CAPÍTULO 12
El sonido del motor diésel de A Esperanza cambió de ritmo al internarse en el tramo final del curso fluvial.
De pronto, el agua marrón y arcillosa del río Solimões se encontró de frente con las corrientes densas y oscuras como el té negro del río Negro.
Durante kilómetros, ambos ríos corrieron lado a lado sin mezclarse, dibujando una franja bicolor perfecta en la superficie: un abrazo líquido entre dos gigantes que anunciaba la cercanía de la metrópoli del Amazonas.
Ante los ojos del equipo emergió la ciudad de Manaos, una impresionante isla de arquitectura de cristal y hormigón erigida en el corazón de la selva tropical.
Desde la cubierta, la vista era deslumbrante.
Nacida en el siglo XIX durante el esplendor de la fiebre del caucho, Manaos conservaba el aire majestuoso de Francia del siglo pasado fusionado con la exuberancia salvaje del trópico.
A lo lejos, la imponente cúpula de azulejos cerámicos con los colores de la bandera brasileña del Teatro Amazonas brillaba bajo el sol abrasador del mediodía, destacando sobre los tejados coloniales de color pastel y los modernos edificios de cristal del distrito financiero.
El puerto flotante de Manaos era una colmena humana frenética: miles de embarcaciones de todos los tamaños —desde pequeñas canoas voadeiras hasta transatlánticos de lujo y cargueros internacionales— se amontonaban en los muelles de hierro diseñados por ingenieros británicos a finales del siglo XIX.
El ambiente estaba impregnado de un olor penetrante y pintoresco: pescado fresco pirarucú , frutas tropicales como el açaí y el cupuaçú, diésel caliente y el aroma dulce de las orquídeas salvajes que los vendedores ambulantes ofrecían en la orilla.
—Es el corazón financiero de la cuenca —dijo Killari, ajustándose las gafas de sol mientras observaba las grúas del puerto libre—.
Aquí se cruza el dinero legal de los bares y cantinas con el oro de la minería clandestina.
Redes criminales organizadas operan en zonas vulnerables de Manaos y áreas fronterizas para captar a hermosas mujeres jóvenes.
Y casi siempre emplean falsas promesas de empleo formal (como cocineras o lavanderas en el interior) para luego trasladarlas hacia los campamentos, donde son sometidas a explotación.
Informes oficiales de la Policía Federal de Brasil especifican cómo el dinero y el oro ilegal fluyen a través de joyerías, casas de cambio y fachadas comerciales en Manaos.
Las facciones delictivas que controlan el narcotráfico y la minería ilegal en la región financian de manera paralela la infraestructura de bares y cabarés que explotan a mujeres en los enclaves mineros.
—Y el lugar perfecto para desaparecer si sabes a quién pagarle —agregó Tatiana, sujetando la correa de su mochila, bajo la mirada del profesor y Killari.
La embarcación atracó finalmente en el sector de los muelles comerciales de Panair. Mientras el capitán Tiao coordinaba el desembarco con los estibadores locales, Diego descendió a la pasarela de madera para supervisar la maniobra de descarga del valioso equipo geotécnico.
Fue en ese preciso instante cuando el instinto de exagente de Diego se encendió como una alarma silenciosa.
A lo largo del viaje por el río, Diego había notado la presencia discreta de un pasajero que había subido a bordo en el último puerto boliviano.
Decía llamarse Mateo y vestir como un modesto comerciante de especias: llevaba una camisa de franela desgastada, un sombrero de paja inclinado sobre los ojos y una bolsa de lona que nunca soltaba.
Sin embargo, Diego observó detalles que no encajaban: la forma en que el sujeto evaluaba las posiciones de las cajas de aluminio, sus manos sin callosidades de trabajo pesado y una postura corporal rígida, típica de quien lleva una funda sobaco oculta bajo la ropa.
Mientras los estibadores movían la primera caja metálica, Mateo aprovechó el tumulto del desembarco para deslizarse sigilosamente por la pasarela lateral.
Llevaba en la mano un teléfono satelital de uso militar y una pequeña cámara fotográfica compacta con la que acababa de fotografiar los rostros de Tatiana y Killari.
—¡Alerta a todos! —exclamó Diego, confirmando la amenaza en una fracción de segundo.
—¡Diego, la bolsa de datos! —gritó Killari desde la cubierta superior al notar la maniobra del sujeto.
El espía se dio cuenta de que había sido descubierto. Sin dudarlo, empujó brutalmente a un estibador que cargaba un racimo de plátanos y echó a correr a toda velocidad por el muelle flotante, perdiéndose entre la multitud del mercado de pescado.
—¡Quédense con el equipo! ¡No se muevan de aquí! —ordenó Diego a Killari y Tatiana antes de lanzarse en persecución.
Diego saltó por encima de un montón de redes de pesca y aceleró el paso. Su entrenamiento físico afloró de inmediato: esquivó a los vendedores ambulantes, saltó sobre charcos de agua estancada y avanzó a grandes zancadas entre el laberinto de puestos de madera.
Veinte metros más adelante, la camisa de franela del fugitivo aparecía y desaparecía entre la marea de gente. El tipo era rápido y conocía el terreno. Giro bruscamente a la izquierda, internándose en las estrechas callejuelas del mercado.
—Abram caminho!—gritó Diego en portugués, abriéndose camino a empujones entre un grupo de turistas y cargadores.
El espía volteó el rostro por un segundo; al ver que el geólogo le recortaba distancia, metió la mano bajo la camisa, sacó una pistola compacta y disparó dos veces.
El pánico se apoderó del mercado. La gente comenzó a gritar y a arrojarse al suelo, generando un caos de cajas volcadas y pescados rodando por el pavimento. Diego se arrojó tras la esquina de un puesto de madera justo cuando una tercera bala astilló el poste a pocos centímetros de su cabeza.
Diego asomó la mirada un segundo después. El fugitivo corría hacia la avenida Eduardo Ribeiro, donde el tráfico de la ciudad era denso y continuo.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Diego aceleró el ritmo, sintiendo el aire húmedo y abrasador de Manaos quemándole los pulmones. Estaba a solo diez metros de alcanzarlo. Vio cómo el espía intentaba cruzar la calzada entre los autobuses urbanos y los taxis amarillos.
Sin embargo, al llegar a la arteria principal, una camioneta de lujo azul con cristales blindados y sin placas de matrícula frenó en seco junto a la acera. La puerta lateral se abrió de golpe. Una mano enguantada sujeto al espía por el chaleco y lo arrastró hacia el interior del vehículo.
—¡Alto! —rugió Diego, lanzándose en una barrida sobre el capó de un taxi para cortarles el paso.
Pero el todoterreno aceleró a fondo, quemando neumáticos sobre el asfalto caliente.
Diego corrió tras el vehículo unos metros, intentando memorizar algún detalle del chasis, pero el coche se incorporó hábilmente al flujo del tráfico pesado de la avenida y desapareció a gran velocidad en dirección al distrito industrial.
Diego se detuvo en medio del carril, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. El sudor le corría por el rostro y el pecho le latía con violencia.
Habían sido vigilados durante todo el trayecto fluvial. La corporación minera Titan Rex sabían exactamente quiénes eran y qué estaban buscando. La fase de infiltración silenciosa había terminado: en el corazón de Manaos, la cacería acababa de comenzar.