El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La penumbra del entrepiso del Teatro Amazonas parecía amortiguar hasta el último sonido del mundo exterior. En mitad del terciopelo rojo y los dorados desgastados del palco, la figura del hombre de civil permanecía inmóvil, observando el inmenso escenario vacío bajo el fresco del techo.

Diego avanzó con paso sigiloso, deteniéndose a dos metros de distancia. Su mano derecha descansaba de forma natural cerca del borde inferior de su chaqueta.

—Llega a tiempo, profesor Montana —dijo el hombre sin girarse. Su voz era grave, gastada por el tabaco, y hablaba un español fluido con un marcado acento norteño—. No muchos se atreven a caminar por Manaos cuando la gente de Titan Rex le ha puesto precio a su sombra.

—Si acepté venir solo a este teatro, no fue para perder el tiempo con rodeos —respondió Diego con tono neutro—. ¿Quién es usted y qué tiene sobre las chicas?

El hombre se giró lentamente. A la luz tenue de las arañas de cristal de Murano, dejó ver un rostro surcado por profundas arrugas, piel cetrina y los ojos cansados de un inspector veterano.

Sacó una libreta con tapas de cuero maltratado de su bolsillo interior y extrajo un sobre de papel manila sin membrete.

—Soy el inspector Santos, de la División de Delitos Ambientales y Fronterizos de la Policía Federal.

Aunque en esta ciudad, esa placa no vale más que el papel en el que está impresa cuando la corporación decide mover sus fichas —dijo, tendiéndole el sobre a Diego—.

Aquí tiene las dos piezas del rompecabezas que usted y su equipo no han podido descifrar.

Diego tomó el sobre, lo abrió y extrajo un mapa topográfico impreso a alta resolución junto con un expediente tachado con tinta negra en varios tramos.

—Primera pista —continuó Santos, dando un paso hacia la barandilla del palco y señalando con el dedo una coordenada marcada en el mapa—.

Las dos jóvenes que busca no desaparecieron en el tramo principal del río Negro, como dice la versión oficial de la policía local.

Fueron interceptadas en una estación de control hidrográfico clandestina bautizada como Sector Viacha.

Esa estación no figura en las concesiones mineras legales.

Es un punto de decantación pesada de mercurio controlado directamente por la filial técnica de Titan Rex Si siguen vivas o si sus cuerpos fueron sepultados para ocultar la contaminación del acuífero, están dentro del perímetro de amortiguamiento de Viacha.

Diego escudriñó la carta topográfica. La ubicación coincidía milimétricamente con las lecturas térmicas anómalas que Tatiana había procesado a partir de los datos satelitales.

—¿Y la segunda pista? —inquirió Diego, levantando la vista hacia el inspector.

Santos borró cualquier rasgo de serenidad de su rostro.

—Segunda pista: el hombre que está a cargo de la contención en el terreno y de la eliminación de testigos no es un simple jefe de seguridad privada.

Su nombre es Raulinho. Comandante de operaciones tácticas, exmiembro de las fuerzas especiales mercenarias que operaban en las fronteras de Guayana.

Raulinho recibió la orden directa de la junta directiva en Fráncfort para limpiar el Sector Viacha antes de algún periodista investigue la zona.

Raulinho no toma prisioneros, Montana. Y lo más grave: tiene pinchadas las frecuencias de radio de la capitanía del puerto y los repetidores fluviales de la región.

Si ustedes usan cualquier canal de comunicación estándar al acercarse a Viacha, Raulinho sabrá su posición exacta diez minutos antes de que sus botas toquen el barro.

Diego guardó las hojas en el sobre y lo introdujo en su chaqueta.

—¿Por qué me entrega esto, inspector?

Santos esbozó una sonrisa amarga, casi triste, contemplando la inmensidad del escenario iluminado por la penumbra dorada.

—Porque vi a las dos chicas en una fiesta de la hija de un contrabandista de Oro en Sao Paulo.

Y trate de seguirles el rastro y porque no puedo permitir que la corporación termine de comprar hasta el último gramo de dignidad que queda en esta selva.

Váyase de Manaos esta misma noche, Montana.

Tome el bote por el cauce secundario y no confíe en nadie que lleve radio.

El inspector Santos dio media vuelta y desapareció en la penumbra del corredor del teatro antes de que Diego pudiera añadir una palabra más.

Mientras tanto, en la penumbra del muelle de São Raimundo, la tensión comprimida en el espacio reducido de la lancha de aluminio había alcanzado un punto de ebullición.

Jacaré, el nativo baquiano, había ido a buscar unos bidones adicionales de diésel al almacén del muelle, dejando a Killari y a Tatiana a solas bajo la lona impermeable de la embarcación.

El calor sofocante del río Negro se pegaba a la madera y las chapas de metal, y la espera del regreso de Diego agriaba los ánimos a cada minuto.

Tatiana permanecía sentada en el borde de la banqueta de popa, ajustando con brusquedad los cables de la antena de la estación táctica. En un movimiento enérgico, dejó caer una llave inglesa sobre la chapa del suelo, provocando un estruendo metálico que resonó en la noche.

—Controle sus nervios, señorita Steele —dijo Killari desde la proa, sin apartar la vista de los prismáticos de visión nocturna con los que escudriñaba el muelle—. Si sigue haciendo ruido, delatará nuestra posición antes de que Diego regrese.

Tatiana soltó un resoplido helado y se puso de pie, encarándola.

—No son los nervios, doctora Yupanqui. Es la frustración de estar aquí paradas mientras el profesor arriesga el cuello solo en una ciudad infestad de mercenarios. Pero claro, usted prefiere que él tome todos los riesgos mientras se mantiene en su pedestal de prudencia académica.

Killari bajó los prismáticos lentamente. Se giró hacia la joven, erguida, con la mirada encendida por una frialdad contenida pero destructiva.

—Usted no sabe absolutamente nada sobre cómo cuido a Diego, Tatiana —respondió Killari con voz baja, cortante como una hoja de acero—.

Cree que, porque sabe procesar un mapa de reflectancia espectral y tiene la osadía de mirarlo con ojos de insinuación y provocación, comprende la naturaleza de lo que hay entre nosotros.

Para usted, Montana es un trofeo de adrenalina, un profesor maduro al que le gusta desafiar para probar su propio ego.

Tatiana dio un paso adelante en el estrecho pasillo del bote, apretando los puños.

—¡Lo que hay entre ustedes es el pasado! —escupió Tatiana con un destello de celos puros ardiendo en su rostro—. Un compromiso desgastado por los años y la costumbre. Diego necesita a alguien que corra su mismo riesgo en el presente, no una sombra que lo ate a los recuerdos de su carrera forense.

Killari dejó escapar una risa breve, ahogada, desprovista de cualquier calidez. Se acercó a Tatiana hasta que la distancia entre sus rostros no fue mayor a un par de palmos.

—¿Pasado? ¿Costumbre? —murmuró la antropóloga, con una voz saturada de una nostalgia profunda y dominante—.

Usted habla desde la ignorancia de la juventud.

Yo conozco las cicatrices de Diego antes de que usted supiera qué era la geología.

Conozco a Montana desde mucho antes de que se convirtiera en el investigador implacable del FBI o en el profesor distante de la universidad.

Tatiana arrugó la frente, descolocada por el tono de Killari, pero manteniéndose firme.

—¿De qué habla?

—Nos conocimos en Nueva York —dijo Killari, y por un instante su mirada pareció viajar lejos de la selva sofocante, sumergiéndose en el recuerdo de una luz distinta—.

Yo tenía apenas quince años. Estaba de visita con mi familia durante un otoño helado.

Me había separado de mis padres cerca del lago de Central Park, asustada, perdida entre la multitud.

Terminé caminando hasta el puente Bow Bridge, ese puente de hierro fundido que cruza el agua rodeada de los árboles teñidos de rojo y dorado.

Killari hizo una pausa, respirando el aire húmedo de la noche amazónica como si fuera el viento frío de Manhattan.

—Allí estaba él. Diego era un joven estudiante de geología de California y estaba de paso por New York, sentado en la barandilla del puente con un cuaderno de dibujo y un mapa geológico.

Me vio llorar, se acercó, me ofreció su chaqueta de abrigo que me quedaba gigantesca y me prometió que no se iría de mi lado hasta encontrar a mis padres.

Caminó conmigo durante dos horas bajo las hojas secas del parque, hablándome de las piedras, del tiempo geológico y de cómo la tierra siempre guarda el camino de vuelta a casa.

Killari clavó sus ojos oscuros en los de Tatiana, con una intensidad que hizo tragar saliva a la joven.

—Aquel día en el Bow Bridge no solo salvó a una adolescente asustada; fijó una marca en la vida de ambos que ni el tiempo, ni la distancia, ni una estudiante desfachatada como usted podrán borrar jamás.

Mi vínculo con Diego no se construyó en un aula ni en un arrebato de atracción física en la selva.

Se construyó sobre una devoción que lleva más de veinte años forjándose.

Así que no me hable de pasado, señorita Yupanqui.

Usted es solo un capítulo pasajero; yo soy la historia completa.

Tatiana apretó la mandíbula, muda por primera vez desde que habían iniciado el viaje. La revelación de esa intimidad remota y romántica entre la antropóloga y su profesor le cayó como un golpe directo al orgullo, encendiendo en sus entrañas una mezcla amarga de envidia y despecho.

Antes de que Tatiana pudiera articular una respuesta, la sombra de Diego emergió de la penumbra del muelle y saltó al interior de la embarcación.

Al notar el silencio denso y la carga eléctrica que flotaba entre ambas mujeres, Diego se detuvo un segundo en el centro de la nave, escudriñándolas con la mirada.

—Tenemos las coordenadas exactas de lugar donde se perdieron las chicas —anunció Diego, sacando el sobre de su chaqueta y cortando el aire enrarecido de la cubierta—.

Y sabemos que un hombre llamado Raulinho nos está esperando con las frecuencias bloqueadas.

Soltad amarras. Salimos hacia el curso alto del río Negro ahora mismo.