El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La densa humedad del lecho del Arroyo del Diablo parecía haberse condensado en el cuerpo de Diego.

Apenas una hora después de haber asegurado la mochila con las pruebas clave de Ariadna y Vera, el ritmo constante y metódico de sus pasos comenzó a flaquear.

El temblor empezó en las manos, sutil al principio, pero en cuestión de minutos una sacudida violenta le recorrió la espina dorsal, extendiéndose en un frío ártico que ningún sudor tropical podía aplacar.

—Diego... estás ardiendo y tiritando al mismo tiempo —murmuró Killari, deteniéndose bruscamente al notar que el geólogo se apoyaba con pesadez contra la corteza rugosa de un árbol de caucho. Le colocó la palma de la mano en la frente; la piel de Diego quemaba, bañada en una transpiración gélida.

—Parece que es paludismo —dijo Tatiana, acercándose de inmediato y sacando de su linterna la luz blanca para examinar las pupilas de su profesor—. Malaria violenta por Plasmodium falciparum . Las picaduras del tramo alto del río…. el periodo de incubación ha estallado justo ahora.

Diego intentó dar un paso más, pero las piernas le fallaron por completo.

La selva a su alrededor comenzó a girar en un torbellino de sombras verdosas y destellos distorsionados.

Jacaré y Killari lo sostuvieron antes de que colapsara sobre la arcilla contaminada.

Obligados a aplazar la infiltración inmediata en el helipuerto de Viacha, el grupo se vio forzado a replegarse hacia una choza de madera abandonada por antiguos seringueiros , oculta en la franja más tupida del igapó, a escasos cientos de metros del río.

Dentro de la choza, iluminada únicamente por la penumbra dorada de un farol de aceite moribundo, la atmósfera se volvió sofocante. Mientras Jacaré salía a mantener la guardia sobre el canal secundario, el espacio reducido de la cabaña se transformó en un cuadrilátero de tensiones acumuladas.

Diego yacía sobre una yacija de yute, sacudido por espasmos de fiebre, balbuceando incoherencias sobre estratos geológicos, sedimentos de mercurio y el puente de Nueva York.

—Déjame a mí la compresa fría, Killari —exigió Tatiana, intentando arrebatarle el paño húmedo a la antropóloga—. Yo estudié primeros auxilios en la universidad. Sé cómo controlar la fiebre para evitar que entre en un delirio.

Killari no cedió ni un milímetro. Apartó la mano de la joven con una frialdad implacable, manteniendo la compresa sobre la frente sudorosa de Diego.

—Guarde su teoría para los exámenes de la facultad, señorita Steeler —respondió Killari en un susurro veneno e intenso—.

Yo he visto el paludismo cobrarse vidas en los Andes y en la Amazonía antes de que usted supiera leer el abecedario.

Diego no necesita sus maniobras torpes de académica novata; necesita a alguien que conozca la resistencia de su cuerpo y sepa velar su aliento sin perder la cabeza por caprichos juveniles.

—¿Caprichos? —Tatiana apretó los puños, con los ojos ardiendo de despecho y celos puros bajo la luz del farol—.

¡Usted solo quiere acapararlo para sentirse dueña de su historia!

No soporta que él haya contado conmigo para esta misión, no soporta que en el presente sea yo quien comparte el peligro codo a codo con él. Déjeme cuidarlo esta noche.

—Usted es solo una distracción temporal en la vida de Diego —sentenció Killari, cruzándose de brazos y colocándose firmemente entre Tatiana y el profesor medio inconsciente—.

Si de verdad le importa que sobreviva para rescatar a esas chicas, siéntese en esa esquina, limpie las radios y deje que la mujer que ha estado a su lado durante dos décadas se ocupe de mantenerlo con vida.

—¡No me ordene lo que tengo que hacer! —siseó Tatiana, dando un paso al frente y encarando a la antropóloga a escasos centímetros de su rostro—. No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo lo monopoliza con sus recuerdos de Central Park. Él también es mi responsabilidad.

La disputa entre ambas, alimentada por el cansancio, la paranoia de la selva y el amor no declarado hacia el mismo hombre, amenazaba con estallar en violencia física, cuando un gemido profundo de Diego y el aumento descontrolado de sus temblores las obligó a detenerse.

Su temperatura escalaba de forma peligrosa; el delirium de la malaria había alcanzado su punto culminante.

En la mente de Diego, el muro de madera de la choza y las voces alteradas de Killari y Tatiana se disolvieron por completo.

De pronto, no había fiebre ni dolor. Se encontraba caminando solo por las orillas del río Negro, sumergido en una penumbra mágica donde el agua parecía un espejo de azabache líquido bajo la luna llena.

El murmullo de la corriente ya no era un sonido de agua, sino una melodía hipnótica, una voz femenina de una dulzura sobrehumana que lo llamaba por su nombre desde las profundidades del acuífero.

Entre los lirios de agua y los reflejos plateados, emergió una figura.

Era una mujer de una belleza intensamente arrebatadora e irreal.

Poseía una melena oscura tan larga que flotaba sobre la superficie del río como seda viva, ojos verdes e hipnóticos que resplandecían con la luz del abismo, y una piel morena y tersa que parecía emitir su propia fosforescencia.

Era la Iara , la madre de las aguas, el espíritu legendario del Amazonas.

La Iara avanzó hacia él sin rozar la tierra. Extendió sus brazos, adornados con brazaletes de escamas doradas y perlas de río. Su presencia infundía una paz sedante que acallaba de golpe todo el veneno que ardía en la sangre de Diego.

— Ven a las profundidades, Diego... —susurró la entidad, con una voz que resonaba no en sus oídos, sino en lo más profundo de sus huesos—.

Descansa de la ambición de los hombres, del fuego de las corporaciones y de las pasiones que desgarran tu alma en la superficie.

En mi reino no hay fiebre, no hay tiempo, no hay culpa...

Diego, fascinado y desprovisto de toda voluntad de resistencia, dio un paso hacia el agua helada.

La Iara rozó su rostro con unos dedos fríos como el rocío del amanecer.

En ese contacto, Diego sintió cómo el calor sofocante de la enfermedad comenzaba a extraerse de su cuerpo, fluyendo hacia los labios de la criatura mientras ella sonreía con una fascinación mágica.

— Quédate conmigo bajo el espejo negro... —murmuró ella, inclinándose para sellar su aliento con un beso de agua y penumbra.

Sin embargo, justo cuando el agua le cubría las rodillas y el abrazo de la sirena amazónica amenazaba con arrastrarlo para siempre, el eco lejano de dos voces humanas —una grave y serena, la otra firme y apasionada— resonó desde la orilla lejana, llamándolo de regreso.

La Iara miró hacia la sombra de los árboles, sonrió con melancolía y le acarició la mejilla una última vez antes de sumergirse en la corriente, dejando tras de sí un rastro de flores flotantes y destellos dorados.

Diego abrió los ojos de golpe.

El sol matutino se filtraba por las rendijas de la cabaña de madera, cortando la penumbra con haces de luz dorada.

El sudor que lo cubría ya no era gélido ni febril, sino el sudor limpio de una fiebre que había cedido por completo.

El ardor de la malaria había desaparecido, dejando en su lugar una extraña vitalidad y una claridad mental absoluta.

A su izquierda, recostada contra la pared de madera con una compresa seca en la mano y el rostro marcado por el cansancio de la vigilia, dormía Killari.

A su derecha, acurrucada en el suelo sobre su chaqueta técnica, descansaba Tatiana, con el terminal táctico aún sujeto entre sus dedos.

Ambas habían velado su sueño toda la noche, exhaustas tras la amarga contienda por su cuidado.

Diego se incorporó lentamente. Al mover la mano hacia el borde de la yacija, sintió algo húmedo sobre las hojas secas.

Se agachó y recogió un pequeño lirio de agua blanca fresca, impecable, que emanaba un perfume dulce y desconocido, acompañado de una sola gota de agua fluvial que brillaba bajo el rayo de sol.

Diego observó la flor en la palma de su mano y luego miró hacia el río Negro que discurría a pocos metros de la choza.

Una brisa fresca entró por la ventana, trayendo consigo el eco casi imperceptible de un canto en la distancia.

El profesor cerró la mano sobre el lirio, guardándolo en el bolsillo interior de su chaqueta sin pronunciar una sola palabra, inseguro de si la Iara había sido la alucinación salvadora de su cerebro febril o una fuerza ancestral que lo había devuelto a la vida para terminar su misión.

—¿Diego...? —murmuró Killari, despertando al sentir el movimiento y poniéndose de pie de inmediato.

—Profesor... está recuperándose —exclamó Tatiana, abriendo los ojos de golpe y erguida en un segundo.

Diego las miró a ambas con expresión serena pero categórica.

—La fiebre pasó —dijo Diego, ajustándose el equipo y mirando hacia la dirección del helipuerto de Viacha—. Raulinho nos lleva ventaja, pero el río nos ha dado una segunda oportunidad. Preparen las armas y la estación táctica. Vamos por Ariadna y Vera.