CAPÍTULO 17
La lluvia no caía en el Amazonas; se desmoronaba como un diluvio continuo que ahogaba cualquier intento de respirar con normalidad.
En el interior del contenedor, el estruendo del agua contra el techo de chapa corrugada amortiguaba los gemidos ahogados de Vera, cuyo cuerpo ardía en un trance febril.
La neurotoxina vegetal contenida en el dardo continuaba ganando terreno, paralizando progresivamente la musculatura de su cuerpo ya débil.
Ariadna, ajustada contra la espalda de su amiga, no se permitió el lujo del pánico.
Con la tarjeta MicroSD oculta entre las yemas de sus dedos entumecidos, comenzó a frotar el plástico rígido de las bridas que sujetaban sus muñecas contra el filo rugoso del soporte de acero de la litera metálica.
El metal dentado cortaba la carne de sus muñecas, dejando un reguero de sangre fresca que actuó como un lubricante amargo, pero Ariadna apretó los dientes y continuó con la fricción violenta hasta que la cinta de plástico cedió con un chasquido seco.
—Libre... —susurró con la garganta jadeante.
Sin perder un segundo, Ariadna se desató las tobilleras y se arrastró en la penumbra hacia el rincón donde los mercenarios habían arrojado las mochilas tras despojarlas de los equipos fotográficos principales.
Sus dedos rasgaron la doble costura del bolsillo secreto del arnés de Vera, recuperando un teléfono satelital ultracompacto con pantalla monocromática y bajo consumo de batería.
Insertó la MicroSD en el puerto lateral. La diminuta pantalla parpadeó, mostrando una barra de señal vacía. La densa masa de chapa de la estructura modular actuaba como una jaula de Faraday, bloqueando cualquier frecuencia de onda corta.
—Tengo que salir al exterior... —mulló Ariadna, tomando el rostro de Vera entre sus manos. La piel de la ingeniera estaba pálida, con los labios teñidos de un matiz azulado preocupante—. Aguanta, Vera. Voy a activar la baliza de emergencia.
Ariadna se dirigió hacia la puerta de chapa.
El pasador exterior no estaba echado con candado; los guardias confiaban en la inmovilidad garantizada por las bridas y el efecto paralizante del veneno.
Apoyando el hombro contra la estructura, empujó con fuerza bruta hasta vencer la holgura del pestillo.
El aire frío de la tormenta la golpeó como un latigazo. La noche en el campamento minero era una masa negra iluminada únicamente por las luces destellantes de los generadores y las torres de perforación distantes.
Ariadna pisó el suelo exterior. Sus botas se hundieron instantáneamente diez centímetros en una capa de lodo rojo y denso, una mezcla amarga de arcilla blanca y sedimentos contaminados con mercurio que emitían un tufo químico alcalino. La visibilidad no superaba los cinco metros.
Con la mano izquierda protegiendo el teléfono satelital bajo la pretina de su top de tirantes, corrió descalza de forma sigilosa hacia la orilla del cerco de contención del yacimiento.
Cada paso sobre el fango dejaba una huella profunda y deforme que la lluvia torrencial comenzaba a disolver en cuestión de segundos.
Elevó el teléfono por encima de su cabeza, buscando la línea de visión con los satélites de órbita baja. La pantalla parpadeó: una raya de cobertura, luego dos.
Ariadna tecleó torpemente la secuencia de coordenadas y la clave de socorro geolocalizada con destino al servidor del periódico en Madrid y al centro de salvamento marítimo internacional.
Pero justo cuando la barra de progreso alcanzó el ochenta por ciento, el haz de luz blanca de una linterna táctica de alta intensidad barrió la maleza a pocos metros de su posición.
—¡Hey! ¡Hay alguien fuera en la hondonada! —gritó una voz masculina en un portugués con acento cerrado.
Era la voz de Jauri.
Ariadna apretó el botón de envío definitivo, pero la luz halógena de la linterna la encandiló por completo. Un disparo amortiguado por la tormenta cruzó la vegetación, arrancando un trozo de corteza a pocos centímetros de su cabeza.
Ariadna no esperó a ver el rostro de su perseguidor.
Se dio la vuelta y echó a correr desesperadamente hacia el contenedor, sabiendo que no podía abandonar a Vera a su suerte.
Sus pies desnudos se resbalaban sobre la arcilla, dejando rastros de sangre mezclados con la tierra que la tormenta se encargaba de borrar a un ritmo frenético.
Llegó a la puerta del habitáculo y entró de golpe, trancando el pasador por dentro justo cuando los pasos pesados de las botas militares resonaban a escasos metros sobre el barro.
—¡Eu sei que você está aí, cadela.! —bramó Jauri, golpeando la chapa con la culata de su fusil—. ¡Abran la puerta o meto una ráfaga por la ventana!
En la penumbra del módulo, Vera abrió los ojos, emitiendo un suspiro convulso mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas sudorosas.
—¿Lo... lo conseguiste? —alcanzó a articular la ingeniera.
Ariadna miró la pantalla del teléfono. El mensaje mostraba un icono en rojo: Error de transmisión. Ficha de datos interrumpida .
Ariadna apretó el teléfono contra su pecho con una desesperación ciega, sintiendo cómo el reloj corría de forma implacable en su contra.
Las huellas de su breve escape en el lodo amargo ya se habían extinguido bajo el diluvio, y la puerta de chapa comenzaba a ceder bajo los golpes furiosos del mercenario.