CAPÍTULO 20
El barro tóxico del Sector Viacha parecía absorber la poca luz que la vegetación dejaba filtrar.
Tras sortear el perímetro exterior iluminado por los reflectores de la estación hidrográfica clandestina, el aire se volvió aún más pesado, impregnado de una sofocante mezcla de descomposición vegetal y emanaciones químicas.
Diego Montana se detuvo junto al tronco inclinado de un matapalo centenario, alzando la mano para ordenar un alto total.
Detrás de él, Killari y Tatiana se agazaparon de inmediato entre el follaje espinoso.
—Hacia el suroeste el cauce se estrecha —susurró Diego, bajando la vista hacia la carta topográfica protegida con plástico—.
El inspector Santos dejó una anotación manuscrita al margen del mapa: «Canal Secundario - Arroyo del Diablo» .
Si Raulinho y sus hombres mantuvieron a las chicas bajo custodia antes de la orden de limpieza, este es el único brazo de agua lo suficientemente aislado como para ocultar un campamento temporal sin arriesgar las operaciones pesadas del acuífero.
—Las coordenadas de los sensores térmicos que procesé antes de que cortaran las emisiones cuadraban exactamente con este meandro —añadió Tatiana con voz ahogada, acomodándose la correa de la estación táctica en el hombro.
Aunque el cansancio y el roce tenso con la antropóloga la habían dejado exhausta, sus ojos reflejaban la terquedad intacta de quien no piensa ceder un solo paso en la búsqueda—.
Si las trasladaron a pie, tuvieron que seguir la corriente del arroyo.
Es la única vía de escape si el cauce principal del río Negro estaba vigilado por la capitanía.
Killari ajustó la correa de sus prismáticos nocturnos y examinó el contorno del terreno. Sus rasgos andinos, esculpidos por la serenidad y la severidad de sus estudios de campo, no delataban la fatiga.
—El nombre no es casualidad —murmuró la antropóloga, fijando la mirada en el lecho de rocas oscuras y resbaladizas que se abría paso entre los árboles sumergidos—.
En los mapas antiguos de los caucheros, el Arroyo del Diablo era temido no por las corrientes, sino por la acumulación de metales pesados y las hondonadas traicioneras.
Si Raulinho las trajo hasta aquí, sabía que la selva misma trabajaba como su primera línea de contención.
—Avanzaremos en fila india —decretó Diego, extrayendo su linterna táctica con filtro de luz roja para minimizar cualquier destello visible a la distancia—.
Mantengan la distancia de seguridad y observen los árboles.
Un grupo mercenario en retirada no deja un perímetro sin trampas ni hilos de tropiezo.
Iniciaron el descenso hacia el lecho del arroyo.
Cada paso sobre el lodo era una batalla silenciosa contra la succión de la tierra.
A medida que se adentraban en la garganta del Arroyo del Diablo, el lecho del canal se reducía a un corredor cenagoso flanqueado por paredes de roca negra recubiertos de musgo.
El agua, densa y de un matiz cobrizo casi irreal, discurría sin producir el menor murmullo, acentuando la atmósfera claustrofóbica de la noche.
Tras veinte minutos de marcha extenuante, esquivando raíces sumergidas y troncos caídos que obligaban a rodear los tramos más profundos, Diego se detuvo bruscamente. Su pie derecho acababa de rozar algo rígido y cilíndrico sepultado a medias en la arcilla.
Se arrodilló sobre el cieno. Con cuidado de no alterar posibles huellas, apartó la capa superficial de hojas húmedas y putrefactas.
A la luz tenue del filtro rojo emergieron los restos de un bidón de plástico industrial de cincuenta litros, perforado y con las siglas de Titan Rex moldeados en el costado.
A su lado, diseminados entre las piedras, había casquillos percutidos de calibre 9 mm y varias tiras de plástico de ajuste táctico, cortadas limpiamente con hoja de combate.
—Hubo una detención o un tiroteo aquí —dijo Diego, pasando las yemas de sus dedos enguantados sobre la muesca de un casquillo—. No son de los campesinos ni de los guías locales. Estas tiras son bridas de inmovilización estándar usadas por las firmas de seguridad privada.
Killari se acercó lentamente, agachándose al lado de Diego. Inspeccionó el terreno circundante con la minucia de una arqueóloga forense acostumbrada a interpretar los vestigios del dolor en la tierra.
—El barro está pisoteado con botas de suela militar pesada —señaló Killari, trazando el contorno de una huella desdibujada por la humedad—.
Pero mira aquí, Diego. Hay huellas más pequeñas, descalzas o con calzado blando de lona, empujadas hacia el margen izquierdo del arroyo. Intentaron correr hacia el matorral.
—¡Diego! ¡Doctora! Miren allá arriba —interrumpió Tatiana desde la orilla opuesta, señalando hacia un entramado de raíces expuestas de un cedro gigante que sobresalía sobre una cornisa de roca, resguardado de las crecidas del agua.
Diego y Killari treparon la pendiente resbaladiza de la cornisa.
Tatiana ya estaba arrodillada junto a la cavidad natural que formaban las raíces del árbol.
Allí, a resguardo de la lluvia y de la humedad directa del suelo, descansaba un bulto semioculto entre helechos secos y ramas cortadas a prisa.
Diego extendió el brazo y arrastró el objeto hacia la luz de la linterna.
Se trataba de una mochila táctica de montaña de color azul oscuro y gris, de marca profesional, sorprendentemente bien conservada y casi intacta a pesar de las condiciones hostiles del clima amazónico.
La lona de cordura repelente al agua había protegido su contenido de las filtraciones.
—Es de las chicas —dijo Tatiana, con la voz entrecortada y los ojos iluminados por una mezcla de alivio y angustia—. Es el equipo de expedición de campo que las fundaciones ambientalistas distribuyen a los investigadores en proyectos internacionales.
Diego abrió la cremallera principal con cautela, mientras Killari sostenía la linterna para inspeccionar el interior.
El contenido reveló de inmediato la identidad de sus propietarias y la dimensión exacta del peligro al que se habían enfrentado Ariadna y Vera antes de desaparecer en el entramado del río Negro.
En el primer compartimento superior encontraron una libreta de notas de campo con tapas impermeables.
Al abrirla, la caligrafía firme de Ariadna llenaba las páginas con fechas, coordenadas y diagramas detallados del flujo de agua en los alrededores de las balsas de decantación.
Diego pasó varias hojas hasta dar con las últimas anotaciones, fechadas:
«26 de febrero. El nivel de concentración de mercurio en el brazo secundario supera en un trescientos por ciento el límite tolerable.
No son filtraciones accidentales; hay tubos de descarga directa desde la planta de decantación pesada.
Vera tomó muestras del sedimento profundo.
Hoy vimos por primera vez las patrullas armadas de Titan Rex no llevan insignias oficiales.
Nos están siguiendo desde la estación de control.
Si interceptan nuestro bote, dejaremos este paquete escondido en el arroyo... »
—Tenían pleno conocimiento de la red de contaminación —dijo Killari, leyendo sobre el hombro de Diego con expresión sombría —.
Estaban documentando el crimen ambiental paso a paso.
Por eso la corporación ordenó desplegar a la unidad de Raulinho.
No se trataba de una simple intrusión en propiedad privada; Ariadna y Vera tenían las pruebas necesarias para paralizar las concesiones internacionales de Titan Rex en la Amazonía.
Tatiana continuó examinando el interior de la mochila, sacando una funda hermética de silicona transparente.
Dentro había dos pasaportes originales —uno a nombre de Ariadna Ferrer Serna y otro de Vera Blanco Ramos—, dos tarjetas de identificación universitaria, un juego de llaves con un llavero de artesanía local y un estuche compacto con medicamentos personales.
—Están intactos —exclamó Tatiana, mostrando los pasaportes a Diego—.
Si Raulinho las hubiera matado en este punto, se habrían deshecho de sus pertenencias o las habrían quemado para borrar la evidencia.
El hecho de que la mochila fuera escondida deliberadamente bajo las raíces demuestra que una de ellas tuvo el tiempo y la lucidez suficiente para ocultarla antes de ser capturadas.
—O que lograron zafarse temporalmente de sus captores y usaron este arroyo como ruta de escape antes de que el perímetro de la base se cerrara sobre ellas —añadió Diego, guardando los pasaportes y la libreta en su propio macuto impermeabilizado.
Killari examinó la parte inferior de la mochila, donde descubrió un pequeño estuche de tela técnica que contenía una tarjeta de memoria MicroSD envuelta en papel de aluminio, junto con un medidor de pH digital cuyo sensor aún conservaba restos de sedimento seco.
—Dejaron las muestras físicas y los archivos digitales más críticos guardados aquí —observó Killari, sosteniendo la tarjeta de memoria en la palma de su mano—.
Sabían que, si las atrapaban, la corporación destruiría cualquier dispositivo que llevaran encima.
Esta mochila es la póliza de seguro que la junta de Fráncfort quería hacer desaparecer a toda costa.
De pronto, un crujido metálico retumbó en la lejanía, seguido por la vibración grave de un motor de combustión pesada que comenzaba a ponerse en marcha a menos de medio kilómetro, en dirección al centro del Sector Viacha.
El eco repercutió a lo largo de las paredes de piedra del Arroyo del Diablo, espantando a una bandada de aves nocturnas que remontó el vuelo en la espesura.
Diego se puso de pie en acto reflejo, asegurando la mochila recuperada en su espalda y ajustando el cierre de su chaqueta.
—El generador secundario está encendido y el helipuerto está operativo —dijo Diego con gravedad, escudriñando la línea de copas de árboles iluminada a lo lejos por un resplandor amarillento—.
Raulinho está iniciando la fase final de aniquilamiento.
Si las chicas están vivas y prisioneras dentro del complejo de contención de Viacha, las subirán a ese transporte antes de que su ausencia se vuelva preocupante.
Tatiana apretó los puños, mirando la tarjeta de memoria que Killari guardaba en su bolsillo. La rivalidad y el rencor de las horas previas parecieron disolverse instantáneamente ante la inminencia del desenlace.
—No vamos a permitir que las desvivan —afirmó la joven geóloga, fijando la vista en Diego.
—No lo haremos —respondió Diego, cuya mirada reflejaba la determinación helada del investigador que finalmente tiene todas las piezas del rompecabezas en su lugar—. Tenemos las pruebas de la contaminación y la evidencia de su presencia aquí. Ahora solo queda extraerlas con vida. Movámonos.
Bordeando la pared de rocas del Arroyo del Diablo, los tres se lanzaron hacia el corazón del Sector Viacha, listos para enfrentar la prueba definitiva contra las fuerzas de Titan Rex .