CAPÍTULO 14
El silencio que siguió al apagado del motor fue tan repentino y La negrura del ígapo —la selva inundada— los envolvió por completo bajo un dosel de copas entrelazadas que bloqueaba casi toda la luz del sol.
El aire, estancado entre las raíces aéreas de los mangles y las lianas gruesas como brazos humanos, olía a limo antiguo, gases de metano y flores nocturnas en descomposición.
—Maldita sea... —refunfuñó Jauri en la popa, tirando con rabia de la cuerda del arrancador. El mecanismo emitió un chasquido seco y metálico, pero la hélice no giró. Un rastro de aceite azulado comenzó a expandirse sobre el agua negra como la tinta.
—Silencio, idiota —siseó El Culebra desde la proa, alzando una mano con el machete en alto—. Si esos mercenarios escuchan el motor intentar arrancar, meterán las lanchas de aluminio por el canal secundario y nos atraparán.
Vera se mantuvo inmóvil en el banco central, sintiendo cómo el sudor le corría por la curva de su espalda hasta empapar la pretina de sus pantalones cortos.
El calor dentro de la fronda era un abrazo sofocante de casi cuarenta grados.
Su camiseta blanca de lana merino, completamente adherida a sus pechos por la humedad, marcaba cada respiración agitada.
A su lado, Ariadna no perdió la calma: manteniendo la cámara pegada al pecho con una correa corta, deslizó la mano zurda hasta el bolsillo de su pantalón táctico para tocar la empuñadura de su navaja.
Jauri volvió a inclinarse sobre el motor fuera de borda.
Al hacerlo, su hombro desnudo y musculoso rozó la rodilla descubierta de Vera.
El contacto fue lento, deliberado. Vera encogió las piernas de inmediato con una mueca de incomodidad, pero Jauri únicamente sonrió de lado, mostrando unos dientes manchados que brillaron en la penumbra.
—Tranquila, menina —murmuró el hombre en un susurro cavernoso, sin apartar la mirada de las piernas doradas de la ingeniera—. La selva es caliente. Si te asustas tan rápido, no vas a aguantar ni diez minutos cuando salgamos al cauce seco.
—Toca a mi amiga una vez más y te garantizo que no volverás a usar esa mano para manejar un timón…! —intervino Ariadna con una voz tan afilada que cortarías el aire. Sostuvo la mirada de Jauri con sus ojos color avellana encendidos por una furia letal.
Jauri soltó una risotada ahogada, pero la mirada fija de la fotógrafa lo hizo refrenarse. Dio un último tironazo a la correa de arranque. El motor tosió, escupió una bocanada de humo negro y volvió a rugir con un ronroneo bajo y desigual.
—Por aquí —indicó El Culebra, apartando con la hoja del machete una cortina de helechos gigantes que cubría la entrada de un arroyo estrecho—. Este es el paso hacia la tierra firme de la meseta del Diablo. A partir de aquí, las máquinas de Titan Rex han secado el cauce para lavar la roca.
La canoa avanzó despacio durante veinte minutos más hasta que la quilla de madera rozó contra un lecho de grava y lodo rojo. Habían llegado al punto de no retorno.
Ariadna y Vera desembarcaron en la orilla, hundiéndose hasta los tobillos en una masa de barro fangoso y arcilloso.
Ajustaron sus botas y cargaron las mochilas técnicas a la espalda.
La caminata hacia la meseta exigía un esfuerzo físico descomunal; la pendiente subía en un ángulo de cuarenta y cinco grados entre contrafuertes de árboles de caucho de treinta metros de altura y raíces expuestas que parecían trampas naturales.
Ariadna abría paso con determinación, usando el machete para cortar las ramas bajas.
El esfuerzo acentuaba la tensión de su espalda y la firmeza de su trasero y sus muslos, mientras la piel bronceada de su rostro brillaba por el sudor.
Vera la seguía muy de cerca, sosteniendo el analizador digital de suelo en una mano y una brújula en la otra.
—Las lecturas térmicas del terreno están disparadas —dijo Vera, deteniéndose junto a un tronco para recuperar el aliento.
Su respiración agitada hacía subir y bajar su pecho con violencia—.
La temperatura de la capa freática está a más de cuarenta grados.
Hay vertidos de vapor o descargas de turbinas diésel muy cerca de aquí.
—Mira el suelo, Vera —señaló Ariadna, apartando una capa de vegetación marchita con la punta de su bota.
Bajo la hojarasca descompuesta no había tierra fértil; había una costra grisácea y quebradiza. Estratos de sedimento prensado que desprendían un olor penetrante, dulzón y almizclado: el rastro químico inconfundible del cianuro de sodio usado en la minería a cielo abierto.
De pronto, un sonido grave y retumbante hizo temblar las hojas de los árboles.
No era un trueno de tormenta. Era el rugido rítmico, metálico y ensordecedor de un monitor hidráulico lanzando agua a altísima presión contra las paredes de la montaña, mezclado con el estruendo de dos generadores industriales de alta capacidad.
—La mina —susurró Ariadna con los ojos brillando por la anticipación—. Estamos en el borde de la concesión ilegal.
Avanzaron arrastrándose sobre el vientre los últimos veinte metros, ocultándose tras una densidad impenetrable de bambúes salvajes y helechos arbóreos.
Al asomarse sobre el borde de un acantilado de arcilla roja, la escena que se desplegó ante sus ojos era una estampida de destrucción ambiental a escala monstruosa.
Un cráter de casi un kilómetro de diámetro se abría en mitad del corazón verde de la reserva natural.
La selva había sido arrasada, convertida en un desierto de barro, piscinas de decantación llenas de agua turquesa altamente tóxica y torres de perforación.
Decenas de operarios con monos de trabajo sin insignias dirigían potentes cañones de agua contra la roca viva, mientras una gran draga succionaba el lodo aurífero hacia los tanques de lixiviación.
En el centro de la plataforma principal, dos helicópteros de color gris mate cargaban enormes cajas de madera selladas con el logotipo en relieve de la corporación Titan Rex .
—Es masivo —dijo Vera con voz ahogada, sacando la cámara de calor para registrar las emisiones de contaminantes de las piscinas—. Están destruyendo la cuenca entera. Esa agua recargará el río Negro durante la próxima crecida estacional. Envenenarán a miles de personas abajo.
Ariadna colocó el objetivo telefoto de cuatrocientos milímetros en su Leica. Apoyó los codos firmemente sobre la tierra húmeda, ajustó el enfoque manual y comenzó a disparar el obturador en ráfaga sostenida.
Click-click-click-click.
En la pantalla digital capturó con nitidez absoluta los rostros de los supervisores europeos: hombres rubios con uniformes tácticos sin divisas, armados con fusiles de largo alcance.
Registró también las matrículas de los helicópteros, los códigos de serie de las cajas de oro y las mangueras de vertido directo que descargaban químicos venenosos en el arroyo.
—Tengo la prueba irrefutable de la contaminación del rio —dijo Ariadna, con una sonrisa triunfal que iluminó su rostro sudoroso—.
Con estas fotos y nuestro reportaje en los diarios y revistas más importantes de Europa, la junta directiva de Titan Rex no podrá negar su implicación ante los tribunales internacionales. Nos vamos de aquí ya.
—Ariadna... —dijo Vera con una voz que de pronto sonó extrañamente distante, arrastrada, como si hablara desde el fondo de un pozo profundo.
Ariadna se giró bruscamente sobre el barro.
Vera estaba de rodillas sobre la hojarasca, con los ojos desorbitados por el pánico y la tez alarmantemente pálida.
Llevaba la mano izquierda apoyada sobre la base del cuello.
Entre sus dedos, un pequeño dardo vegetal de madera negra, de apenas cinco centímetros de largo y con una pluma roja en el extremo posterior, sobresalía de su piel.
—Vera... ¡Dios mío, Vera! —gritó Ariadna, abalanzándose sobre su amiga para sujetarla antes de que se golpeara contra las rocas.
—No... no puedo... mover las piernas... —balbuceó la ingeniera, mientras sus pupilas se dilataban a una velocidad aterradora. La toxina —un derivado concentrado de curare mezclado con neurotóxicos sintéticos— atacaba su sistema nervioso a una velocidad fulminante.
—¡Aguanta! ¡Mírame, Vera! —suplicó Ariadna, extrayendo el dardo con un movimiento rápido y aplicando presión sobre la pequeña herida sangrante.
Un crujido seco de botas pisando ramas rotas resonó justo detrás de ellas.
Ariadna intentó ponerse en pie y desenfundar su navaja táctica, pero antes de que pudiera erguirse, una mano enorme cubierta por un guante de cuero negro le agarró el cabello desde atrás con una fuerza brutal, tirando de ella hacia la tierra.
Ariadna cayó de espaldas sobre el lodo, luchando como una fiera, lanzando zarpazos y patadas contra su agresor. Logró clavar sus uñas en el cuello del hombre, arrancándole una maldición en alemán.
—¡Sueltas a mi amiga, bastardo! —gritó Ariadna, escupiendo sangre y barro.
A través de la visión borrosa de las lágrimas y la rabia, Ariadna vio la figura que se erguía sobre ellas.
Era el hombre alto de la cicatriz en la mejilla izquierda, el sujeto que las había observado en el hotel de Manaos.
Vestía un uniforme de combate impecable y sostenía en la mano derecha una cerbatana de fibra de carbono de uso táctico.
A su lado, dos hombres armados con chalecos negros sujetaron los brazos de Ariadna, clavándole las rodillas sobre la espalda contra el suelo arcilloso para inmovilizarla por completo.
El hombre de la cicatriz se inclinó despacio hasta quedar a escasos centímetros del rostro de Ariadna.
Desprendía el mismo olor penetrante a loción de afeitar y tabaco que en el pasillo del hotel.
Recorrió con una sonrisa cruel la anatomía vulnerable de la fotógrafa: la respiración agitada de su pecho, la piel sudorosa y la mirada de puro odio que Ariadna le devolvía.
—Les dije que no cruzaran el río, Fräulein —dijo el hombre con un acento alemán denso y pausado, pasando la yema de su dedo por la mejilla bronceada de Ariadna antes de arrebatarle la cámara Leica de un tirón—. En este bosque no hay periodistas. No hay leyes. ¡La Ley soy yo aquí…!
—Púdrete en el infierno —escupió Ariadna a su rostro.
El hombre no se inmutó se limpió el rostro, Levantó la culata de su pistola táctica y la descargó con una precisión fría sobre la nuca de Ariadna.
El mundo de Ariadna se apagó al instante en una explosión de destellos blancos que se convirtió rápidamente en una negrura absoluta, ahogada por el murmullo eterno e indiferente del bosque esmeralda.