CAPÍTULO 31
El hedor a alcohol rancio, sudor acumulado y barro podrido impregnó el aire alrededor de las jóvenes en cuanto los tres hombres cerraron el cerco.
A la débil luz reflejada por las brasas de una antorcha improvisada, las miradas de los exfogoneros recorrieron sin pudor la anatomía de las prisioneras.
Las ropas rasgadas por la maleza y la caminata nocturna dejaban al descubierto la piel dorada de Ariadna y las piernas tensas de Vera, convertidas en blanco de una codicia brutal.
— Vejam só o que a selva nos mandou. —dijo Mauro con una risotada baja y cavernosa, pasándose la lengua por los labios agrietados mientras sopesaba el machete—. Miren a la rubita... y la blanquita tiene un cuerpo fantástico. Nos vamos a dar un buen banquete esta noche.
—Primero la rubia, que se ve suavecita —añadió el Gordo Batista con voz ronca, emitiendo palabras soeces mientras describía con vulgaridad absoluta lo que pretendía hacerles antes de que saliera el sol—. Después de dos semanas en este infierno, nos va a saber a gloria.
—¡Cállense la boca y muévanse! —intervino Thiago, empujando a Ariadna por la espalda con la culata de un palo afilado—. Si gritan, les rebanamos las piernas aquí mismo.
Sin margen para reaccionar, los tres criminales las encadenaron improvisadamente con cuerdas de cáñamo grueso, atando sus muñecas y arrastrándolas hasta la carcasa de un contenedor abandonado en el claro.
Allí las arrojaron brutalmente contra una pared de metal oxidado, sujetando los extremos de las cuerdas a un eje de acero pesado.
Una vez aseguradas las prisioneras, los tres hombres se retiraron unos metros hacia la hoguera para planificar el ataque.
Con la botella de cachaça circulando entre sus manos, sus voces gruesas y sin matices resonaban en el claro, discutiendo sin tapujos el orden en que las tomarían, los detalles obscenos de su plan y la forma más fría de deshacerse de los cadáveres al despuntar el alba para no dejar rastro alguno ante las patrullas de Titan Rex o la policía fluvial.
Junto al fuego, en la penumbra de la noche, Vera apoyó la cabeza contra el hombro de Ariadna, sintiendo cómo el miedo le helaba las venas.
—Ariadna... —susurró la ingeniera, con la voz quebrada por el terror mientras escuchaba las risas brutales de sus captores—. No van a dejar que salgamos de aquí. Escuchaste lo que dicen... van a usar nuestros cuerpos y luego nos tirarán a las fosas de lixiviación.
Ariadna apretó los dientes, sintiendo la cuerda cortar la piel de sus muñecas mientras evaluaba desesperadamente cualquier opción de escape.
—No les vamos a dar el gusto de vernos rendidas, Vera —respondió Ariadna en un murmullo firme, con los ojos ardiendo en rabia—. Esos despojos están ebrios y confiados. Si nos van a matar, van a tener que morir para conseguirlo.
—Tengo miedo, Ariadna... No quiero terminar así, sepultada en este lodo —balbuceó Vera, mirando cómo Mauro se ponía de pie junto al fuego y comenzaba a caminar lentamente de regreso hacia ellas, desabrochándose el cinturón.
—Mantén la calma —ordenó Ariadna, deslizando los dedos en la oscuridad hasta rozar una astilla de metal floja—. En cuanto uno de ellos se acerque lo suficiente, vamos a pelear hasta el último aliento.