El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La chapa corrugada de la puerta retumbó con un estruendo metálico desgarrador.

Las bisagras superiores saltaron de sus remaches, escupiendo esquirlas de óxido sobre el cemento mojado.

Al otro lado, la silueta gigantesca y deformada de Jauri se recortaba contra los relámpagos de la tormenta.

Vestía un chaleco táctico robado de los almacenes del campamento y sostenía un machete de hoja ancha en la mano derecha, mientras con la izquierda empujaba la hoja de la puerta para abrirse paso.

—¡Se acabó el juego preciosas meninas! —bramó Jauri con la voz distorsionada por el alcohol y una furia bestial—. ¡Raulinho mandó a limpiarlas al río, pero antes de que las disuelva el cianuro, van a pagar por haberme despreciado y haberme mirado como si fuera un insecto!

El hombre irrumpió en el contenedor con un paso pesado.

El olor a cachaça barata y sudor rancio saturó instantáneamente el pequeño espacio.

En sus ojos pequeños y ensangrentados no había rastro de humanidad, solo una mirada lasciva y el deseo de venganza que el ambiente de la mina ilegal había llevado al límite.

Ariadna se colocó instintivamente delante del cuerpo paralizado de Vera, cubriéndola con su propia anatomía.

A pesar del terror visceral que le atenazaba el estómago, se puso en pie sin tambalearse.

Su top de tirantes negro, empapado y manchado de arcilla blanca y roja, dejaba al descubierto sus hombros tensos y la línea firme de su cuello.

Sostenía en la mano derecha un trozo de bisagra metálica afilada que había arrancado del marco de la puerta.

—Da un paso más y te clavo esto en la yugular, bastardo —siseó Ariadna, con la mirada encendida en un odio puro.

Jauri soltó una carcajada grotesca. Evaluó la figura de Ariadna con una lentitud repugnante, disfrutando del espectáculo de belleza vulnerable de ambas mujeres desarmadas en mitad de la nada.

—Eres dura, periodista. Me va a gustar quitarte esa chulería a golpes —dijo, levantando el machete mientras avanzaba hacia ella.

Vera, desde el suelo, intentó emitir un grito de advertencia, pero el veneno de la cerbatana sofocaba sus cuerdas vocales, reduciendo su voz a un silbido exánime.

Jauri alzó el brazo para descargar un golpe con el lomo del machete en el rostro de Ariadna. La fotógrafa se preparó para el impacto, tensando el cuerpo para ofrecer resistencia a la descarga.

Pero el golpe nunca llegó.

De la negrura absoluta de la noche, una sombra emergió tras la espalda de Jauri con la velocidad de un felino salvaje.

Una mano oscura y huesuda, con los nudillos deformados por años de trabajo en el río, le rodeó el cuello desde atrás en un agarre de estrangulamiento implacable, mientras un destello de acero cruzaba el aire sofocante del habitáculo.

Un sonido sordo, húmedo y desgarrador resonó dentro del contenedor. Slik.

El machete de Jauri cayó al suelo de cemento con un chasquido metálico.

El hombre gigante se congeló en el sitio; sus ojos desorbitados se llenaron de un brillo de incredulidad absoluta mientras una cascada de sangre caliente y oscura brotaba a chorros de su garganta, salpicando las paredes de chapa y las mallas tácticas de Ariadna.

Tras él, con el rostro iluminado por el resplandor blanco de un relámpago, estaba El Culebra.

El guía tuerto no llevaba su habitual sonrisa socarrona. Manteniéndose pegado a la espalda de su cuñado, hundió aún más la hoja de su propio cuchillo de caza en la base del cráneo de Jauri, girándola con una frialdad veterinaria antes de arrancar el acero con un tirón seco.

Jauri se desplomó de rodillas sobre el lodo del umbral, gorgoteando una mezcla de aire y sangre, antes de caer de cara contra el suelo para no volver a moverse.

Ariadna dio un paso atrás, sofocada por la escena, con el corazón martilleándole el pecho a un ritmo desbocado. Retrocedió hasta tocar la pared, apretando la bisagra metálica contra sus nudillos ensangrentados.

—¿Por... por qué has hecho esto? —alcanzó a articular Ariadna, intentando descifrar las intenciones del guía.

El Culebra limpió la hoja del cuchillo en los pantalones del cadáver de Jauri antes de guardarlo en su funda de cuero. Se ajustó el sombrero de paja mojado y miró a las dos españolas.

—Jauri era un monstruo —dijo El Culebra con una voz rasposa pero sorprendentemente serena—.

Acepté llevarlas por el dinero de los dólares, no para ayudar a los alemanes a masacrar mujeres.

Ehrlich y sus hombres planean quemar el campamento y tirarlas a los rápidos antes del amanecer.

Si se quedan aquí diez minutos más, las dos están muertas.

Se acercó a Vera, ignorando los gestos defensivos de Ariadna, y levantó a la ingeniera rubia en vilo con una facilidad asombrosa. Vera soltó un gemido de dolor cuando la circulación regresó de golpe a sus piernas adormecidas, pero la firmeza del guía le impidió caer.

—El veneno del dardo es curare de baja concentración —explicó El Culebra mientras cargaba a Vera sobre sus hombros como un saco de provisiones—.

En doce horas se le pasará el efecto si el corazón no se le detiene antes.

Pero no podemos usar el canal principal.

La patrulla de la minera tiene tres lanchas rastreando la desembocadura.

—¿Dónde está nuestra canoa? —preguntó Ariadna, recogiendo apresuradamente el teléfono satelital del suelo y cargándose la mochila de campo al hombro.

—Escondida entre las raíces del arroyo seco —respondió El Culebra, indicándole con la cabeza que saliera primero al exterior—. Hay que cruzar la cuenca alta a pie antes de que la patrulla de Ehrlich descubra el cuerpo de este idiota. Si nos cogen, nos van a despellejar a los tres.

Salieron del contenedor bajo el látigo furioso de la lluvia tropical.

La tormenta había convertido el campamento en un infierno de lodo y corrientes de agua roja.

El Culebra avanzaba al frente con pasos largos y calculados, sorteando los focos de las torres de iluminación con una agilidad casi mística en medio de la penumbra.

Ariadna lo seguía muy de cerca, sintiendo la carne viva de sus muñecas arder al contacto con el agua ácida del diluvio.

A pesar de la salvación momentánea que representaba El Culebra, una sombra de duda seguía royéndole el pensamiento: en esa selva, donde la codicia había borrado toda frontera moral, las motivaciones del guía podían cambiar con el valor de un fajo de billetes o el peso de una amenaza.

Al llegar al límite de la fronda densa, El Culebra se detuvo en seco bajo un árbol de caucho gigantesco.

A escasos cincuenta metros por delante, entre los helechos salvajes, el haz de luz de dos linternas tácticas barrió el terreno en su dirección. Se escucharon voces masculinas hablando en alemán a través de radios de alta frecuencia.

—Nos tienen cortado el paso hacia el barco —susurró Ariadna, apretando los dientes.

El Culebra bajó a Vera con cuidado, apoyándola contra el tronco del árbol, y sacó del bolsillo de su chaleco una pequeña lata de latón que desprendía un olor acre.

—No nos están buscando a nosotros —dijo El Culebra, mirando hacia la penumbra con el ojo que le quedaba—. Están buscando las tarjetas de memoria que tú tenías. Raulinho sabe que, si esas imágenes se publican en la prensa en Europa, la corporación se destruye en un día.

Antes de que Ariadna pudiera responder, un crujido seco de vegetación resonó a sus espaldas. Una sombra alta vestida con ropa de camuflaje emergió de la maleza a menos de tres metros de distancia, apuntándoles directamente al pecho con un fusil de asalto.

Un clic metálico sonó en la negrura de la selva