra el pecho firme del profesor Diego Montana, quien salía distraído revisando unos informes de campo.

El impacto fue inevitable; la caja salió disparada de sus manos y el pastel terminó estampado de forma grotesca e irrecuperable en el abrigo del profesor y contra el piso de granito del pasillo.

Aquella tarde, abatida por la vergüenza y al borde de las lágrimas mientras sus compañeros miraban atónitos la escena, Diego no la había reprendido.

En lugar de eso, el profesor se había agachado a su lado para ayudarla a recoger los restos, esbozando una sonrisa tranquila que le devolvió el aliento y le dijo con voz calmada que los accidentes no definían el valor de un intento.

Esa misma mirada comprensiva era la que Tatiana buscaba desesperadamente ahora en la penumbra de la cueva, anhelando que esa firmeza pudiera salvarla una vez más de la catástrofe.

Al apartar la vista y regresar al presente, Tatiana apretó con fuerza las correas de su mochila para disimular el temblor de sus manos.

Killari, ajena por completo a los cruces de miradas y al viaje mental de la joven, continuaba alumbrando con su linterna las sombras de la orilla, analizando las extrañas marcas de la arena.

Para Tatiana, sin embargo, el enigma de la cueva se entrelazaba ahora con la necesidad profunda de no alejarse de Diego, esperando que la solidez de su presencia fuera suficiente para atravesar la oscuridad que los rodeaba.