El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La humedad de la mañana caía sobre el dosel del igapó como una cortina helada.

Tras el cese repentino de la fiebre y la enigmática recuperación de Diego, el grupo no perdió un solo segundo.

Con el cuerpo aún resentido, pero con una lucidez recuperada que sorprendió a Killari y a Tatiana, el profesor lideró la marcha de regreso al margen donde habían ocultado la mochila de las jóvenes desaparecidas.

Al amparo de un denso entramado de raíces de matapalo, alejados de las patrullas perimetrales de la corporación, Diego colocó la mochila táctica azul sobre una caja de munición seca. Tatiana sacó un juego de destornilladores de precisión y un par de pinzas antiestáticas de su kit de campo.

—Si Ariadna y Vera sabían que las estaban acorralando, no habrían dejado solo la libreta de campo a la vista —dijo Tatiana, con la voz concentrada mientras inspeccionaba las costuras interiores del macuto—.

Los protocolos de expedición de la facultad enseñan a crear compartimentos ciegos en la estructura del espaldar cuando hay riesgo de confiscación.

Killari permanecía unos pasos atrás, con la mirada atenta al bosque, manteniendo la guardia con sus prismáticos de visión nocturna. Aunque la disputa de la noche previa había quedado en suspenso por la urgencia de la misión, la distancia entre ambas mujeres seguía siendo palpablemente fría.

Un ligero chasquido metálico resonó cuando Tatiana desenganchó la varilla de aluminio que daba rigidez a la espalda de la mochila. Del interior del forro termosellado extrajo una pequeña tira de papel sintético e impermeable, doblada en cuatro partes y manchada en un extremo con barro seco.

—Hay algo más aquí —susurró la joven, tendiéndole el papel a Diego.

Diego desplegó la tira con cuidado bajo la sombra de la vegetación. La caligrafía, apresurada y trazada con la punta de un lápiz de grafito duro, pertenecía sin duda a Ariadna:

«15 de octubre. Nos cortaron la retirada hacia la estación de control.

Raulinho sabe que llevamos los duplicados de las lecturas de mercurio.

Vera logró inutilizar el transmisor secundario antes de que nos dividiéramos.

Si leen esto, no busquen el bote en el canal bajo.

Huyeron hacia el norte, siguiendo la vertiente del acuífero superior.

Me dirijo al punto más alto de la Amazonía para intentar emitir en banda corrida hacia la cobertura satelital de la OEA. Buscadme allí. Ariadna.»

—El punto más alto de la Amazonía... —repitió Killari, girándose bruscamente hacia ellos—. El Pico da Neblina. La Serranía de la Neblina, en la frontera misma con Venezuela. Es un macizo aislado de más de tres mil metros, cubierto por selva de montaña y envuelto en bruma casi perpetua.

—Un hito geográfico inexpugnable —asintió Diego, escudriñando la nota con gravedad—.

Si Ariadna logró ganar ventaja y dirigirse hacia el macizo norte, Raulinho no la tiene en el helipuerto de Viacha.

Pero para llegar a la Serranía de la Neblina necesita tiempo, y Raulinho dispone de transporte aéreo.

El helicóptero que está listo en la plataforma de Viacha es la única baza del comando mercenario para interceptarla antes de que logre transmitir a los observadores internacionales.

—Entonces la prioridad cambia —intervino Tatiana, ajustándose el cinturón táctico—. Ya no se trata de una extracción en los barracones subterráneos. Hay que inutilizar esa aeronave o interceptar las coordenadas de vuelo en la consola de la plataforma antes de que despeguen hacia Pico Neblina.

Avanzaron arrastrándose entre los helechos y los bancos de sedimento, bordeando la valla de espino hasta alcanzar la loma que dominaba el helipuerto clandestino del Sector Viacha.

La base era un hervidero de actividad febril.

Bajo el rugido sordo de los generadores auxilares, una docena de hombres armados con fusiles de asalto con camuflaje de jungla cargaban cajas de equipo y contenedores de muestras pesadas en la bodega de un helicóptero de transporte táctico Eurocopter EC725 sin matrícula.

En medio del grupo, supervisando la maniobra con una libreta electrónica en la mano y la funda del arma desenfundada, destacaba la figura imponente de Raulinho.

—Tienen el motor en secuencia de arranque auxiliar —observó Killari desde el matorral, ajustando el foco de las lentes—. Si el rotor empieza a girar, no habrá forma de acercarse sin ser detectados por el resoplido y el ruido.

—Tatiana, necesitas acceder a la caja de relés de la torre de iluminación sur —dijo Diego en voz baja—.

Si cortas el suministro del cuadro principal, los reflectores halógenos se apagarán bruscamente y la plataforma quedará en penumbra total durante noventa segundos.

Killari y yo aprovecharemos para colocar el rastreador en el patín del helicóptero y descargar la ruta de vuelo del terminal de la rampa.

—Entendido —respondió Tatiana, deslizándose como una sombra entre los matorrales hacia la base de la torre.

Apenas dos minutos después, un chispazo azulado reventó en la caja eléctrica del poste, seguido de un chasquido seco.

Los reflectores halógenos que inundaban la plataforma de hormigón se apagaron de golpe, sumiendo el helipuerto en una oscuridad densa, solo rota por la luz tenue de los paneles de a bordo de la aeronave.

Gritos de alerta en portugués resonaron entre los mercenarios mientras cortaban las mangueras de combustible.

Diego y Killari se lanzaron hacia el flanco ciego del transporte.

Con movimientos precisos y ensayados en años de trabajo de campo, Diego se pegó al patín de aterrizaje y adhirió una baliza de seguimiento satelital de frecuencia cerrada en el chasis interior.

Al mismo tiempo, Killari conectó una unidad de memoria a la consola externa de repostaje, copiando en pocos segundos el plan de ruta cargado en el GPS de la aeronave.

—¡Luz de emergencia activada! ¡A cubierto! —gritó la voz ronca de Raulinho desde el centro de la pista.

Un reflector auxiliar montado sobre un vehículo todoterreno comenzó a girar, barriendo la rampa con un haz de luz blanca.

—¡Fuera, ya! —ordenó Diego, empujando a Killari hacia la maleza justo cuando una ráfaga de disparos mecánicos astilló la plataforma de madera a escasos centímetros de sus pies.

Corrieron en zigzag internándose en la espesura del igapó, amparados por el follaje denso y la confusión creada por el apagón.

Detrás de ellos, los silbatos de alerta y el rugido de los motores de los vehículos tácticos confirmaban que el perímetro de Viacha se había convertido en una trampa mortal.

Tres horas más tarde, el grupo se había replegado profundamente en la selva, a más de cuatro kilómetros al norte del Sector Viacha, resguardándose bajo la pared rocosa de una pequeña gruta natural flanqueada por la vegetación.

Jacaré mantenía la vigilancia a doscientos metros, escondido en la copa de un árbol gigante para detectar cualquier sobrevuelo.

El cansancio físico acumulado en las últimas cuarenta y ocho horas pesaba como plomo sobre todos.

Mientras Killari analizaba los datos descargados de la consola junto a una pequeña linterna protegida, Tatiana se acercó a Diego, que se encontraba sentado sobre un tronco caído, limpiando el barro de la empuñadura de su navaja de mano.

La noche se había vuelto extrañamente silenciosa. La brisa traía consigo el olor fresco de la selva profunda, lejos de las emanaciones químicas del acuífero.

Tatiana se sentó a su lado. La luz tenue de las estrellas filtrada entre las hojas dibujaba sombras suaves sobre su rostro. Durante unos minutos, ninguno de los dos habló.

—Estuviste a punto de no contarla anoche, profesor —dijo Tatiana con voz suave, rompiendo el silencio.

Su tono ya no tenía la agresividad de la disputa con Killari, sino una calidez vulnerable que pocas veces mostraba—.

Cuando la fiebre te hizo colapsar en el arroyo...

pensé que te perdíamos en esta maldita selva.

Diego no levantó la mirada de la hoja de metal, pero su gesto se suavizó ligeramente.

—El paludismo es traicionero, Tatiana. Pero la medicación de campo y la atención de ustedes hicieron su trabajo.

—No fue solo la medicación —murmuró la joven geóloga, acercándose un poco más a él, hasta que su hombro rozó el del profesor.

Le miró fijamente a los ojos con una intensidad cargada de una devoción transparente—.

Estuve toda la noche temiendo no poder decirte esto si las cosas salían mal en la plataforma.

No me importa el pasado en Nueva York, ni las sombras que Killari intente proyectar. A mí me importas tú, aquí y ahora.

Antes de que Diego pudiera responder, Tatiana se inclinó suavemente hacia él, cerrando los ojos y ofreciéndole sus labios entreabiertos en la penumbra de la noche amazónica, buscando acortar la distancia que los separaba desde el inicio de la expedición.

Diego permaneció inmóvil durante una fracción de segundo. Luego, levantó la mano despacio y la colocó suavemente sobre el hombro de la joven, deteniendo su avance a escasos centímetros de su rostro.

Tatiana abrió los ojos, descolocada, con un destello de sorpresa y rechazo ardiendo en sus pupilas.

—No, Tatiana —dijo Diego con voz grave, firme y serena, mirándola directamente sin apartar la mano—. No es el momento ni el lugar.

—¿Por qué? —preguntó ella en un susurro entrecortado, intentando mantener la dignidad mientras el orgullo se le quebraba—. ¿Es por ella? ¿Por Killari?

—No se trata de Killari —respondió Diego con rotundidad, manteniendo la compostura de quien ha visto demasiados peligros como para dejarse llevar por el impulso del momento—.

Se trata de la seguridad de este equipo y de la falta de certezas que tenemos en este preciso instante.

Estamos en mitad de una zona de conflicto, perseguidos por un grupo mercenario armado, con dos chicas cuyas vidas dependen de nuestra absoluta concentración.

Si me dejo llevar por la tensión del momento o por la necesidad de afecto en mitad de la crisis, perderé la neutralidad y el juicio táctico que se necesitan para sacarlas de aquí con vida.

Diego hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran en la joven antes de añadir con seriedad:

—Eres una profesional excepcional y una investigadora brillante, Tatiana. Pero no puedo ofrecerte promesas ni gestos impulsivos cuando no hay seguridad alguna sobre lo que nos espera al amanecer. Necesito tu mente en el mapa y en la radio, no en una ilusión nacida del miedo a la muerte en la selva.

Tatiana apretó los labios, sintiendo el rubor de la vergüenza y el peso de las palabras del profesor. Durante un segundo pareció que iba a protestar, pero la frialdad lógica de la argumentación de Diego no dejaba espacio para la réplica.

—Entendido, profesor Montanas —dijo finalmente, tragando saliva y recuperando el tono profesional con una rigidez fingida—. Le pido disculpas por el atrevimiento. No volverá a ocurrir.

Se puso de pie bruscamente, se ajustó la correa del equipo y se retiró hacia el otro extremo de la gruta, sentándose junto a la estación táctica para reiniciar la comprobación de frecuencias.

Desde la entrada de la cueva, Killari observaba la escena en silencio, con la linterna apagada entre sus manos.

Sus ojos oscuros se cruzaron un instante con los de Diego.

No hubo sonrisas de victoria ni reproches implícitos; solo el entendimiento tácito de dos personas que se conocían desde hacía más de dos décadas y sabían que el verdadero desafío aún aguardaba en las alturas heladas y brumosas del Pico da Neblina.