CAPÍTULO 26
El impacto contra el agua no fue una sumersión; fue un choque contra una muralla líquida que le expulsó todo el aire de los pulmones. El río Negro, enfurecido por el torrencial de la montaña, tragó a Ariadna en un torbellino de oscuridad y sedimento.
La corriente la volteó con una violencia ciega, arrastrándola entre ramas sumergidas y rocas invisibles que golpeaban sus costados.
En mitad del caos subterráneo, la mano de Ariadna perdió el contacto con la de Vera.
El pánico estalló en su pecho como una descarga eléctrica.
Luchando con los brazos entumecidos contra el remolino que la impulsaba hacia el fondo, Ariadna emergió a la superficie tragando una mezcla amarga de agua dulce y espuma.
—¡Vera! —gritó, pero el rugido del río ahogó su voz al instante.
A la luz intermitente de los relámpagos, vio a pocos metros el cuerpo de Vera hundiéndose lentamente.
El veneno, sumado al agotamiento físico, impedía que la ingeniera pataleara para mantenerse a flote.
Más allá, la figura de El Culebra emergía una sola vez entre la espuma blanca, braceando de forma desesperada contra una corriente traicionera que lo arrastraba hacia el centro de la garganta del río.
—¡Culebra! —alcanzó a gritar Ariadna.
El guía tuerto levantó un brazo en mitad de la penumbra.
Su rostro, iluminado por un destello lejano, no reflejaba terror, sino la fatalidad del hombre que siempre supo que la selva reclamaría su deuda tarde o temprano.
Un remolino masivo, formado por el choque de dos arroyos en la curva del cañón, lo envolvió en un giro rápido y vertical.
El Culebra se hundió en la negrura líquida y no volvió a emerger.
Ariadna se sumergió desesperada hacia la silueta de Vera.
Sus pulmones ardiendo amenazaban con colapsar.
Logró sujetar el chaleco de su amiga por la espalda, pero el peso combinado de ambas las arrastró de nuevo hacia el fondo.
El río no cedía; era una masa opresiva que las devoraba sin piedad.
De pronto, una fuerza distinta, suave, pero de una potencia descomunal, irrumpió bajo el agua.
Un lomo fusiforme, de una textura firme, sedosa y caliente, se deslizó directamente bajo el torso de Ariadna y el cuerpo inerte de Vera.
La criatura las elevó hacia la superficie con un movimiento fluido y rítmico, rompiendo la fuerza de la corriente secundaria.
Ariadna emergió a la superficie tiritando de frío, apoyada sobre la curvatura rosada del animal.
A la tenue luz de la luna que comenzaba a filtrarse entre las nubes en retirada, sus ojos abrieron de par en par: la criatura que las sostenía sobre la corriente era un boto gigantesco, un delfín rosado del Amazonas de casi tres metros de largo.
El animal emitió un chasquido agudo, un chasquido ultrasónico que resonó en el pecho de Ariadna como un latido ajeno.
Con empujones precisos de su hocico alargado y aletas pectorales, el delfín dirigió los cuerpos de ambas mujeres fuera de la corriente principal, guiándolas hacia una playa de arena blanca y fina acumulada en el recodo interno del río.
Ariadna arrastró el cuerpo de Vera fuera del agua, cayendo de rodillas sobre la arena fría.
La ingeniera tosió convulsamente, expulsando agua por la boca mientras los espasmos del diafragma marcaban el regreso del aire a sus pulmones.
El delfín rosado permaneció en la orilla, con la cabeza parcialmente erguida sobre el agua tranquila del remanso.
Sus pequeños ojos oscuros observaron a Ariadna con una inteligencia serena, casi humana, antes de emitir un último bufido por su espiráculo y sumergirse lentamente en las aguas negras sin dejar apenas una estela.
Ariadna, exhausta, exhausta y con el cuerpo cubierto de contusiones, abrazó a Vera inconsciente contra su pecho mientras contemplaba el punto donde el animal había desaparecido.
En medio de la quietud que siguió a la tormenta, la mente de Ariadna evocó los relatos que El Culebra les había contado junto a la hoguera en su primera noche en el cauce: La leyenda del Boto.
El mito ancestral de las tribus del Amazonas sobre el delfín rosado que, al caer la noche, se transforma en un hombre atractivo para encantar a las mujeres de la ribera o salvar a aquellos viajeros que muestran respeto por los secretos del bosque.
Miró el río embravecido donde El Culebra había sido engullido por la corriente y luego hacia la silueta difusa de la selva.
¿Había sido una simple casualidad biológica de una especie curiosa, la última voluntad del río devolviéndoles la vida que el campamento minero intentó arrebatarles o era el Culebra que se convirtió en un delfín?
Ariadna deslizó la mano hasta el bolsillo sellado de su top: la tarjeta MicroSD con las pruebas del ecocidio de Titan Rex seguía intacta. Habían sobrevivido al bosque esmeralda, pero el río se había cobrado su precio.
Ariadna se llevó de inmediato la mano al pecho, buscando el forro sellado de su top de tirantes. Deslizó los dedos temblorosos en la costura interior y sacó la pequeña tarjeta MicroSD y el teléfono satelital ultracompacto.
El dispositivo estaba manchado de barro, pero el compartimento hermético había resistido el impacto del agua.
Insertó la tarjeta de memoria en el terminal. La pantalla de cristal líquido parpadeó, mostrando el logotipo de encendido, parpadeo y luego se apagó.
—Se descompuso —susurró Ariadna.
Con los dedos rígidos por el frío, guardo el quipo en su mochila; luego busco un lugar elevado para ocultar su mochila ya que si la atrapaban con eso lo iban a desaparecer.
Mira hacia arriba había un entramado de raíces expuestas de un cedro gigante que sobresalía sobre una cornisa de roca, resguardado de las crecidas del agua.
Ariadna trepo con dificultad y escondió la mochila allí, pensaba volver por ella después, trato de marcar puntos de posición mental para ubicarse.
Las imágenes del ecocidio, los rostros de Raulinho y sus mercenarios, las matrículas de los helicópteros de la corporación y los gráficos térmicos del envenenamiento por cianuro habían salido finalmente de las entrañas del Amazonas.
El archivo estaba seguro en el equipo dentro de su mochila, por ahora… .
Un suave motor fuera de borda comenzó a resonar en la distancia del río, pero no era el rugido pesado de las lanchas tácticas de Titan Rex . Era el ronroneo rítmico de una canoa de madera tradicional conducida por pescadores nativos de la reserva.
Ariadna, se puso en pie y contempló el dosel esmeralda que se erguía imponente sobre la niebla matutina. La selva las había puesto al límite de la muerte, pero también las había abrazado en su negrura para salvarlas de la codicia humana.
—Se acabó, Vera —dijo Ariadna, extendiendo la mano para ayudar a levantarse a la ingeniera mientras la canoa de los nativos se aproximaba a la playa—. Esta vez, la selva nos ayudará a deshacernos de ellos.