CAPÍTULO 11
El aire de Manaos no se respiraba; te sofocaba.
Era una masa densa, hirviente, impregnada de dióxido de carbono, podrida por la descomposición de la materia orgánica del río y saturada por un noventa y ocho por ciento de humedad que convertía cada inhalación en un esfuerzo físico.
Cuando la portezuela de la aeronave se abrió en el aeropuerto Eduardo Gomes, el vapor del trópico las envolvió como un sudario caliente.
El trayecto hasta el Hotel Amazonia, un edificio colonial en decadencia cerca del muelle de San Raimundo, transcurrió bajo la luz amarillenta y sucia de las farolas de la ciudad.
El vehículo crujía sobre el asfalto resquebrajado, sorteando charcos de agua estancada donde la basura flotaba entre irisaciones de gasóleo.
—Bienvenidas al borde del mundo —murmuró Ariadna, quitándose las gafas de sol que llevaba sobre la cabeza.
A pesar del cansancio del vuelo desde Sao Paulo, la fotógrafa irradiaba una energía electrizante.
Su top de tirantes negro, empapado en el pecho y la espalda por la condensación ambiental, se adhería a su piel dejando traslucir las líneas marcadas de su figura.
A su lado, Vera trataba de mantenerse erguida, con la mirada clavada en la abrumadora fauna humana que abarrotaba los bordes de la calzada: comerciantes ambulantes, marineros ebrios, mujeres indígenas vendiendo pescados desviscerados y hombres de miradas opacas que observaban el paso de los vehículos con la lentitud de los caimanes en la orilla.
El vestíbulo del hotel era un vasto salón de techos altos con ventiladores de pálida madera que giraban despacio, removiendo el aire sofocante sin enfriarlo. Olores a comida barata, tabaco negro y pescado frito saturaban el espacio.
Ariadna y Vera ocuparon una mesa redonda de teca desgastada en la esquina más oscura del bar del vestíbulo. Desplegaron sobre la madera el mapa que consiguieron en la fiesta decadente en Sao Paulo.
—Aquí está —dijo Vera en voz baja, inclinándose sobre el Mapa.
Su cabello rubio, húmedo por el sudor, caía sobre sus hombros descubiertos, revelando la nitidez de su cuello y la clavícula de una palidez casi escandinava que contrastaba con el entorno opaco—.
El sector Viacha está cerca al arroyo del Diablo.
Es un tributario secundario del curso medio del río Negro, a casi cuatrocientos kilómetros al noroeste de aquí.
—Las lecturas satelitales que conseguiste en Madrid marcan deforestación reciente en ese cuadrante, ¿verdad? —preguntó Ariadna, ajustando el gran angular de su Leica mientras revisaba el visor digital.
—No es solo deforestación —respondió Vera, deslizando la punta de un bolígrafo técnico sobre la escala del mapa—.
Son trazas de turbidez extrema en el lecho del río.
Hay maquinaria pesada trabajando en esa veta.
Titan Rex ha instalado un complejo de extracción por hidro mecanización.
Usan monitores hidráulicos para derribar las laderas de la montaña y lavar el cuarzo.
El mercurio que vierten al agua para amalgamar el oro está envenenando toda la cuenca hidrográfica abajo.
—Toneladas de oro saliendo en avionetas clandestinas hacia Venezuela y Surinam, y de allí a los mercados de materias primas en Europa —añadió Ariadna, sintiendo el chispazo de la adrenalina recorriéndole las venas—.
Es una mina de oro ilegal valorada en cientos de millones de euros, custodiada por mercenarios privados.
—Boa tarde, meninas —interrumpió una voz áspera a sus espaldas.
Ambas se sobresaltaron. Tras ellas se encontraba un hombre de mediana edad, con el rostro cruzado por cicatrices profundas de viruela, unos ojos amarillentos y una dentadura incompleta que mostraba en una sonrisa turbia, que probablemente conllevaba un mal aliento, Vestía una camiseta de tirantes manchada de grasa y unos pantalones de dril raídos.
—Me llaman "El Culebra" —dijo en un portugués masticado, apoyando dos manos enormes y mugrientas sobre el borde de la mesa, a escasos centímetros del mapa—. En el puerto dicen que buscan una embarcación para subir por el río Negro hasta la zona de los rápidos.
Ariadna cerró la tableta de un golpe seco y cubrió el mapa con el brazo, mirando directamente a los ojos del tipo con una audacia que rozaba la imprudencia.
—Buscamos un guía que conozca los canales secundarios sin hacer preguntas —respondió Ariadna con voz firme—. Pagamos en dólares. La mitad ahora, la mitad cuando estemos en el punto de desembarco.
El Culebra desvió la mirada por un segundo, recorriendo con una lentitud descarada la anatomía de ambas españolas: la firmeza de las piernas de Ariadna al descubierto por los pantalones cortos y el escote pronunciado de la camiseta de Vera. Sonrió de nuevo, dejando ver un canino de oro.
—La selva arriba no es lugar para mujeres tan bonitas —comentó el guía, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un silbido desagradable—. Hay hombres en esas aguas que no han visto una mujer blanca en dos años. Hombres armados que no responden a la policía de Manaos ni a los jueces de Brasilia.
—Sabemos defendernos, Culebra —intervino Vera, manteniendo el tono profesional, pero sintiendo una picadura de alarma en la base del nudo de su estómago—. ¿Nos llevas o buscamos a otro en el puerto?
El hombre escupió un hilo de saliva oscura sobre el suelo de baldosas del bar.
—Cincuenta dólares al día. Más el combustible de la canoa —dijo, extendiendo una mano callosa y sucia—.
Salimos a las cuatro de la mañana, antes de que la policía marítima monte los controles en la desembocadura.
Si el sol los coge en el muelle con esas cámaras, no llegarán ni a la primera curva del río.
Ariadna sacó un billete de cien dólares de su riñonera táctica y se lo entregó. El Culebra lo examinó al trasluz, lo guardó en su bolsillo sin dar las gracias y se retiró hacia la penumbra de la calle con un paso cansino y desigual.
—No me gusta ese tipo —murmuró Vera, limpiando la mesa con una servilleta de papel donde el hombre había apoyado sus dedos.
—A mí tampoco —admitió Ariadna, guardando el mapa en el compartimento estanco de su mochila—. Pero es el único que se atreve a entrar en el cuadrante del arroyo del Diablo sin exigir permisos de la Fundación Nacional del Indio ni de la Marina.
En ese momento, desde una de las mesas del fondo del bar, el destello metálico de un encendedor captó la atención de Ariadna.
Un hombre alto, de talle atlético y cabello rubio cortado al estilo militar, las observaba fijamente a través del humo de un cigarrillo.
Tenía una cicatriz vertical que le cruzaba la mejilla izquierda desde el pómulo hasta la comisura de los labios.
Llevaba un reloj táctico de diseño alemán en la muñeca y un polo negro con el cuello levantado que no lograba ocultar la rigidez de sus hombros.
Al cruzarse su mirada con la de Ariadna, el hombre no la desvió.
Llevó dos dedos a la sien en un saludo irónico, apagó el cigarrillo sobre el cenicero de loza y se puso en pie con una calma calculada.
A su lado, otro individuo de contextura más gruesa y tez morena guardó en una funda sobando una radio transmisora de frecuencia cerrada.
—Nos están observando —susurró Ariadna sin mover los labios, fingiendo revisar el lente de su cámara.
—Vámonos a la habitación —dijo Vera, sintiendo un sudor frío y repentino pegándole la ropa al cuerpo—. Ahora mismo.
Recogieron sus equipos a toda prisa y subieron por la crujiente escalera de madera que conducía a la segunda planta. El pasillo estaba a oscuras, iluminado únicamente por la luz parpadeante de un fluorescente al final del corredor.
Al llegar a la puerta de la habitación 204 , Vera introdujo la llave de latón en la cerradura con la mano temblorosa. Antes de girarla, Ariadna la detuvo pones un dedo sobre sus labios.
En el silencio del pasillo, ahogado por el ruido de la lluvia que acababa de romper con violencia contra las tejas del tejado, se escuchaban pasos lentos sobre los peldaños de madera. Pasos pesados, rítmicos, que subían sin prisa.
Ariadna deslizó la mano derecha hacia el bolsillo lateral de su pantalón corto, aferrando la empuñadura de goma de su navaja táctica plegable.
La puerta de la habitación de al lado se abrió y la sombra del hombre de la cicatriz se proyectó sobre la pared desconchada del pasillo.
El sujeto pasó al lado de ellas sin decir una palabra, desprendiendo un fuerte olor a loción de afeitar cara mezclada con tabaco Virginia.
Entró en la habitación 205 y cerró la puerta de golpe.
Vera giró la llave, empujó a Ariadna al interior y echó el cerrojo de hierro por dentro.
El dormitorio era pequeño, ocupado por dos camas estrechas cubiertas por mosquiteras deshilachadas. El aire que ingresaba por la ventana emitía una refrescante corriente de aire húmedo.
Vera se dejó caer sobre el borde de la cama, cubriéndose el rostro con las manos.
—Ariadna, esto es una locura. Ese hombre es de Titan Rex , Estoy segura. Tenía el mismo tipo de equipo de comunicación que usan las patrullas de seguridad privada en las concesiones mineras.
Ariadna caminó hasta la ventana, entreabrió las lamas de la persiana de madera y miró hacia la calle iluminada por la penumbra.
Abajo, aparcado junto a un poste de teléfono, un todoterreno Toyota Pick-up de color negro con los cristales tintados mantenía el motor encendido.
La luz de posición del vehículo proyectaba un reflejo rojo sobre los charcos de la acera.
—No nos van a detener —dijo Ariadna con una voz helada en la que no había espacio para la duda—.
Han venido a intimidarnos porque saben que, si publicamos las coordenadas exactas de la mina y los análisis de agua y suelo de Vera en el diario El País o en el Spiegel , el gobierno federal no podrá seguir mirando hacia otro lado.
Sacó de su bolso el teléfono móvil. Todavía no había señal.
Ariadna apretó las mandíbulas, sintiendo una mezcla destructiva de rabia y fijación profesional. Se giró hacia Vera, que la miraba con los ojos desorbitados por el temor.
—Pon los relojes a las tres y media de la mañana —ordenó Ariadna, comprobando las baterías de litio de las linternas frontales—. Mañana antes del amanecer estaremos navegando por el río Negro. Y si ese tipo de la cicatriz nos sigue... se asegurará de salir en la primera página de mi reportaje.
Vera no respondió. Se acostó vestida bajo la mosquitera, manteniendo la linterna táctica a su alcance bajo la almohada.
Fuera, el trueno retumbó sobre el cauce del Amazonas, sacudiendo los cristales viejos de la ventana como si una fuerza invisible intentara derribar las paredes de la habitación.
Ninguna de las dos logró conciliar el sueño muy temprano en esa noche.
Ariadna pensaba en lo efímero de la vida, nadie sabe cuándo nos tocara, todos absolutamente todos moriremos algún día, y lo que verdaderamente importa es vivir el día a día como si fuera el ultimo luchar por lo que nos apasiona y eso era lo que ella estaba haciendo ahora.
Vera en cambio le apasionaban los animales y especialmente aquellos que estaban en peligro de extinción por culpa de la mano del hombre, por eso es que se decidió estudiar Ingeniería Ambiental y pensaba hacer una explicación en especies en peligro; este viaje a la selva de Brasil era una oportunidad en tener en vista en primera mano el entorno de los animales silvestres que tenían como hogar la selva, y planeaba escribir un artículo para su tesis, meditaba en estos pensamientos y sintiendo una inquietud extraña acerca de los peligros que tenía en frente mientras se sumía en la inconsciencia, ya estaba durmiendo.