CAPÍTULO 33
La meseta superior del Pico da Neblina se abría como un altar de piedra negra suspendido en medio de un océano de nubes.
A más de dos mil ochocientos metros de altitud, el bosque enano había desaparecido por completo, cediendo su lugar a una vasta planicie de arenisca pulida por milenios de lluvia helada y vientos huracanados.
La bruma, densa y cenicienta, flotaba a ras del suelo en girones pesados, serpenteando entre las grietas de la roca como si tuviera vida propia.
El silencio en aquella altura no era pacífico; era un vacío absoluto, pesado y claustrofóbico que amplificaba el sonido de la propia respiración y los latidos del corazón. El termómetro de campo marcaba cuatro grados bajo cero.
Diego avanzaba a la cabeza de la fila, con la mano derecha apoyada de forma preventiva en el cabo de su navaja táctica y los ojos fijos en la nada gris.
Detrás de él, Killari y Tatiana avanzaban con paso cauto, seguidas por Jacaré, quien no dejaba de apretar la escopeta contra su pecho mientras mascullaba oraciones en voz baja, convencido de que cada formación rocosa era la silueta acechante del Saci-Pererê .
—La baliza del helicóptero de Raulinho dejó de emitir hace cuarenta minutos —dijo Tatiana, rompiendo el murmullo del viento con una voz tiritona por el frío extremo.
Sostenía el receptor portátil con las manos enguantadas, observando la pantalla cuya luz verde parpadeaba débilmente—.
El pulso magnético de la cresta destruyó el módulo de seguimiento. Estamos a ciegas.
—No necesitamos la baliza para saber que están aquí —respondió Killari, señalando con la punta de su bastón de montaña hacia el suelo de arenisca—.
Mira las marcas de las botas. Los tacos de suela militar profunda han fracturado la capa de liquen seco.
Hay al menos seis hombres desplazándose en abanico hacia el vértice norte.
Diego se agachó para examinar una de las huellas. La arcilla helada atrapada en el relieve de la pisada aún estaba húmeda.
—Llevan una ventaja de quince minutos —determinó Diego, poniéndose de pie—. Se están desplegando en formación de barrido. Buscan exactamente lo mismo que nosotros.
Aceleraron el paso, sorteando grietas profundas que se hundían en abismos insondables de donde brotaba un silbido grave y constante.
La bruma parecía volverse más espesa a medida que se aproximaban al centro de la meseta, reduciendo el campo de visión a apenas un par de metros.
De pronto, la meseta se quebró en una pequeña depresión natural, un anfiteatro de rocas que protegía el suelo de las ráfagas directas del viento.
Fue allí donde Diego se detuvo bruscamente, haciendo una señal de alto con la mano.
En el centro de la depresión, sobre una laja de piedra plana y completamente resguardada de la bruma por la pared de la grieta, descansaba una hilera de objetos dispuestos con una pulcritud metódica, desgarradora e irreal.
No había señales de lucha, ni manchas de sangre, ni rastros de forcejeo. Solo una secuencia de pertenencias colocadas como si alguien hubiera interrumpido un ritual cotidiano en mitad del abismo.
Diego se acercó despacio, cayendo sobre una rodilla frente a la laja de piedra. Killari y Tatiana se agazaparon a su lado, sofocando un ahogado jadeo de estupor.
El primer objeto era un pantalón corto de mujer, de tela técnica de expedición de color caqui.
Estaba doblado con una precisión impecable, sin una sola arruga, como si recién hubiera sido extraído de un armario.
Sobre la tela limpia no había una sola mota de barro de la selva ni un rasguño de la travesía.
Justo al lado, alineado al milímetro con el pantalón, descansaba un top deportivo de mujer de color azul oscuro.
Al igual que la prenda anterior, estaba doblado con idéntica pulcritud, seco, intacto y limpio, contrastando violentamente con la suciedad y la podredumbre del barro tóxico por el que todos habían tenido que arrastrarse para llegar hasta allí.
A pocos centímetros de la ropa, colocada en posición vertical, se erguía una sola bota de montaña de caña alta, de la misma marca y talla que las que usaba Vera según los registros de la universidad. La bota estaba desatada, con los cordones dispuestos simétricamente hacia los lados, vacía.
Y finalmente, junto a la bota, reposaba una botella de agua mineral transparente a medio tomar.
Pequeñas gotas de condensación todavía resbalaban por las paredes interiores del plástico.
El nivel del agua permanecía inmóvil en el centro del recipiente, reflejando la penumbra cenicienta de la meseta.
Ni rastro de Ariadna. Ni rastro de Vera.
Ni una sola huella que se alejara de la laja de piedra. Ni una sola gota de sangre. Ningún cuerpo, ninguna señal de vida ni de muerte. Solo la ropa doblada, la bota abandonada y el agua a medio consumir en la cima del mundo.
—Esto... esto no tiene ningún sentido —susurró Tatiana, rodeándose el cuerpo con los brazos mientras la piel se le erizaba de puro terror—.
Es la ropa de Vera. Yo la vi su fotografía de ese top el día que zarpamos del puerto de Manaos...
¿Por qué está doblada así? ¿Por qué se desnudaría en mitad de un macizo congelado a cuatro grados bajo cero?
Killari extendió la mano con infinita cautela, rozando la tela del pantalón corto con las yemas de sus dedos enguantados.
—Está seca —dijo la antropóloga con una voz cargada de un desconcierto profundo, casi sagrado—. No tiene la humedad de la bruma. Alguien la dobló y la colocó aquí.
—¡Es el Saci! ¡Se las llevó el espíritu! —exclamó Jacaré en un gemido ahogado, retrocediendo dos pasos con la escopeta temblando en sus manos, mirando frenéticamente hacia las sombras de la niebla—. ¡Se las desnudó para tragárselas en la piedra! ¡Les dije que esta montaña se cobra a los viajeros!
—Cállate, Jacaré —ordenó Diego con un hilo de voz helada, aunque en el fondo de sus ojos verdes ardía el mismo desconcierto analítico que amenazaba con quebrar su templanza.
Como geólogo y ex agente del FBI, Diego estaba acostumbrado a descifrar la escena de un crimen o el colapso de un terreno mediante la lógica implacable de la física y la evidencia forense.
Pero aquello desafiaba toda razón. Quitarse la ropa en un entorno de hipotermia extrema era un síntoma de congelamiento avanzado conocido como desnudamiento paradójico , pero eso no explicaba jamás la pulcritud metódica con la que las prendas habían sido dobladas y alineadas sobre la roca seca, ni la ausencia total de rastros biológicos o pisadas en el entorno.
Diego inspeccionó la botella de agua a medio tomar. La levantó hacia la luz tenue. El agua era cristalina, sin sedimento.
—No se la llevaron por la fuerza en este punto —murmuró Diego, observando el vacío de la meseta que se extendía más allá de la laja—.
Si Raulinho y sus mercenarios las hubieran alcanzado aquí, habría casquillos, marcas de arrastre, prendas desgarradas.
Esto no es un escenario de captura táctica.
Es una escena dejada deliberadamente... o el vestigio de una desaparición que no responde a la lógica de las corporaciones.
Pero luego de una pausa,
—¡Tatiana, no te muevas! —el grito de Diego cortó el aire como un látigo, congelando a la joven a escasos centímetros de la roca.
Apenas a un dedo de la suela de su bota, semienterrada bajo una fina capa de liquen negro y gravilla de arenisca, asomaba un pequeño disco metálico de color verde oliva con tres diminutas puntas de presión de latón.
A pesar de los años transcurridos desde su retiro de las operaciones especiales, los ojos de Diego reconocieron el artefacto al instante por su instrucción táctica en el FBI: se trataba de una mina antipersonal de presión de origen alemán.
Un artefacto diseñado no solo para destruir, sino para actuar como la trampa definitiva en perímetros de contención clandestinos.
—No respires, no cambies el peso del cuerpo —instruyó Diego en un susurro tenue pero absoluto, deslizándose cuerpo a tierra sobre la roca helada hasta quedar a la altura de los pies de Tatiana.
Con la punta de su navaja, comenzó a retirar con precisión quirúrgica los granos de cuarzo que cubrían el plato de detonación—.
Si hubieras ejercido tres kilos más de fuerza hacia abajo, el mecanismo de muelle helicoidal habría liberado el percutor en menos de un segundo.
Tatiana permaneció inmóvil, con la mirada clavada en la aguja de latón que acariciaba la suela de su zapato, sintiendo cómo una gota de sudor frío le resbalaba por la sien a pesar de los tres grados bajo cero.
Killari y Jacaré contuvieron el aliento en absoluto silencio mientras Diego, con el pulso firme de quien desmanteló docenas de cargas en campos minados durante su etapa federal, introdujo una fina varilla de titanio de su kit de montaña en el pasador de seguridad de la carcasa, bloqueando el mecanismo de activación antes de exhalar el aire retenido en sus pulmones.
El hallazgo de la mina no solo salvó la vida de la joven, sino que reescribió de golpe la naturaleza del peligro en el Pico da Neblina.
Aquello no era un simple vestigio abandonado por antiguos contrabandistas o buscadores de oro; la colocación milimétrica del artefacto, justo en el único acceso practicable hacia la laja donde descansaba la ropa doblada de Vera, indicaba un nivel de doctrina militar profesional.
Quienquiera que hubiese dispuesto la ropa limpia y la botella de agua, había minado meticulosamente el perímetro para asegurar que cualquiera que intentara investigar las prendas fuera destruido en el acto.
Diego se puso de pie lentamente, con el rostro ensombrecido por una deducción aterradora.
Observó la niebla cenicienta que los rodeaba, percatándose de que el silencio sepulcral de la meseta no era una coincidencia de la naturaleza, sino la calma previa a una emboscada perfectamente trazada.
Antes de que pudiera ordenar la retirada inmediata hacia el desfiladero, un leve chasquido térmico resonó en el aire helado, seguido por la aparición repentina de un pequeño punto rojo de luz láser que comenzó a bailar erráticamente sobre el pecho de la chaqueta de Tatiana, subiendo despacio hasta fijarse exactamente en el centro de su frente.