CAPÍTULO 34
El punto de luz roja sobre la frente de Tatiana no dio tiempo a ninguna advertencia.
—¡Al suelo! —gritó Diego, abalanzándose sobre ella en el preciso instante en que el aire helado de la meseta se rompía con el chasquido seco de un disparo con silenciador.
El proyectil impactó contra la arenisca a pocos centímetros, haciendo saltar una lluvia de esquirlas de roca.
Pero el verdadero peligro no venía desde la bruma.
El peso combinado de Diego y Tatiana al caer al suelo, sumado al pánico de Jacaré que retrocedió a ciegas para cubrirse, sobrecargó una trampa estructural mucho más antigua y traicionera que la mina antipersonal.
Un crujido ensordecedor resonó bajo sus pies. La fina capa de piedra caliza y liquen que cubría una falla tectónica oculta cedió de golpe. El suelo se desplomó bajo Tatiana y Jacaré en una avalancha de tierra, piedras sueltas y vegetación muerta.
—¡Profesor! —alcanzó a gritar la joven estudiante geóloga antes de desvanecerse en la oscuridad.
El pozo se la tragó a ella y al guía en cuestión de segundos, dejando tras de sí un agujero negro de más de tres metros de ancho del que emanaba un aire cálido, húmedo y con un fuerte olor a azufre y minerales antiguos.
Diego y Killari rodaron hacia los lados de la grieta, quedando al borde del abismo mientras los disparos desde la niebla cesaban bruscamente, como si los tiradores invisibles hubieran perdido su objetivo tras el colapso del terreno.
Mientras tanto, en las profundidades de la falla, la caída pareció eterna. Tatiana y Jacaré se deslizaron por una rampa natural de arcilla húmeda y grava lisa, golpeándose contra las paredes de piedra hasta salir despedidos y caer bruscamente sobre un lecho de arena fina y guano seco.
El dolor del impacto dejó a Tatiana sin aire durante unos segundos.
Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, encendió la linterna frontal de su casco.
El haz de luz blanca cortó la penumbra, revelando un espacio amplio y abovedado: una red de túneles naturales modelados por antiguos cursos de agua subterránea que atravesaban las entrañas del Pico da Neblina.
A pocos metros, Jacaré se incorporaba a duras penas, quejándose del hombro, pero sujetando aún su escopeta de caza.
—¿Está bien, señorita? —preguntó el guía en un murmullo asustado, iluminando las paredes a su alrededor—. Estamos bajo la montaña... en las venas del monte. Este lugar no figura en ningún mapa de los baquianos.
—Estoy bien, Jacaré... solo magullada —respondió Tatiana, poniéndose de pie y examinando la entrada del túnel—. El colapso selló la salida por donde caímos. Tenemos que seguir el flujo de aire.
Avanzaron con cautela por la galería principal, donde las paredes de arenisca dejaban ver vetas de cuarzo y marcajes tallados a mano que databan de décadas atrás.
Tras recorrer un par de cientos de metros por el pasaje subterráneo, la galería desembocó en una cavidad colosal, una cueva natural cuya cúpula se perdía en la penumbra alta y por donde corría un riachuelo de agua cristalina.
En la superficie, Diego y Killari no perdieron un solo minuto. Asegurando una cuerda táctica de aramida a un saliente de roca sólida, el profesor descendió en rapel por el pozo de colapso, seguido de cerca por la antropóloga.
Al tocar el lecho de la rampa, Diego encontró las marcas del deslizamiento de Tatiana y las huellas de las botas de Jacaré.
—Este lugar es muy peligroso —dijo Diego, examinando el suelo con su linterna—. El terreno desciende en ángulo constante. Este túnel no es completamente natural, Killari. Mira las paredes.
La antropóloga acercó su luz a la pared del túnel. Junto a las marcas de las filtraciones de agua, se distinguían muescas geométricas e incisiones hechas con picos e instrumental pesado.
—Es una galería de extracción abandonada —observó Killari con asombro—. Alguien excavó aquí abajo a mediados del siglo pasado, a espaldas de los controles territoriales de Brasil y Venezuela.
Siguieron el rastro de la pareja a través de la red de túneles, descendiendo por ramificaciones que olían a humedad estancada y hierro oxidado.
Sin embargo, al llegar a una bifurcación donde el pasaje principal se estrechaba entre dos columnas de basalto, Diego notó un detalle anómalo: una pared de mampostería falsa, disimulada con barro y roca triturada, que había sido parcialmente fracturada por la vibración del derrumbe superior.
El profesor usó la hoja de su palmeta táctica para hacer palanca en la grieta. La estructura cedió con un chasquido, revelando una pequeña cámara oculta, un nicho cavado directamente en la veta madre de la montaña.
Killari iluminó el interior de la cámara y dejó escapar un suspiro contenido.
Acomodados en hileras perfectas sobre soportes de madera podrida por el tiempo y el moho, descansaban decenas de lingotes de oro puro.
Cada uno llevaba grabado un sello oficial desgastado pero distinguible: el águila imperial y la numeración de serie de los depósitos clandestinos que la Alemania nazi y sus redes de contrabando en Sudamérica habían dispersado a lo largo de la cuenca del Amazonas tras la Segunda Guerra Mundial.
—Dorado clandestino... —murmuró Killari, pasando los dedos enguantados sobre la superficie fría y densa de uno de los lingotes—. La leyenda de las reservas ocultas en la frontera verde. No eran solo minerales de mercurio ni experimentos biológicos lo que la corporación buscaba en el macizo.
—Este oro fue la fuente de financiación original de las concesiones mineras ilegales en el alto Orinoco —concluyó Diego, reconociendo el patrón geopolítico que unía la expedición de Ariadna, la presencia de la corporación y el despliegue de Raulinho—.
Ariadna y Vera no solo encontraron la contaminación por mercurio; descubrieron la red de financiamiento negro que sostiene todo el imperio de la compañía en la Amazonía.
Un grito lejano, amortiguado por el eco de las cavernas, resonó desde el fondo de la galería principal, sacando a Diego y a Killari de su estupor.
—¡Profesor! ¡Doctora ¡Por aquí! —era la voz de Tatiana, que resonaba desde la cueva colosal.
Diego cerró el nicho oculto y aceleró el paso junto a Killari, adentrándose en la gran caverna subterránea. Allí, a la luz de las linternas, se reencontraron con Tatiana y Jacaré, quienes se encontraban al borde de una plataforma subterránea que daba a un lago interior de aguas oscuras.
Pero la alegría del reencuentro duró un suspiro.
Al explorar el perímetro de la caverna que se abría más allá del nicho de los lingotes, la linterna táctica de Diego iluminó una serie de cajones de madera reforzada con zunchos de hierro, apilados meticulosamente contra la pared de piedra seca.
Al retirar la tapa corroída de una de las cajas con la hoja de su paleta táctica, el profesor descubrió, envueltos en lienzos impermeables impregnados de cera de abejas, varias pinturas, cuadros de arte robados por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial y ocultados en el corazón de la Amazonía.
Entre las piezas catalogadas y envueltas con precisión técnica, destacaba el legendario Retrato de un joven de Rafael Sanzio, que Diego reconoció inmediatamente, una de las pérdidas patrimoniales más trágicas de la historia, considerado el óleo desaparecido más importante del Renacimiento por la majestuosidad de su técnica al óleo, el uso magistral del claroscuro y la representación idealizada de la dignidad humana que caracterizó al maestro de Urbino.
Junto al lienzo renacentista, Diego desenterró El pintor en su camino a Tarascón (erróneamente conocido en algunas crónicas clandestinas como el camino a Tascón), una joya perdida del postimpresionismo realizada por Vincent va Gogh en 1888.
Esta obra es considerada una obra maestra absoluta por su pincelada empastada y vibrante, en la que el propio Van Gogh se retrata a sí mismo como un viajero solitario bajo el incandescente sol provenzal, capturando la angustia existencial y la devoción incansable del artista hacia la pintura a través de un uso expresivo y revolucionario del color.
La presencia de esta pieza, destruida según los registros oficiales durante un bombardeo en Magdeburgo, confirmó que los depósitos de la corporación albergaban un tesoro cultural saqueado a escala global.
El tercer gran hallazgo entre los baúles fue El caballero de Jena , una enigmática y refinada pintura del periodo neoclásico europeo que retrata con un realismo sobrecogedor la solemnidad marcial y la elegancia aristocrática de la oficialidad militar en las guerras napoleónicas.
La pieza es valorada internacionalmente por la precisión milimétrica en los detalles de las vestiduras, la sutileza cromática en los tonos oscuros del uniforme y la profundidad psicológica transmitida en la mirada del personaje, encarnando el ideal estético del romanticismo temprano y la serenidad frente al conflicto.
Además de los tres lienzos principales, el depósito subterráneo resguardaba decenas de obras desconocidas, bocetos no catalogados y pequeñas tablas al temple pertenecientes a escuelas flamencas e italianas que jamás habían salido a la luz pública.
La existencia de esta pinacoteca clandestina escondida en las entrañas de la montaña no solo demostró el saqueo sistemático llevado a cabo durante los años cuarenta, sino también cómo las redes de contrabando de la corporación internacional habían utilizado el patrimonio artístico de la humanidad como reserva de valor inexpugnable para financiar sus operaciones ilícitas en Sudamérica.
Killari y Tatiana observaban la escena en absoluto silencio, impactadas por el valor incalculable de los tesoros acumulados en la penumbra de la cueva mientras el agua del lago subterráneo resonaba en el fondo.
Para el profesor Montana, la combinación del oro imperial, las minas tácticas y los cuadros robados terminaba de armar el rompecabezas: la expedición de Ariadna no solo había tropezado con un crimen ambiental, sino con el archivo secreto de una organización clandestina dispuesta a borrar cualquier rastro humano con tal de proteger su santuario en la frontera amazónica.