CAPÍTULO 29
El viento frío que bajaba de los despeñaderos del macizo comenzaba a disipar la humedad densa de la selva baja, sustituyéndola por una helada nocturna que calaba hasta los huesos.
Aprovechando el refugio de la pequeña cavidad rocosa, Killari se dispuso a preparar una fogata controlada.
Con la destreza de quien ha pasado años en campamentos andinos y amazónicos, acomodó primero unas ramas secas de corteza resinosa y rodeó la base con piedras del cauce para evitar que el resplandor fuera visible desde las alturas o el río.
En cuestión de minutos, una llama constante y cálida empezó a crepitar en la penumbra, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra.
Killari sacó de su equipo un pequeño cazo de aluminio de expedición y una bolsa sellada con una mezcla artesanal de hojas de coca, clavo de olor y cascarilla de cacao silvestre.
Agregó agua limpia y puso el recipiente directamente sobre las brasas.
El aroma especiado y reconfortante se extendió de inmediato por el refugio, amortiguando el olor a barro e higiénico estancado que traían de la travesía.
—Beban esto —dijo KIllaRI con voz pausada, sirviendo el líquido humeante en tres pocillos metálicos—. Ayudará a mantener la temperatura corporal y a limpiar los pulmones del vapor de mercurio del cauce bajo.
Le tendió el primer pocillo a Jacaré, quien lo aceptó con un asentimiento agradecido antes de volver a su puesto de vigía en la entrada, y luego le ofreció otro a Tatiana.
La joven geóloga, acurrucada bajo su manta técnica y aún resentida por el susto de la anaconda y el distanciamiento con Diego, tomó el recipiente en silencio, dando pequeños sorbos mientras observaba el fuego con la mirada perdida.
Killari se sirvió la última porción y caminó hacia el borde de la cavidad donde Diego permanecía sentado, sumergido en sus cavilaciones sobre el pequeño lirio de agua y la sombra de sus propios sentimientos.
La antropóloga se sentó a su lado, compartiendo la calidez del vaso de metal entre las manos.
—Te va a hacer bien, Diego —murmuró Killari, ofreciéndole el pocillo humeante—. No has parado ni un segundo desde que salimos de Sao Raimundo.
Diego tomó el recipiente, sintiendo el calor reconfortante atravesar sus dedos fríos.
—Gracias, Killari —respondió él con voz baja, dando un sorbo y dejando que el aroma amargo del cacao y la coca le despejara la garganta.
Durante un buen rato, el único sonido fue el chasquido suave de la madera al consumirse y el susurro distante de la bruma chocando contra los árboles.
La luz del fuego iluminaba los rasgos serenos de Killari, suavizando la rigidez de su rostro y acentuando la complicidad madura que existía entre ambos.
Killari miró las brasas y dejó escapar una pequeña sonrisa melancólica, una de esas raras sonrisas que solo aparecían cuando el pasado volvía a rozarla.
—Verte tan serio y concentrado frente a esta fogata en mitad de la nada me recuerda a otra noche helada... aunque bastante menos peligrosa que esta —dijo ella, girando la cara para mirarlo.
Diego alzó una ceja, curioso.
—¿A cuál?
—Aquel otoño en Nueva York —contestó Killari, y en la esquina del refugio, Tatiana levantó sutilmente la cabeza desde su manta, atenta a cada palabra—.
Unas semanas después de que me encontraras en el Bow Bridge.
Mi familia decidió quedarse unos días más en Manhattan y tú te ofreciste a llevarme a dar una vuelta para que no me aburriera mientras mis padres atendían sus reuniones.
Diego dejó escapar una risa breve y amagada, recordando la escena.
—Ah, ese día...
—Decidiste que era una excelente idea llevar a una quinceañera asustadiza al cine a ver una película de terror —continuó Killari con un tono de cariñosa recriminación—.
Recuerdo perfectamente el cine antiguo cerca de Times Square.
Compraste dos vasos gigantescos de refresco de deliciosa naranja con hielo y un cubo enorme de palomitas.
Tú estabas fascinado con la trama, analizando los efectos especiales como el estudiante de geología metódico que eras, mientras yo estaba pegada al respaldo de la butaca, aterrorizada con cada golpe de música.
Tatiana apretó las manos alrededor de su pocillo, escuchando la historia con una punzada inevitable de celos, consciente de la profundidad irrompible de aquel recuerdo.
—Y en el susto del clímax de la película... —agregó Diego, mirándola con una chispa de diversión en los ojos.
—En el susto del clímax —completó Killari, riendo despacio—, di un brinco tan alto en la butaca que solté el vaso de refresco lleno de hielo.
Cayó de lleno sobre tus pantalones, justo en las rodillas.
Te quedaste helado, empapado en refresco pegajoso en medio del cine a cinco grados bajo cero exterior.
Y en lugar de enojarte o regañarme, te soltaste a reír, me diste tu chaqueta seca para que me tapara y salimos a caminar entre la nieve riéndonos de mi torpeza hasta que llegamos al hotel.
—Tuve que andar diez manzanas con los pantalones congelados como si llevara dos planchas de hielo en las piernas —repuso Diego, sacudiendo la cabeza con afecto—. Pensé que las rodillas se me romperían en pedazos.
—Pero no te importó —dijo Killari con la voz volviéndose más suave, mirándolo con una devoción profunda y madura que no necesitaba artificios ni exigencias—. Siempre tuviste esa paciencia infinita, Diego. Esa capacidad de cuidar a los demás aun cuando tú eres el que está pasando frío.
Diego sostuvo la mirada de la antropóloga durante unos segundos.
El recuerdo trajo al presente una calma necesaria, un ancla de certeza en medio del conflicto que lo devoraba por dentro.
En los ojos de Killari no había incertidumbre ni prisa; había una historia compartida que resistía el paso de los años, las guerras de corporaciones y los abismos de la selva.
Tatiana volvió a recostarse sobre sus bártulos, dándoles la espalda en la penumbra.
Se cubrió con la manta hasta los hombros, sintiendo el peso amargo de saber que, por más presente y audacia que ella ofreciera, había raíces en la vida de Diego que se extendían mucho más profundo de lo que ella jamás podría alcanzar.
Diego dio el último sorbo a su placentera bebida caliente, sintiendo el cuerpo finalmente aclimatado y la mente despejada para lo que vendría al amanecer.
—Acomódate y descansa, Killari —dijo Diego con ternura, colocándole una mano en el hombro—. Mañana la montaña no nos dará tregua.
Killari asintió con una leve sonrisa, acomodándose junto al fuego que languidecía, mientras la bruma del Pico da Neblina continuaba envolviendo la noche amazónica.