El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El calor de la noche se sentía más sofocante alrededor de la fogata. A pocos metros, el chasquido de las brasas acompañaba los comentarios brutos de Mauro, Thiago y el Gordo Batista, quienes apuraban los últimos tragos de aguardiente mientras discutían torpemente quién daría el primer paso.

En la penumbra, la mente de Ariadna trabajaba a toda velocidad. Apoyada contra el chasis metálico, notó que la botella de cachaça de alta graduación que los hombres compartían era apenas una de las siete garrafas de destilado casero que habían amontonado junto a sus pertrechos.

—Vera —susurró Ariadna pegando los labios a la oreja de su amiga, con una voz apenas audible—. No podemos vencerlos con fuerza, usaremos la inteligencia, podemos hacer que se destruyan solos. Hay que emborracharlos hasta que no puedan mantenerse en pie.

Vera la miró con los ojos muy abiertos por el temor, pero al ver la firmeza en la mirada de la fotógrafa, comprendió la jugada. Respiró hondo, tragó saliva y cambió por completo la postura de su cuerpo, dejando caer los hombros en un gesto de aparente rendición y cansancio extremo.

—¡Oigan! —llamó Ariadna con una voz suave, ligeramente arrastrada, que hizo que los tres hombres se giraran bruscamente hacia el contenedor—. Estamos agotadas... y muertas de frío. Si de verdad no nos van a dejar ir, por lo menos compartan un poco de ese trago. Queremos olvidar este infierno.

Mauro se congeló con la botella en la mano. Una sonrisa burlona y satisfecha se dibujó en su rostro de facciones gruesas.

—Miren eso —dijo Mauro a sus compinches, soltando una risotada—. La menina ya entendió cómo funcionan las cosas en la selva.

Los tres ex fogoneros se acercaron con paso torpe hacia la zona donde estaban atadas las chicas.

El Gordo Batista desató parcialmente el nudo de la cuerda de cáñamo que sujetaba las manos de las chicas, dejándoles el margen justo para mover los brazos, pero manteniéndolas atrapadas contra la estructura metálica.

Mauro le tendió la garrafa a Vera. La ingeniera agarro lentamente la garrafa y luego tomó un sorbo lentamente, fingiendo disfrutar del líquido ardiente que le quemaba la garganta, y luego le pasó el recipiente a Ariadna.

La fotógrafa dio un trago corto, dejando que unas gotas resbalaran por su cuello para captar la atención de los hombres.

—Es fuerte... —dijo Ariadna con una sonrisa ladeada y fingida, mirando fijamente a los ojos de Mauro—. Pero seguro que ustedes aguantan mucho más que esto. ¿O es que tres hombres maduros de la mina se van a dejar ganar por dos chicas de la ciudad?

El orgullo masculino y la lujuria nublaron el escaso juicio que les quedaba. Batista y Thiago soltaron un bramido de satisfacción y aceptaron el reto de inmediato, descorchando la segunda garrafa de alcohol casero.

Durante la siguiente hora, la dinámica en el claro cambió por completo.

Ariadna y Vera desplegaron un juego de insinuaciones calculadas: risas contenidas, miradas prolongadas en la penumbra y rozamientos sutiles cada vez que les pasaban las botellas.

Las chicas aparentaban beber copiosamente, pero en la penumbra del contenedor vertían disimuladamente la mayor parte del licor sobre el barro y entre las sombras de las orugas de hierro.

Los tres hombres, en cambio, tragaban grandes buchadas sin descanso, impulsados por la falsa promesa del banquete que creían asegurado.

El alcohol de alta graduación, combinado con el cansancio y el calor abrasador de la madrugada, no tardó en hacer su trabajo. El primero en caer fue Thiago, quien se desplomó de espaldas sobre la hojarasca, emitiendo un ronquido pesado y profundo.

El Gordo Batista intentó abalanzarse sobre los hombros de Vera con una risotada torpe, pero el equilibrio le falló por completo; sus piernas cedieron y rodó hacia un costado del contenedor, quedando inconsciente con la boca abierta contra el lodo.

Mauro, el más robusto de los tres, intentó mantenerse en pie. Sosteniendo el machete con dedos flojos, miró a Ariadna con las pupilas completamente dilatadas por la ebriedad.

—Ahora... ahora nos toca a nosotros, bonita ... —balbuceó Mauro, dando un paso tambaleante.

Ariadna no se movió. Le sostuvo la mirada con una calma helada mientras el hombre daba un segundo paso en falso.

El cuerpo de Mauro no respondió a su voluntad: las rodillas se le doblaron hacia adentro y cayó de bruces contra la tierra húmeda, soltando el acero y quedando completamente fuera de combate.

El silencio volvió a dominar el claro del bosque, interrumpido únicamente por los ronquidos pesados de los tres agresores.

Ariadna y Vera, ligeramente aturdidas y con la cabeza dándoles vueltas por los sorbos reales que habían tenido que ingerir, no perdieron el tiempo.

Ariadna estiró los dedos hasta alcanzar la hoja del machete que Mauro había dejado caer.

Con movimientos torpes pero precisos, cortó las cuerdas de cáñamo que ataban sus muñecas y liberó a Vera.

Se pusieron en pie con la respiración agitada. Sin mirar atrás, recogieron la mochila técnica con la tarjeta MicroSD y se adentraron en el sendero que conducía al embarcadero clandestino de los ex fogoneros.