CAPÍTULO 16
La negrura dentro de la mente de Ariadna no era un vacío apacible; era una pesadilla líquida, hirviente y opresiva donde el sonido de los motores diésel se mezclaba con la risa cavernosa de Jauri y la mirada de acero del hombre de la cicatriz.
Cuando recobró el conocimiento, el dolor en la base del cráneo estalló con una punzada pulsátil que le provocó una náusea violenta.
Intentó llevarse las manos a la cabeza, pero un chasquido metálico le recordó su impotencia: sus muñecas estaban sujetas a la espalda con bridas de plástico técnico, tan ajustadas que la circulación en sus dedos comenzaba a adormecerse.
Abrió los ojos despacio. La penumbra era casi absoluta, apenas rota por una línea de luz amarillenta que se filtraba por la rendija inferior de una puerta de chapa corrugada.
El aire olía a moho, a combustible sintético y a una humedad rancia que pegaba la ropa a su piel.
Estaba tumbada sobre un suelo de cemento frío.
—Vera... —susurró con la voz rajada por la sequedad de la garganta—. Vera, ¿estás ahí?
A dos metros de ella, una respiración anhelante y entrecortada respondió en la oscuridad.
—Ariadna... no siento las piernas... el veneno... no se va —balbuceó Vera desde el rincón.
Ariadna se arrastró sobre el concreto hasta pegar su espalda con la de su amiga.
La piel de Vera estaba ardiendo por una fiebre repentina, pero sus extremidades inferiores permanecían completamente flácidas, paralizadas por la neurotoxina del dardo.
Su camiseta de lana merino estaba desgarrada en el hombro, dejando al descubierto la marca purpúrea y swollen de la picadura.
—Tranquila, mi amor, tranquila... Vamos a salir de esta —mintió Ariadna, frotando sus manos atadas contra las de Vera para intentar transmitirle un calor que ella misma no sentía—. Nos tienen en una estructura modular. Escucho un extractor de aire en el techo. Estamos dentro del recinto de la mina.
De pronto, el chasquido de un pasador de hierro resonó al otro lado de la puerta. La hoja de chapa se abrió de golpe, inundando el habitáculo con la luz cegadora de un foco halógeno.
Dos sombras masculinas se recortaron contra la claridad. El primero en entrar fue el hombre de la cicatriz, Raulinho. A su lado, un sujeto más bajo, de espalda ancha y complexión robusta, sostenía en la mano la Leica de Ariadna y un maletín de aluminio.
Raulinho avanzó con paso cansino hasta detenerse frente a las dos mujeres.
Se acuclilló despacio, apoyando sus codos sobre las rodillas.
Su mirada recorrió sin prisa el cuerpo inmovilizado de Ariadna, demorándose en las quemaduras del barro sobre sus piernas y la firmeza desafiante con la que la fotógrafa intentaba erguir el torso.
—Una periodista gráfica y una ingeniera ambiental de Madrid —dijo Raulinho, revisando el pasaporte de Vera con una lentitud descarada antes de tirarlo al suelo—. Se tomaron muchas molestias para llegar hasta aquí. Una pena que su viaje termine en un error de navegación.
—Sabes perfectamente que no nos perdimos —escupió Ariadna, sosteniendo la mirada del alemán—.
Tus hombres nos atacaron en la reserva protegida.
Tenemos las coordenadas de las fosas de cianuro y las imágenes de los helicópteros.
Si no regresamos a Manaos en veinticuatro horas, nuestro contacto en la embajada activará la alarma.
Raulinho sonrió. Fue una mueca fea que deformó la cicatriz de su mejilla izquierda.
—¿La embajada? —Raulinho dejó ir una risotada seca—.
En este cuadrante del Amazonas, la embajada es un trozo de papel que se quema en cinco segundos.
Las autoridades de Manaos reciben una asignación mensual de Titan Rex más alta que el presupuesto de su propia policía fluvial.
Para el mundo exterior, ustedes dos son simplemente dos turistas europeas irresponsables que se adentraron en el bosque sin guía certificado y fueron devoradas por la corriente.
Se puso en pie y le hizo una señal al segundo hombre, quien abrió el maletín de aluminio. Dentro no había herramientas ni armas; había un lector de tarjetas de memoria conectado a una unidad de transmisión satelital de alta frecuencia.
—Extrae la tarjeta de memoria de la cámara —ordenó Raulinho—. Y borra los servidores locales. No quiero ni un solo registro de estas mujeres en el registro del campamento.
El técnico desensambló la cámara con destreza. Sin embargo, cuando introdujo la tarjeta en el lector, la pantalla de la unidad emitió tres pitidos agudos de error.
—Señor —dijo el técnico en alemán, vacilando—.
La tarjeta de la cámara principal está encriptada con un software de protección con contraseña.
Si intento un formateo forzado sin la clave de acceso de ocho dígitos, la memoria ejecutará un borrado de sector que sobrescribirá los datos, pero los metadatos de ubicación GPS quedarán bloqueados en el chip de respaldo.
Raulinho se giró lentamente hacia Ariadna. Su rostro perdió cualquier traza de burla, reemplazada por una frialdad absoluta.
—La clave —pidió con voz pausada.
Raulinho no respondió. Levantó la barbilla y le dirigió una mirada de puro desprecio.
Raulinho dio un paso adelante y le propinó un puntapié seco en el costado a Vera. La joven ingeniera dejó ir un alarido de dolor ahogado mientras se encogía sobre el cemento.
—¡Basta! ¡No la toques, bastardo! —gritó Ariadna, luchando salvajemente contra las bridas de plástico que le cortaban la piel de las muñecas.
—La clave, Meninas —repitió Raulinho, sacando de su cinturón una navaja de combate de hoja dentada—. O le corto el tendón de Aquiles a su amiga antes de que el veneno termine de paralizarle los pulmones.
—¡Ocho, cuatro, uno, nueve! —exclamó Ariadna con el pecho agitado por los sollozos de rabia—. ¡Ocho, cuatro, uno, nueve, B, Z! ¡Esa es la clave, déjala en paz!
El técnico tecleó los caracteres en el terminal. La pantalla verde del dispositivo parpadeó, mostrando la barra de progreso de la descarga de archivos.
Raulinho guardó la navaja, le inyecto con un dardo una neurotoxina vegetal a Vera y luego miró a ambas mujeres por última vez y caminó hacia la salida del contenedor.
—Llévenlas al barco de carga al anochecer —ordenó al técnico en voz baja antes de cruzar el umbral—. Que parezca un accidente de deriva en el río Negro. Sin marcas de proyectiles. Si los restos flotan en unas semanas, los peces pirañas deben haber hecho su trabajo.
La puerta de chapa se cerró de golpe, sumiendo de nuevo el habitáculo en la penumbra.
En la oscuridad, Ariadna apoyó su frente contra el hombro helado de Vera. Las lágrimas de rabia limpiaron dos surcos en sus mejillas.
—Lo siento, Vera... Lo siento tanto... —susurró Ariadna con el corazón destrozado.
—Ariadna... —murmuró Vera, cuya voz era apenas un soplo exánime—. El... el bolsillo interior de mi bota...
Ariadna frunció el ceño en la negrura. Con un esfuerzo sobrehumano, giró el cuerpo y estiró los dedos entumecidos tras su espalda hasta tocar la caña de la bota de montaña de su amiga. Entre el forro térmico y el cuero, sus yemas tropezaron con un objeto pequeño, plano y rígido.
Una segunda tarjeta de memoria MicroSD de repuesto, oculta por Vera antes del desembarco.
—Toma... mi teléfono... en el forro del arnés... —alcanzó a articular Vera antes de que sus ojos se cerraran por el agotamiento del veneno.
Ariadna apretó el chip entre sus dedos ensangrentados. La cámara principal había sido confiscada, pero el teléfono satelital secundario de Vera todavía estaba cosido a la estructura interior de su mochila, tirada en el rincón a un metro de distancia.
Afuera, la lluvia comenzó a repicar de nuevo con violencia sobre el techo de chapa del contenedor. La noche había caído sobre el Amazonas, y con ella, la cuenta atrás para sus vidas había comenzado a correr.