El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El clic metálico del selector de tiro resonó en el aire húmedo como un trallazo.

El mercenario de Titan Rex , envuelto en un poncho de camuflaje de penetración táctica, mantenía el cañón del fusil de asalto a la altura del pecho de Ariadna.

La luz de la linterna acoplada al arma encandiló a la fotógrafa, obligándola a Entrecerrar los ojos mientras la lluvia helada resbalaba por sus pómulos y su escote.

— ¡Halt! ¡Keine Bewegung! —ordenó el hombre con una voz rasposa, la articulación precisa del alemán chocando contra la sinfonía salvaje del bosque.

El Culebra no vaciló. Con una maniobra aprendida en décadas de supervivencia en el presidio invisible de la frontera, el guía dejó caer el cuerpo flácido de Vera sobre la base de un mangle y se abalanzó por debajo del cono de luz.

La hoja de su cuchillo de caza no buscó el chaleco balístico del soldado, sino la arteria femoral expuesta en el muslo.

Un alarido de dolor puro fue cortado de raíz por el estruendo seco de una ráfaga corta que se perdió en la copa de los árboles.

El mercenario cayó de rodillas, arrastrando a El Culebra sobre la hojarasca arcillosa.

La lucha en el barro fue encarnizada, silente y brutal: el chasquido de huesos dislocados, la respiración ahogada por la arcilla y el sonido sordo del acero penetrando el tejido muscular.

—¡Ariadna... corre! —logró jadear Vera desde el suelo, arrastrándose sobre los codos, impulsada únicamente por una descarga final de adrenalina que pugnaba contra la parálisis muscular del curare.

Ariadna no huyó. Vio la linterna táctica caída sobre la tierra, emitiendo un haz de luz blanca contra las raíces. Agarró una piedra de cuarzo angulosa y, abalanzándose sobre la sombra que sometía a El Culebra, la descargó con toda la fuerza de su cuerpo contra la sien del atacante.

El soldado se desplomó. El Culebra se zafó del cadáver con un bufido, cubierto de lodo y sangre ajena. Tenía un corte sangrante en el hombro, pero su ojo bueno brillaba con la determinación de una fiera acorralada.

—Nos han escuchado en la estación de bombeo —siseó el guía, incorporándose a duras penas—. Las patrullas de Raulinho vienen hacia aquí con perros de rastreo. Hay que ganar el cauce alto antes del amanecer o nos cazan como a tapires.

Ariadna levantó a Vera, pasándose el brazo de la ingeniera por encima del cuello.

El olor a ozono y sangre se mezclaba con la fragancia dulce y nauseabunda de la vegetación nocturna.

Caminaron en una penumbra casi absoluta, guiadas únicamente por el instinto de El Culebra, descendiendo por una hondonada de pendiente casi vertical donde las raíces expuestas amenazaban con romperles los tobillos a cada paso.

A quinientos metros de distancia, el ladrido de los sabuesos de la mina comenzó a rasgar la noche tropical.

—No vamos a llegar a la canoa —dijo Vera, con los labios pegados al oído de Ariadna, sintiendo cómo sus propias fuerzas se extinguían irremediablemente—. Déjame aquí, Ariadna... Toma la tarjeta... Sal tú...

—¡Cállate! No me voy a ir sin ti, ¿me oyes? Salimos juntas de esta maldita selva —reprochó Ariadna con lágrimas de rabia mezclándose con el agua de la tormenta en sus mejillas.

Llegaron al borde de un precipicio de arcilla roja que caía directamente sobre el arroyo del Diablo. Abajo, las aguas marrones y embravecidas por el diluvio rugían contra las rocas dentadas.

De pronto, desde la cima de la colina que acababan de abandonar, varios haces de luz halógena barrieron la vegetación. La voz de Raulinho retumbó a través de un megáfono táctico, amplificada por el eco del cañón.

— ¡Ariadna Ferrer! ¡No hay a dónde ir! El río está crecido y la reserva pertenece a Titan Rex . Entrégueme la memoria MicroSD y les garantizo una salida de emergencia médica hacia Manaos. Si en cambio intentan saltar, el río se encargará de destrozar lo que quede de ustedes.

El Culebra miró hacia atrás, luego hacia el abismo de agua oscura que bullía abajo.

—Raulinho no miente en una cosa —dijo el guía, ajustando la correa de su cuchillo—. Saltar ahí abajo con la corriente desbordada es una ruleta rusa. Pero si nos cogen vivos, lo que nos hagan en ese campamento hará que deseemos haber muerto hoy.

Ariadna miró a Vera. En los ojos verdes de la ingeniera, despojados de todo pánico, solo quedaba una resignación serena. Vera asintió despacio con la cabeza.

Ariadna apretó la tarjeta MicroSD dentro del bolsillo sellado de su top, tomó la mano helada de Vera con la mano izquierda y la mano callosa de El Culebra con la derecha.

—Que la tierra y el rio nos ayuden —murmuró Ariadna.

Un silbido agudo cruzó el aire cuando los francotiradores de Ehrlich abrieron fuego desde el borde del dosel. Las balas de alto calibre impactaron contra los troncos circundantes, astillando la madera en una lluvia de esquirlas mortales.

Ariadna dio un paso al frente hacia el vacío.

Un grito desgarrador, lleno de furia, terror y libertad, brotó de su garganta, siendo silenciado al instante por la inmensidad del dosel y el rugido abrumador del agua.

Los tres cuerpos cayeron en la negrura de la garganta del río Negro, desapareciendo bajo las aguas embravecidas justo cuando una nueva descarga de disparos iluminaba la copa de los árboles como una ráfaga de relámpagos falsos.

Arriba, en el borde del precipicio, Raulinho se asomó con sus prismáticos nocturnos. Contempló el remolino furioso del agua durante varios minutos. No vio flotar nada.

—Desplieguen las redes de contención en el remanso de la desembocadura —ordenó Raulinho por la radio con voz monocorde y desprovista de emoción—.

Si los cuerpos salen a la superficie, asegúrense de que no lleven ningún objeto personal ni soporte de datos.

La selva se ha tragado a dos españolas esta noche. Que así conste en el informe.