CAPÍTULO 30
Al despuntar los primeros rayos de un sol pálido, ahogado por la densidad de la atmósfera, el grupo abandonó el refugio de piedra y se dispuso a iniciar la ascensión definitiva.
La serranía de la Neblina no se parecía a ninguna otra formación geológica de la Amazonía.
Elevándose bruscamente desde el llano selvático hasta rozar los tres mil metros de altitud, el macizo era un dios ancestral: una meseta infranqueable de paredes verticales de arenisca oscura, aislada del resto del mundo desde hacía millones de años.
Allí, el tiempo parecía regirse por leyes distintas.
La vegetación tropical daba paso a un bosque enano y deforme, donde los troncos de los árboles crecían retorcidos como espinas de pescado y las rocas estaban tapizadas por un musgo negro que exudaba una humedad helada.
La bruma no caía desde el cielo; emanaba del propio suelo, de las grietas profundas que hendían la cumbre, envolviendo a la expedición en un manto blanco y asfixiante que reducía la visibilidad a apenas cuatro pasos.
—Este lugar no quiere a los hombres de abajo —murmuró Jacaré, sujetando la correa de su escopeta de caza mientras encabezaba la fila.
Sus ojos, acostumbrados a leer los secretos de la selva, escudriñaban la niebla con un temor primario—.
Es tierra de espíritus viejos. Aquí la bruma tiene oídos y los barrancos cambian de sitio si te descuidas.
El avance se convirtió de inmediato en un calvario de imprevistos inexplicables. A pesar del mapa satelital que Diego llevaba en la mano y de las correcciones de ruta que Killari verificaba con la brújula táctica, el grupo parecía dar vueltas en círculo.
A la primera hora de caminata, cuando ascendían por un estrecho desfiladero de piedra resbaladiza, la cuerda principal de escalada —una soga de fibra sintética de alta resistencia, guardada minuciosamente dentro de la mochila sellada de Tatiana— apareció inexplicablemente desatada y enredada en forma de intrincados nudos de leñador en la rama de un arbusto espinoso, varios metros fuera del camino.
—Esto es imposible —exclamó Tatiana, con las manos temblorosas y los nudillos blancos por el frío mientras intentaba deshacer los nudos—. Yo misma revisé el arnés y las trancas antes de salir de la cueva. Nadie tocó mi equipo.
Apenas lograron recuperar la soga tras perder media hora vital, un sonido extraño resonó a su alrededor.
No era el rugido de un depredador ni el canto de un ave de montaña, sino un silbido agudo, penetrante y burlón que parecía brotar simultáneamente desde cuatro puntos cardinales.
El sonido rebotaba en las paredes de piedra, erizando los vellos del cuello de todos los presentes.
Un segundo después, una ráfaga de viento repentina y violenta, surgida en mitad de la calma muerta de la niebla, arrancó la carta topográfica de las manos de Diego.
La hoja voló hacia el abismo, pero en lugar de caer recta, flotó en círculos caprichosos hasta quedar enganchada en una cornisa inaccesible.
Y cuando Jacaré intentó aproximarse a la orilla para buscar una ruta alternativa, el suelo de arcilla seca cediéndose bajo sus pies sin motivo alguno, provocando un pequeño desprendimiento de rocas que estuvo a punto de arrastrarlo al vacío.
El guía cayó de espaldas sobre el sendero, pálido y sudando frío a pesar de la temperatura bajo cero que comenzaba a sentirse.
—¡Es él! —musitó Jacaré en un susurro aterrorizado, persignándose con la mano temblorosa mientras miraba fijamente hacia la bruma espesa—. Es el Saci-Pererê . Nos está jugando sus tretas. No quiere que coronemos la montaña.
—Jacaré, mantén la calma —intervino Diego con voz firme, sosteniendo al hombre por el hombro para ayudarlo a erguirse—. Son las corrientes térmicas que suben del abismo y la erosión de la arenisca. No hay nadie aquí arriba además de nosotros ni del comando de Raulinho .
—¡No, profesor, usted no entiende la selva profunda!
—replicó el nativo baquiano, con los ojos desorbitados por el miedo—.
El Saci no es un animal ni un hombre. Es el duende del monte, la criatura de una sola pierna que lleva un gorro rojo y fuma en cachimba de barro.
Se alimenta de la confusión de los viajeros.
Se vuelve invisible, silba en tus oídos para volverte loco, deshace los nudos, esconde los senderos y apaga los fuegos.
Si nos obstinamos en subir sin pedirle permiso al dueño de la bruma, nos guiará directamente al borde de la pared para que caigamos al vacío.
Tatiana y Killari se acercaron, conteniendo la respiración mientras el viento helado volvía a silbar entre las rocas retorcidas.
—En las leyendas del norte de Brasil —añadió Killari en voz baja, mirando las sombras fantasmagóricas de las plantas carnívoras gigantes que crecían al margen del camino—, el Saci es el guardián de los secretos de la montaña.
Un ser caprichoso que castiga a los que entran con violencia o prisa a sus dominios.
—No tenemos tiempo para supersticiones —dijo Diego, aunque en su fuero interno no podía ignorar la extrañeza de los incidentes que los estaban retrasando minuto a minuto.
La montaña misma parecía respirar hostilidad.
El Pico da Neblina poseía una reputación siniestra entre las tribus Yanomami y los exploradores que habían intentado cartografiarlo a lo largo de los siglos.
En las crónicas locales se hablaba de expediciones enteras que se habían disuelto en la niebla sin dejar rastro, de brújulas que giraban descontroladas por la alta concentración de minerales magnéticos en la roca, y de alucinaciones auditivas provocadas por el eco de los abismos subterráneos, donde el viento sonaba como los lamentos de hombres atrapados en la piedra.
A medida que ganaban metros, la niebla se volvió tan espesa que tomó un matiz ceniciento, casi opaco.
El aire se enrareció, haciendo que cada inhalación quemara los pulmones.
El silencio alrededor era absoluto, abrumador; ni un solo insecto, ni un ave volaba en aquellas alturas.
Solo el eco intermitente de los silbidos invisibles acompañaba sus pasos.
De pronto, mientras rodeaban una cresta rocosa, un crujido metálico hizo que todos se congelaran.
La estación táctica que Tatiana llevaba a la espalda comenzó a emitir ráfagas de estática violenta.
Sin que nadie tocara los interruptores, las pantallas digitales comenzaron a parpadear con números aleatorios, y de los altavoces brotó una voz distorsionada por la interferencia, un susurro entrecortado que repetía una palabra en una lengua desconocida antes de apagarse por completo, quemando el fusible principal del equipo.
—Se acabó el transmisor —dijo Tatiana, con la voz ahogada por el pánico mientras soltaba el equipo humeante en el suelo—. El circuito se ha sobrecargado por un pico magnético... o por algo más.
Jacaré retrocedió dos pasos, apretando la escopeta contra su pecho.
—Nos está acorralando —susurró el guía—. Cada vez que intentamos usar la tecnología o ganar velocidad, nos frena. El Saci nos está preparando para la trampa.
Diego se inclinó sobre el equipo averiado y luego miró la inmensidad gris que los rodeaba.
Los retrasos involuntarios habían destruido su margen de ventaja.
El día se consumía rápidamente bajo la bruma, y la temperatura continuaba cayendo vertiginosamente.
Sabía que, si no encontraban el paso hacia la meseta superior antes del anochecer, quedarían atrapados en una cornisa congelada, a merced de los elementos, de las fuerzas oscuras de la montaña y de la patrulla mercenaria de Raulinho que aguardaba en algún punto de la cima.
El profesor se ajustó la correa de su mochila, miró a Killari y a Tatiana, las mujeres que se convirtieron para el en las más mujeres más importantes en el mundo en estos momentos, cuyos rostros reflejaban el cansancio y el temor a lo desconocido, y dio un paso al frente hacia el corazón blanco del Pico da Neblina.
—Seguimos a pie —decretó Diego con una determinación helada—. Fantasma, duende o anomalía magnética... Ariadna y Vera están allá arriba, y no vamos a detenernos ahora.