CAPÍTULO 25
El cauce del río Cauaburi se convirtió rápidamente en un embudo infernal.
A medida que la lancha de aluminio avanzaba hacia el norte, aproximándose a las estribaciones de la Serranía de la Neblina, el curso del agua se estrechaba entre murallas de vegetación impenetrable y paredones de piedra recubiertos de musgo antiguo.
Pero la geografía no era el único obstáculo que ralentizaba su marcha; el río parecía haberse vuelto hostil, desplegando una fauna voraz y territorial que amenazaba con volcarlos a cada milla.
A mitad de la mañana, el motor diésel tuvo que ser apagado de nuevo.
Un banco masivo de caimanes negros —ejemplares gigantescos de más de cuatro metros de longitud— se había congregado en un tramo de aguas someras y cenagosas, atraídos por los desechos de la actividad minera río arriba.
Sus lomos acorazados sobresalían de la corriente como troncos flotantes.
—Si el motor toca a uno de esos monstruos, nos romperá la hélice en un segundo y nos volcará en el cieno —advirtió el nativo Jacaré desde la popa, reteniendo la caña del timón con los brazos tensos—. Hay que empujar el bote con las varas de madera, despacio y sin chapotear.
La maniobra exigía una lentitud desesperante.
Durante más de tres horas, el grupo avanzó metro a metro, esquivando las fauces abiertas de los reptiles que rozaban el casco de aluminio con un impacto metálico aterrador.
Cada sacudida de la embarcación amenazaba con hacerles perder el equilibrio en la estrecha cubierta.
Killari y Tatiana estaban aterradas, pero trataban de no demostrarlo; Apenas lograron superar el territorio de los caimanes, el curso del río se internó en una selva inundada conocida como igapó profundo .
El canal desapareció bajo un entramado de raíces aéreas de ceibas y palmeras de jauarí, cuyos espinos afilados como agujas de afeitar obligaban a cortar el paso a machetazos para no rasgar las mochilas y la lona de la embarcación.
Fue allí, en mitad del laberinto vegetal, donde el peligro cobró una forma casi invisible.
Tatiana, apostada en el flanco derecho de la lancha, intentaba desenganchar la antena de la estación táctica de una red de lianas sumergidas.
Cansada y con el orgullo aún dolido por el rechazo de la noche anterior, la joven no advirtió el movimiento serpenteante que se deslizaba sin hacer ruido entre la vegetación alta.
De pronto, un latigazo colosal sacudió el agua.
Una anaconda gigante de más de seis metros de largo y un grosor impresionante emergió de la penumbra, envolviendo con la velocidad de un rayo el brazo y el torso de Tatiana.
El impacto derribó a la estudiante contra la chapa de la embarcación, ahogando su grito en un jadeo de pánico mientras los anillos musculares del reptil comenzaban a apretar con una fuerza descomunal.
—¡Tatiana! —gritó Killari desde la proa, intentando alcanzar su machete.
Pero fue Diego quien reaccionó con la velocidad que da el instinto refinado en años de peligro.
Sin dudar un instante, el profesor se lanzó sobre la criatura, hincando las rodillas en la chapa y clavando la hoja fina de su navaja táctica con precisión quirúrgica justo detrás de la cabeza del animal, en el centro nervioso donde la columna se une al cráneo.
El gigantesco reptil se convulsionó en un espasmo violento, aflojando la presión de sus anillos antes de que Diego, con un esfuerzo físico brutal, lograra desenredar el cuerpo agonizante del animal y arrojarlo por la borda hacia las aguas oscuras.
Acorralada contra la madera del piso, hiperventilando y con el rostro pálido por la falta de aire, Tatiana alzó la vista.
Mientras se recomponía con el cuerpo tembloroso, sus ojos buscaron desesperadamente los ojos de Diego —de su profesor—, buscando en esa mirada algo más que la reacción de un rescatista: una chispa de devoción, un atisbo de la emoción que él se empeñaba en reprimir bajo el escudo de la prudencia.
Diego, respirando agitadamente con el cuchillo ensangrentado en la mano, sostuvo la mirada de la joven por un par de segundos.
Había una intensidad en sus pupilas que hizo acelerar el pulso de Tatiana, pero rápidamente el profesor volvió a vestir su armadura de frialdad profesional.
Le tendió la mano con firmeza para ayudarla a incorporarse.
—¿Estás bien? ¿Te rompió alguna costilla? —preguntó Diego con tono grave, examinando sus hombros.
—Estoy... estoy bien, profesor —murmuró Tatiana, tragando saliva, sin apartar los ojos de su cara, aunque él ya comenzaba a volverse hacia el río.
El incidente con la serpiente y la necesidad de revisar el equipo de radiotransmisión mojado costaron otras dos horas decisivas. El mediodía ya había pasado cuando la embarcación logró amarrarse a la base de los primeros farallones de piedra que anunciaban el ascenso al macizo.
Mientras Jacaré preparaba el refugio temporal para la noche en la falda de la montaña y Tatiana secaba los módulos electrónicos de la radio, Killari trepó por un saliente rocoso para explorar la cara este de la ladera.
A unos quince metros de altura, sobre la bifurcación de un ceibo centenario alineado con un acantilado de corte vertical, la antropóloga descubrió una estructura impresionante: un nido gigante de águila arpía, construido con ramas gruesas de más de dos metros de diámetro.
En el borde del nido, una enorme hembra de arpía, con su cresta de plumas grises desplegada y una envergadura que superaba los dos metros, observaba la intrusión con sus garras de color marfil clavadas en la madera.
—Diego, mira esto —dijo Killari en voz baja cuando el profesor subió a su lado—. Un nido ocupado de arpía en la ruta del barranco. Esta pared es el único paso directo para evitar el desfiladero este.
—Si intentamos escalar por esta pared con el equipo pesado, el ave defenderá el nido —observó Diego, evaluando las garras mortales de la rapaz—.
No podemos dispararle a una especie protegida ni arriesgarnos a un ataque en mitad de la pared de roca.
Tendremos que rodear la cresta por el cañón del poniente.
—Eso nos sumará al menos cuatro horas de ascenso adicional —señaló Killari con gravedad—. Las condiciones del río y los animales nos han robado el día entero.
El retraso era inevitable. Los elementos salvajes del Amazonas parecían haberse aliado para proteger la cumbre, posponiendo el encuentro con Raulinho y el rescate de Ariadna y Vera.
La noche cayó pesada sobre la ladera de la montaña. La bruma helada de la Neblina comenzaba a descender desde las alturas, chocando contra el aire cálido y sofocante de la selva baja.
En el refugio de campamento, Killari dormía profundamente tras haber cubierto la primera guardia, y Tatiana permanecía acurrucada bajo su manta, con el rostro sereno, pero con la huella del pánico del ataque de la anaconda todavía presente en sus rasgos.
Diego se encontraba sentado sobre una roca a la entrada de la pequeña cavidad natural, con su chaqueta de abrigo ceñida y la linterna apagada. Frente a él, las aguas del río sonaban lejanas y la bruma flotaba como un manto de fantasmas entre los árboles.
El profesor sacó de su bolsillo interior el pequeño lirio de agua blanca que había encontrado tras su experiencia con la Iara y lo contempló en la penumbra.
Sin embargo, su mente no estaba en las leyendas de Manaos ni en las coordenadas de la cumbre.
Sus pensamientos gravitaban, de forma inevitable y perturbadora, alrededor de Tatiana.
Recordó la calidez desesperada de su voz la noche anterior, el gesto impulsivo de buscar su boca en la cueva y, sobre todo, la manera en que la joven lo había mirado tras salvarla de la anaconda.
No había sido la mirada de una estudiante agradecida ni la de una ayudante de campo; era la mirada de una mujer que lo entregaba todo, que buscaba en sus ojos una respuesta que él se negaba a pronunciar.
«¿Está volviéndose importante ella?» , se preguntó Diego en el silencio de la noche, sintiendo un nudo opresivo en el pecho.
Analizó sus propios sentimientos con la frialdad con la que escudriñaba un fósil o una falla tectónica, pero la lógica fallaba.
Tatiana representaba la vida en su estado más puro: la audacia, la pasión sin filtros, el presente ardiente que desafiaba cualquier norma.
Estar cerca de ella encendía en él una chispa de juventud y peligro que creía extinguida hacía mucho tiempo.
Pero luego miraba a Killari, la guardiana de su historia, la mujer que conocía cada una de sus cicatrices desde aquel lejano otoño en el Bow Bridge de Nueva York. Con Killari había un pacto implícito de devoción y tiempo acumulado que no se podía romper sin destruir una parte de sí mismo.
Diego cerró el puño sobre la flor, sintiendo el rocío fresco contra su piel.
La confusión lo invadía. Sabía que la falta de certeza en sus propios sentimientos era un peligro tan mortal como los mercenarios de Raulinho o las fauces del río.
Si dejaba que el afecto por Tatiana nublara su juicio, el equipo caería; si sofocaba lo que empezaba a sentir por ella, quizás perdería la única oportunidad de revivir su propio corazón en mitad de aquella selva implacable.
Guardó la flor de nuevo y contempló el abismo brumoso de la Serranía de la Neblina. La cumbre los esperaba al amanecer, y con ella, las respuestas que ya no podía seguir postergando.