CAPÍTULO 13
El aire a las tres y media de la mañana pesaba como un balde de plomo sobre el muelle de San Raimundo.
El vapor que emanaba de las aguas del río Negro se mezclaba con el hedor a vísceras de pescado, combustible derramado y vegetación en descomposición.
La lluvia torrencial de la noche había cesado, dejando tras de sí un manto de neblina baja y viscosa que ahogaba las luces distantes del puerto.
Ariadna caminaba por las tablas de madera vieja con paso firme que delataba su tenacidad.
Vestía unas mallas tácticas ajustadas que moldeaban la curva definida de sus muslos y un top de secado rápido color oliva; la prenda, humedecida por la humedad ambiental de casi el cien por ciento, se adhería a su torso dibujando con nitidez el contorno de sus pechos y el abdomen tenso.
Su melena estaba recogida en un moño alto improvisado, dejando al descubierto la línea esbelta de su cuello, donde el pequeño amuleto de plata destellaba bajo los focos.
A su lado, Vera era una visión de sensualidad.
Llevaba unos pantalones cortos de lana que dejaban al descubierto sus piernas duras y tonificadas, doradas por la fina piel que el sol de Madrid había tostado días atrás.
Su camiseta blanca de lana merino, sutilmente translúcida por el vapor de la mañana, se ceñía a su cintura y acentuaba el volumen natural de su busto a cada paso.
El cabello rubio, recogido en una coleta desenfadada, dejaba caer mechones sueltos que el sudor pegaba a sus mejillas de piel fina.
Los marineros y estibadores que cargaban sacos de yute en los barcos bananeros detenían el trabajo para verlas pasar, dedicándoles miradas cargadas de un deseo crudo y primal que hacía que el aire a su alrededor se sintiera aún más sofocante.
—Ahí está la barcaza —dijo Ariadna en un susurro, ajustando la correa de la Leica al hombro.
Al final del muelle de madera flotante, balanceándose sobre el agua negra, las esperaba una canoa de madera de unos ocho metros de largo, equipada con un motor fuera de borda Yamaha de cuarenta caballos que botaba un humo azul y denso.
El Culebra las aguardaba de pie en la popa, escupiendo un hilo de tabaco al rio.
Pero no estaba solo. Junto al timón se encontraba un segundo hombre, una mole de musculatura hipertrofiada, tez cobriza y el torso desnudo cubierto de cicatrices viejas de cortes de machete.
Llevaba un sombrero de paja raído y unos pantalones de lona recortados por las rodillas.
—Él es Jauri —dijo El Culebra a modo de presentación, sin quitarle los ojos de encima al escote de Vera—. Es mi cuñado. Se conoce las corrientes de la cuenca alta mejor que los caimanes. Sin él, en los rápidos del arroyo del Diablo nos estampamos contra las rocas en diez minutos.
Jauri no habló. Su mirada fija y pesada recorrió a ambas mujeres desde las botas de montaña hasta los labios. Se detuvo con una lentitud descarada en la cadera de Ariadna antes de escupir al río y soltar la amarra de cáñamo que sujetaba la embarcación al poste de guayacán.
—El doble de peso, el doble de riesgo —refunfuñó Jauri en un portugués áspero y cavernoso—. Esas dos no van a durar ni dos días en la fronda. Se las van a comer vivas las plagas... o los hombres que buscan oro.
—Cobran en dólares, Jauri. Cállate y arranca la hélice —ordenó El Culebra con una sonrisa tuerta.
Vera sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura.
Se acomodó en el banco central de madera de la canoa, juntando sus rodillas en un gesto defensivo mientras ajustaba la caja donde guardaba los sensores de conductividad.
La proximidad física de Jauri, que se situó a apenas un metro tras ella para manejar la caña del motor auxiliar, la hacía sentirse peligrosamente vulnerable.
El olor del hombre —una mezcla de sudor rancio, grasa de motor y cachaça— invadía su espacio personal.
El motor rugió con un chasquido metálico y la canoa se impulsó hacia el centro del río Negro. La silueta urbana de Manaos comenzó a desdibujarse detrás de ellas, convertida en un espejismo de luces amarillas que se extinguían bajo el dosel esmeralda de la selva.
A medida que amanecía, una luz rojiza y violenta filtró entre las nubes cargadas.
La belleza del paisaje era abrumadora, pero también aterradora en su inmensidad.
El cauce del río se ensanchaba hasta parecer un mar de agua oscura, flanqueado por paredes impenetrables de vegetación de más de cuarenta metros de altura.
Ariadna se levantó ligeramente del banco para tomar las primeras fotografías del trayecto.
El viento del río pegó su camiseta contra el cuerpo, marcando cada línea de su figura mientras se equilibraba con destreza gimnástica sobre la madera inestable de la embarcación.
Jauri la observaba desde la popa con los ojos entrecerrados, sin soltar el timón, mientras El Culebra revisaba un machete de hoja ancha en la proa.
—Mira la pantalla, Ariadna —dijo Vera, llamando la atención de su amiga con voz baja para no ser oída sobre el ruido del motor.
Vera sostenía una sonda analítica sumergida por el costado de la canoa. El monitor digital mostraba gráficos en rojo que parpadeaban compulsivamente.
—La temperatura del agua ha subido dos grados en este tramo y la acidez del agua está aumentando drásticamente —explicó Vera, mostrando los números a la fotógrafa—.
Hay efluentes químicos vertidos pocos kilómetros más arriba.
Es cianuro de sodio disuelto. Están lavando la roca en las instalaciones de Titan Rex a marcha forzada.
—¿A cuánto estamos del desvío hacia el arroyo del Diablo? —preguntó Ariadna.
—A unas tres horas si estos dos no reducen la marcha —respondió Vera, mirando de reojo hacia la popa.
De pronto, Jauri desaceleró el motor. El rugido apagado de la hélice dejó paso al estruendo sordo de la selva: el grito de los monos aulladores, el chiquichaque de miles de insectos y el crujido constante de ramas secas cayendo al agua.
El Culebra se puso en pie en la proa, señalando hacia un meandro cerrado donde la niebla se acumulaba en densos remolinos.
—Ahí delante hay una patrulla de la Policía Fluvial —dijo El Culebra, escupiendo al agua con nerviosismo—. Pero esos no llevan el uniforme gris de la fuerza federal. Llevan chalecos tácticos negros y lanchas de aluminio de alta velocidad.
Ariadna ajustó el teleobjetivo de cuatrocientos milímetros de su Leica y apuntó hacia la bruma. A través del cristal de la lente, la imagen cobró una nitidez escalofriante.
Anclada junto a un tocón gigante flotante, una lancha rápida de casco oscuro lucía las insignias borradas pero reconocibles de una contratista de seguridad privada.
A bordo, dos hombres con ropa de camuflaje urbano y armas automáticas colgadas al pecho examinaban el río con prismáticos térmicos.
Uno de ellos sostenía una radio de frecuencia cerrada.
—Son los guardianes y mercenarios de Titan Rex —susurró Ariadna, sintiendo el pulso acelerado golpeándole en las sienes—. Tienen bloqueado el canal principal.
—Nos van a registrar —dijo Vera, intentando ocultar la caja estanca bajo una lona de rafia podrida que yacía en el fondo de la canoa.
Jauri miró a las dos españolas. Sus ojos se demoraron en el escote de Vera, húmedo por las salpicaduras del río, y luego en la cámara de Ariadna.
—Si esos hombres ven los aparatos que llevan, no solo les van a quitar los papeles —dijo Jauri con una sonrisa maliciosa que heló la sangre de Vera—. Les van a hacer una inspección completa... a las dos. En esta parte del río no hay leyes, menina .
—Jauri, mete la canoa por el canal de los ígapos —ordenó El Culebra, sacando una petaca de metal del bolsillo de sus pantalones—. Esos alemanes no conocen los pasos inundados entre los árboles. Si nos ven en el cauce abierto, nos dan el alto antes de que podamos dar la vuelta.
Jauri viró bruscamente la caña del motor.
La canoa dio un coletazo violento sobre el agua negra y se adentró a toda velocidad en un ramal estrecho, hundiéndose bajo la penumbra casi total de la selva inundada.
Las ramas bajas de los árboles rozaban las cabezas de las jóvenes mientras la luz del día desaparecía reemplazada por una sombra verde y sofocante.
Se habían internado en el territorio de la corporación que explotaba el oro. Sin escapatoria, sin señal telefónica y a la merced de dos hombres cuyos instintos eran tan oscuros como las aguas sobre las que navegaban.
El motor tosió dos veces antes de ahogarse por completo en mitad de la negrura del pantano.