El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 15
32%

CAPÍTULO 15

El eco de los neumáticos chirriando sobre el asfalto de la avenida Eduardo Ribeiro terminó de disiparse en el aire denso y sofocante de Manaos.

Diego se erigió lentamente, limpiándose con el dorso de la mano el sudor que le bajaba por la frente.

La huida del espía en el todoterreno blindado dejaba una certeza amarga: la corporación no solo estaba al tanto de sus pasos, sino que operaba con una infraestructura logística impecable en pleno centro de la metrópoli amazónica.

Regresó a paso rápido hacia el puerto, con la mandíbula apretada y la mirada escudriñando cada callejón.

En el muelle, la escena era de tensión contenida.

Killari permanecía de pie junto a las cajas metálicas, con una mano apoyada sutilmente en la empuñadura del revólver que llevaba oculto en el interior de su chaqueta ligera.

Tatiana, sentada sobre una de las maletas de equipo, mantenía la tableta táctica contra su pecho, con los nudillos blancos por la fuerza del agarre.

Al ver aparecer a Diego, ambas mujeres dejaron escapar un suspiro de alivio, aunque la expresión de él les confirmó de inmediato el desenlace.

—Se escabulló —dijo Diego con voz baja y tajante, abordando el perímetro del equipo—. Lo recogieron en un todoterreno blindado sin placas. Estaba transmitiendo nuestras coordenadas y fotografías desde la embarcación.

Antes de que Diego pudiera responder, un hombre vestido de civil, pero con el andar erguido y vigilante característico de las fuerzas de seguridad, se abrió paso entre los estibadores del muelle.

Sin pronunciar una sola palabra y con un movimiento tan rápido como discreto, rozó el brazo de Diego, le deslizó una tarjeta de papel grueso entre los dedos y continuó caminando hasta perderse tras unos camiones de carga.

Diego desplegó la nota en la palma de su mano; sobre el membrete oficial de la Policía Federal do Brasil , unas líneas trazadas a pluma indicaban un mensaje escueto pero perentorio: "8:00 p.m. Teatro Amazonas.

Entresuelo central. Tengo información de la corporación. Venga solo" .

—¿Qué es eso? —preguntó Tatiana, dando un paso adelante y tratando de leer el escrito sobre el hombro de Diego.

—Un contacto no oficial —respondió Diego, guardándose el papel en el bolsillo del pantalón táctico—. Parece que no toda la policía de Manaos está en el bolsillo de Titan Rex ; Hay alguien adentro que quiere hablar.

—Puede ser una emboscada —advirtió Killari con dureza, apoyando una mano sobre el brazo de Diego—. Vera tiene recursos de sobra para montar un cebo como este en pleno centro de la ciudad.

—Hay que arriesgarse, si no nos arriesgamos a escuchar lo que tiene, estamos a ciegas —replicó Diego con aplomo—. Ustedes dos se quedarán en el bote de Jacaré, listas para soltar amarras si las cosas se complican. Yo iré al punto de encuentro.

—Saben que estamos en Manaos —concluyó Killari, cruzándose de brazos mientras sus ojos oscuros medían la gravedad de la situación—. Si nos quedamos aquí, la policía local o los matones de T itan Rex nos acorralarán en cuestión de horas.

—El problema es que para internarnos en la zona del río Negro necesitamos abastecimiento, combustible de aviación y una lancha rápida —intervino Tatiana, levantando la pantalla de su dispositivo—.

Los perfiles espectrales que procesé anoche muestran que la pista de aterrizaje clandestina y la base de procesamiento de mercurio están a más de ciento ochenta kilómetros río arriba, cerca del curso alto del río Branco.

Allí no se llega por caminos de tierra; la selva se traga todo.

Diego miró a ambas. La ciudad de Manaos, hermosa ciudad con su majestuosidad de ladrillo y cristal, se había convertido de pronto en una trampa mortal.

—Tengo un contacto en el puerto de São Raimundo —dijo Killari tras un momento de reflexión—.

Un antiguo baquiano y práctico de río que trabajó para el Instituto en misiones de antropología forense.

Si alguien puede darnos un bote con motor de turbina y combustible sin dejar rastro en los registros portuarios, es él.

Tres horas más tarde, el bullicio urbano de Manaos quedó sepultado bajo el manto verde e impenetrable de la Amazonía profunda.

La embarcación conseguida por el contacto de Killari —un bote de aluminio reforzado de ocho metros, equipado con un motor fuera de borda de alta potencia y conducido por un nativo llamado Jacaré— cortaba las aguas oscuras del río Negro a casi treinta nudos.

El bote avanzaba veloz entre el archipiélago de las Anavilhanas, uno de los complejos fluviales más grandes del mundo, donde miles de islas cubiertas de vegetación apretada formaban un laberinto de canales espejados.

A las siete y media de la tarde, la penumbra tropical cayó de golpe sobre la capital del Amazonas.

Diego dejó a Killari y a Tatiana bajo la custodia del nativo baquiano en una caleta discreta del muelle de San Raimundo y se dirigió a pie hacia el centro histórico.

Las calles vibraban con el bullicio nocturno de la ciudad, una mezcla de humedad sofocante, música popular saliendo de los bares y el rugido del tráfico.

A las ocho en punto de la noche, Diego cruzó el umbral del majestuoso Teatro Amazonas.

Si el exterior del edificio era una joya de la arquitectura, el interior resultaba sencillamente espectacular, un deslumbrante palacio de ópera trasplantado al corazón mismo del trópico.

Las escalinatas de mármol italiano de Carrara ascendían bajo la luz cálida de inmensas arañas de cristal de Murano, que hacían brillar los dorados tallados en las balaustradas y los espejos traídos de Francia.

Diego subió en silencio hasta el entresuelo central; desde allí, la sala de espectáculos se abría en una deslumbrante rampa de tres pisos de palcos decorados con terciopelo rojo y relieves en maderas nobles amazónicas, todo coronado por el monumental fresco del techo que representaba alegorías a la música y la tragedia rodeadas por la exuberancia de la selva.

En mitad de esa atmósfera grandiosa, envuelta en el aroma a cera antigua y madera pulida, la figura del agente de la Policía Federal lo aguardaba en la penumbra de la fila posterior del palco, perfilada apenas contra el vacío de la sala vacía que parecía contener el aliento ante el secreto que estaba a punto de desvelarse.