El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El ronquido del motor diésel rompió el aire espeso de Sao Raimundo, levantando una estela de agua sombría mientras la lancha de aluminio cortaba las corrientes oscuras del río Negro.

Atrás quedaban los destellos lejanos de Manaos y la majestuosidad decadente del Teatro Amazonas; frente a ellos, solo se extendía la inmensidad ciega y sofocante de la selva tropical.

En la cubierta, el silencio no hacía más que amplificar la tensión suspendida entre las dos mujeres.

Tatiana permanecía de pie junto al timón, apretando la empuñadura de metal con las articulaciones blancas.

Sus ojos fijos en el cauce no lograban disimular el latido acelerado en su corazón ni el ardor que aún sentía tras la revelación sobre el puente Bow Bridge.

A pocos metros, Killari observaba fijamente las aguas negras desde la proa, envuelta en la serenidad impasible de quien sabe que ha asestado un golpe certero al orgullo de su rival.

Diego se acomodó en el centro de la embarcación, extendiendo la carta geológica que le había entregado el inspector Santos sobre una caja de botellas. Encendió una pequeña linterna de luz roja táctica para no delatar la posición de la lancha a la distancia.

—Escuchen con atención —dijo Diego, rompiendo el silencio del grupo con un tono firme que obligó a ambas a volverse hacia él—.

El Sector Viacha no es solo un puesto de control clandestino.

El inspector Santos confirmó que opera como punto de decantación pesada de mercurio para Titan Rex Si no actuamos rápido, Raulinho limpiará el lugar antes de alguien vaya a fotografiar e investigar la zona.

Tatiana bajó la mirada hacia el mapa iluminado por la luz tenue. La línea trazada por el inspector bordeaba un brazo secundario del río, flanqueado por densos bancos de sedimento e hileras de vegetación infranqueable.

—Las lecturas térmicas que procesé cuadraban con esa bahía —admitió Tatiana, forzando un tono profesional para ocultar la agitación de su voz—.

Pero si el canal principal está vigilado y las frecuencias de radio interceptadas, llegar por agua hasta el perímetro de amortiguamiento nos convertirá en objetivos fáciles.

—No vamos a entrar por el canal principal —intervino Jacaré desde la popa, manipulando la palanca del motor con destreza de baquiano—.

Hay un caño secundario que los garimpeiros usaban hace años.

Está cubierto por un techo denso de igapó.

Es lento y traicionero, pero nos dejará a menos de un kilómetro de las balsas de decantación sin pasar por sus radares fluviales.

Killari dio unos pasos hacia la mesa improvisada y miró el expediente tachado.

—¿Y qué hay de Raulinho? —preguntó la antropóloga, clavando sus ojos en Diego—. Un jefe de mercenarios no desplegará un perímetro convencional. Si sabe que lo estamos investigando es posible, no dudará en eliminar cualquier indicio de la contaminación o de las chicas que buscamos.

—Por eso debemos movernos en absoluto silencio —respondió Diego guardando la carta en la chaqueta—.

Jacaré apagará el motor un kilómetro antes de las coordenadas de Viacha.

Continuaremos a remo bajo la vegetación sumergida.

Si la capitanía y los repetidores están intervenidos, nuestra única ventaja es que ellos no saben cuándo llegaremos.

Tatiana ajustó el dial de la estación táctica, desconectando el módulo de transmisión para dejar la radio en modo de recepción pasiva.

Al erguirse, sus ojos se cruzaron por un instante con los de Killari.

Ninguna de las dos dijo una palabra, pero la tensión del conflicto entre ambas y el pasado guardado en Nueva York y la urgencia del presente en la Amazonía permanecía intacta, flotando como una sombra paralela a la amenaza que los aguardaba en la penumbra del río.

El bote se adentró en la espesura del caño secundario, donde las copas de los árboles gigantescos se cerraron sobre sus cabezas, sepultando la lancha en una oscuridad casi absoluta.

El chapoteo de los remos cortando el agua estancada del caño secundario era el único sonido que competía con el murmullo incesante de la noche amazónica.

Bajo la bóveda Infranqueable del igapó, las ramas sumergidas y las raíces aéreas emergían de las aguas negras como garras petrificadas.

La oscuridad era tan densa que Diego solo podía guiarse por el destello tenue de las estrellas.

A bordo de la lancha de aluminio, reducida a un desplazamiento espectral sin el rugido del motor diésel, la tensión acumulada entre Tatiana y Killari no había cedido; al contrario, se había transformado en una cautela vigilante.

Tatiana, apostada en la proa con un remo en mano, hundía la madera con una fuerza contenida, canalizando el despecho que la corroía desde la confesión del puente Bow Bridge.

Cada palada era un intento implícito de demostrar su valía frente a Diego, de dejar en claro que el presente exigía coraje y no simples recuerdos de un otoño en Nueva York.

Killari, sentada en la bancada central, mantenía los prismáticos de visión nocturna pegados a sus ojos, escudriñando la maleza impenetrable.

A pesar del golpe que le había propinado a la joven estudiante en Sao Raimundo, la antropóloga no permitía que la nostalgia nublara su sentido del peligro.

Conocía el peso de la violencia en aquellas fronteras y sabía que la corporación Titan Rex no dejaría rastros de su paso.

—Diego —susurró Killari, interrumpiendo el flujo rítmico de los remos—. Hay un cambio en la vegetación a cincuenta metros. El igapó se despeja y el sedimento del fondo cambia de tonalidad.

Diego indicó a Jacaré que aminorara la marcha. Se desplazó hacia la proa junto a Tatiana, sintiendo el aire volverse perceptiblemente más denso, cargado de un olor metálico y picante que irritaba la garganta.

—Mercurio —murmuró Tatiana, frunciendo el ceño y cubriéndose la nariz con la manga de su camisa—. Es el efluente químico de las balsas de decantación. Las lecturas de laboratorio no mentían: el agua está saturada.

—Llegamos al límite del Sector Viacha —asintió el conductor, escudriñando la orilla a través del visor nocturno—. Jacaré, amarra la lancha entre esas raíces tubulares. A partir de aquí seguiremos a pie por el margen del acuífero.

El baquiano aseguró la embarcación con soltura de cazador veterano, quedándose a cargo de la nave y de la cobertura en la retaguardia.

Diego, Killari y Tatiana desembarcaron sobre el barro arcilloso, sintiendo cómo el lodo intentaba succionar sus botas con cada paso.

La selva nativa comenzaba a dar paso a una brecha despejada artificialmente, cercada por alambres de espino y torres de madera improvisadas que se alzaban sobre la penumbra.

A escasos trescientos metros, a través de la franja de amortiguamiento, se divisaban las luces amarillentas de la estación hidrográfica clandestina.

Un complejo de barracones de chapa, tuberías industriales gruesas que bombeaban lodo directamente al río y dos balsas flotantes iluminadas por reflectores halógenos.

En el centro del perímetro, aparcado sobre una plataforma de grava, destacaba un helicóptero de transporte táctico sin matrícula.

—Ahí están las operaciones de la filial técnica —dijo Diego con voz baja, apostado tras un matorral denso junto a las dos mujeres—. Raulinho está procesando todo el mineral. Quieren vaciar los tanques y borrar las evidencias de la fosa de sedimentos contaminando los ríos del Amazonas.

Tatiana sacó un pequeño terminal de campo para revisar las frecuencias en modo pasivo. De pronto, la pantalla parpadeó rápidamente, mostrando una ráfaga de datos cifrados que cruzaban el espectro local.

—Tienen un repetidor de señal activo en la torre este —dijo Tatiana, conteniendo el aliento—. Pero no solo están emitiendo... están rastreando la zona con sensores de movimiento perimetrales. Si damos diez pasos más, activaremos las alarmas de la guardia.

—No si cortamos el flujo de alimentación de la torre —replicó Killari, señalando con el dedo hacia un generador diésel auxiliar situado fuera de la valla técnica, a medio camino entre su posición y las balsas—.

Si el generador falla, las cámaras térmicas y las alarmas tácticas se reiniciarán durante tres minutos.

Será nuestro único margen para infiltrarnos en los barracones de contención y comprobar si las jóvenes siguen con vida.

Diego miró alternativamente a la antropóloga y a la futura geóloga.

En la mirada de Killari veía la precisión analítica y la templanza de los años compartidos; en los ojos de Tatiana, el fuego de la audacia y la determinación por no quedarse atrás.

Ambas, a su manera, eran indispensables para culminar la misión antes de que el comando de mercenarios de Raulinho borrara del mapa el Sector Viacha.

—Bien —decidió Diego, ajustando la empuñadura de su arma—.

Tatiana, te encargarás de neutralizar el cuadro eléctrico del generador con la interfaz del terminal.

Killari, vendrás conmigo hacia el módulo de seguridad para localizar los registros de los prisioneros.

Movámonos antes de que cambien la guardia de los reflectores.

Desplazándose en silencio por el lodo infestado de tóxicos, los tres se internaron en las entrañas de la base clandestina, sabiendo que cada segundo los acercaba indefectiblemente al cruce de caminos con Raulinho.