El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 28
54%

CAPÍTULO 28

La noche en el Amazonas no era una ausencia de luz, sino una entidad viva, densa y voraz que devoraba cualquier rastro de cordura.

Bajo el dosel impenetrable, la penumbra era una masa líquida donde el aire, cargado de humedad y tufo a materia vegetal podrida, parecía vibrar con un concierto sinfónico de pesadilla.

El bosque no dormía; estaba despierto y cazaba.

Ariadna y Vera avanzaban a ciegas por un denso lodazal, acorraladas por los sonidos terroríficos de la maleza.

A la izquierda, un chasquido seco y metálico —como el romper de huesos humanos— indicaba la presencia de mandíbulas invisibles entre las raíces expuestas.

Sobre sus cabezas, los gritos guturales y destemplados de los monos aulladores no sonaban a naturaleza, sino a lamentos de almas agonizantes atrapadas en el purgatorio.

Cada cierto tiempo, un zumbido rasgante y grave, producido por enjambres de avispas nocturnas del tamaño de dedos humanos, vibraba tan cerca de sus oídos que el aire les erizaba el vello de la nuca.

Pero lo más aterrador no era el ruido, sino los silencios repentinos: pausas de muerto en las que miles de ojos invisibles contenían la respiración en la oscuridad, esperando únicamente un tropiezo para abalanzarse.

Sin linternas tácticas y con el teléfono satelital agotado tras el intento de transmisión, Ariadna tuvo que recurrir al último recurso de su equipo: su segunda cámara compacta de repuesto, una antigua telemetradora con un potente flash manual de xenón.

¡Zzas-FUM!

El flash estallaba en mitad de la negrura como un relámpago contenido.

Por una fracción de segundo, un fotograma congelado en luz blanca revelaba el camino: una maraña de espinas de palmera, troncos cubiertos de arañas devoradoras de pájaros y el lodo rojo reflejando la descarga.

Luego, el estallido se apagaba, dejando tras de sí una negrura todavía más profunda y ciegos fogonazos verdes en las retinas de las dos mujeres.

¡Zzas-FUM!

A quinientos metros de allí, en un claro dominado por la carcasa oxidada de un contenedor abandonado, tres figuras desaliñadas se agrupaban alrededor de una hoguera agonizante.

Eran Mauro, Thiago y el "Gordo" Batista: tres exfogoneros y mecánicos de Titan Rex .

Habían sido expulsados de la concesión dos semanas atrás, sin paga y sin suministros, tras un incidente violento en el campamento principal.

Ebrios de cachaça y desenfreno, habían acorralado y acosado a la joven novia brasileña del jefe de seguridad de la mina.

Ehrlich no los había ejecutado únicamente para no ensuciarse las manos, prefiriendo arrojarlos a la selva a su suerte, donde el hambre y el delirio del paludismo los habían convertido en auténticos animales de rapiña.

Mauro, con el rostro podrido por picaduras infectadas y una botella de aguardiente en la mano, arrojó una rama al fuego.

—Ese maldito alemán nos dejó morir aquí... Si vuelvo a poner un pie en el puerto de Manaos, le rajo el cuello —gruñó, escupiendo una flema negra sobre las brasas.

—Cállate, Mauro —siseó el Gordo Batista, masticando un trozo de carne rancia de pacú—. No vas a rajar a nadie. Nos alimentaremos de lo que encontremos o nos pudriremos como las toneladas de oro que ese bastardo saca hacia Europa cada mes en los barcos de carga.

De pronto, Thiago, el más joven y consumido por la fiebre, se puso de pie bruscamente, señalando hacia el noroeste, a través de la densidad de los helechos gigantes.

¡Zzas-FUM!

Un destello blanco, breve pero inconfundible, recortó la copa de los árboles a la distancia.

Los tres hombres se congelaron. Se miraron entre sí, y una sonrisa macabra y desprovista de dientes se dibujó en los labios de Mauro.

—Eso no es un rayo... Es luz artificial —murmuró Mauro, descolgando un machete mellado y oxidado del cinturón—. No son los hombres de Raulinho; ellos usan visores nocturnos infrarrojos. Quienquiera que esté ahí fuera, está perdido... y trata de orientarse en la oscuridad.

Con la codicia y el rencor avivados por días de miseria, los tres despojos humanos se internaron en la penumbra. Se movían sin hacer ruido, adaptados a la selva como alimañas rabiosas, guiándose por el intervalo de luz estroboscópica que marcaba la caminata de Ariadna y Vera.

¡Zzas-FUM!

El flash iluminó el avance de las chicas. Ariadna no se percató de que, en el extremo izquierdo de ese último fotograma de luz, a menos de diez metros de distancia, la cara demacrada y sonriente de Mauro había quedado impresa por una milésima de segundo entre el follaje.

—Ariadna... —susurró Vera, deteniéndose en seco con el corazón desbocado—. He oído hojas secas pisándose a la derecha.

—Es el viento, Vera. Da otro paso, voy a disparar la luz de nuevo —dijo Ariadna, levantando la cámara con manos temblorosas.

Cargó el condensador. El pitido agudo del flash resonó en mitad del silencio del bosque.

¡Zzas-FUM!

La luz cegadora volvió a estallar. Pero esta vez, el fotograma no mostró un camino libre: a dos pasos de ellas, los tres exfogoneros de Titan Rex estaban de pie en el centro del sendero, cercándolas en un triángulo de acero y carne podrida.

—Vaya, vaya... —susurró Mauro en la negrura que siguió al destello, mientras el sonido metálico de tres machetes al ser desenfundados resonó terroríficamente entre los árboles—. Miren lo que la selva nos trajo y nos va a regalar esta noche.