CAPITULO 10
El descenso desde las alturas andinas hacia la cuenca amazónica fue un tránsito brusco, una transición violenta donde el aire seco y helado del Altiplano dio paso a un calor denso, espeso y húmedo que se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa.
Tras un azaroso trayecto por carretera hasta la región fronteriza del bajo Beni, el departamento de Beni ocupa una enorme extensión del norte de Bolivia, Beni no es simplemente selva .
Es un mundo de ríos gigantes, llanuras interminables, bosques inundables, lagunas, pampas y cielos tan abiertos que, al atardecer, parecen no terminar nunca.
Durante siglos circularon relatos sobre una enorme riqueza escondida en el interior de Sudamérica; expedicionarios atravesaron territorios amazónicos buscando oro y riquezas fabulosas el misterioso y mítico Dorado una de los grandes enigmas que obsesionó a los exploradores europeos durante siglos; un reino perdido en algún lugar de las inmensas selvas y montañas de Sudamérica, donde supuestamente un soberano cubría su cuerpo de polvo de oro y arrojaba tesoros a una laguna sagrada.
Cada expedición que penetraba en la selva regresaba con historias más extraordinarias: ciudades ocultas, templos repletos de riquezas y pueblos desconocidos que vivían más allá del horizonte.
Muchos murieron buscándolo, atravesando ríos, pantanos y bosques interminables, pero jamás encontraron la ciudad dorada
Finalmente, el equipo alcanzó Puerto Guayamerin, un enclave fluvial sepultado en el lodo, donde el río Mamoré abría sus aguas marrones y pesadas hacia la inmensidad del Amazonas.
El puerto era un caos de tablones podridos, bidones de diésel abandonados, puestos de pescado frito y puestos de control militar donde el dinero cambiaban de mano con la misma rapidez que las miradas de desconfianza. El calor rozaba los treinta y ocho grados con una humedad del noventa por ciento.
—Manaos no está a la vuelta de la esquina, Montana —dijo Killari, secándose el sudor de la frente con un pañuelo mientras observaba el ir y venir de las barcazas—.
Son cientos de kilómetros de navegación por ríos tributarios que no aparecen en los mapas comerciales.
Si tomamos una embarcación de pasaje oficial, nos interceptarán antes de cruzar la frontera del estado de Amazonas.
Diego recorrió la ribera observando los cascos de las naves amarradas.
Entre peones de carga, lanchas de extracción de arena y peque-peques de motor fuera de borda, localizó una motonave de madera de dos cubiertas, desgastada por la vegetación y el limo, con el nombre A Esperanza pintado en azul brillante sobre la proa.
Su capitán, un brasileño mestizo de manos callosas llamado Tiao, aceptó llevarlos a cambio de una suma considerable en dólares en efectivo y el compromiso tácito de no hacer preguntas sobre las cajas de madera que él mismo llevaba bajo lona en la cala inferior.
A las cuatro de la tarde, la hélice de A Esperanza comenzó a batir el agua achocolatada del río, dejando atrás el puerto y adentrándose en la inmensidad del paisaje selvático.
El viaje por el río pronto reveló su verdadera naturaleza: una prueba de resistencia constante.
Navegar por los tributarios amazónicos no era un paseo pintoresco, sino un ejercicio de atención continua.
El cauce cambiaba a cada milla; árboles gigantescos arrancados por la corriente flotaban a deriva como lanzas sumergidas capaces de abrir el casco de madera en un segundo, mientras que los bancos de arena invisibles amenazaban con encallar la nave en zonas infestadas de rayas de río y caimanes negros.
Al caer la noche, la selva despertaba en un rugido sordo y envolvente.
El zumbido constante de millones de insectos cubría el chasquido del motor diésel.
Grandes nubes de mosquitos y jejenes atacaban cualquier tramo de piel descubierta, obligando al equipo a embadurnarse en repelente de citronela y quemar espirales de azufre en la cubierta.
Para colmo de males, en el segundo día de navegación, una tormenta tropical descargó una cortina de agua tan densa que el capitán Tiao tuvo que arrimar la embarcación a la orilla y amarrar el casco a los troncos de los manguares.
Las olas provocadas por la corriente hacían cabecear a A Esperanza con violencia, haciendo crujir cada tabla de su estructura.
Bajo el refugio improvisado de la cubierta, mientras las ráfagas de agua azotaban las lonas con furia, la violencia de la tormenta pareció trasladarse al interior de la embarcación.
Killari, con la frialdad de quien está acostumbrada a gestionar crisis en el campo, intentaba asegurar las cajas de instrumentos colocándoles correas adicionales.
En un sacudón brusco del barco, Tatiana se apresuró a apartar una de las bolsas tácticas antes de que la antropóloga terminara de sujetarla, provocando que un mosquetón de acero se soltara y golpeara ruidosamente el suelo de madera.
—Le pedí que no tocara la estiba sin avisa antes, señorita Steele —dijo Killari con voz cortante, girándose hacia ella con la mirada encendida.
—Si no la movía, su correa habría aplastado el disco duro con las copias del satélite, doctora —replicó Tatiana sin dar un paso atrás, erguida, con la ropa empapada pegada al cuerpo y sosteniendo la mirada con una audacia provocadora—.
Tal vez sus métodos analíticos sean impecables en el laboratorio del Cusco, pero la gestión de datos en tiempo real requiere reflejos un poco más rápidos.
Killari soltó un jadeo helado, dando un paso hacia la joven hasta quedar a escasos centímetros de ella.
En sus ojos no solo había desaprobación académica, sino el amargo aguijón de la envidia contenida al ver la lozanía, la desfachatez y la juventud desbordante de Tatiana, una fuerza física que competía directamente por la atención de Diego.
—No confunda la imprudencia con los reflejos, Tatiana—murmuró Killari con una calma cargada de veneno—. Sé perfectamente qué es lo que busca aquí, y le aseguro que la fascinación por el peligro no la convierte en imprescindible. Ni en el campo... ni para Montana.
Tatiana apretó la mandíbula, y por un instante un destello de celos puros y mordaces cruzó su rostro al recordar la complicidad histórica y el amor sereno que unía a la antropóloga con el geólogo.
—¡Hay que asegurar el equipo geotécnico! —gritó Diego desde la cubierta inferior, mientras el agua de lluvia corría como un arroyo por los pasillos.
Tatiana bajo de inmediato tras él. Ambos se lanzaron sobre las cajas de aluminio que amenazaban con deslizarse hacia la borda.
En medio del bamboleo de la nave y la oscuridad iluminada solo por los relámpagos que cruzaban el cielo selvático, Tatiana tropezó con una cuerda tensa y cayó hacia adelante.
Diego la atrapó al vuelo por la cintura.
El impacto del cuerpo de Tatiana contra el suyo fue directo y rotundo.
Su ropa, empapada por la lluvia torrencial, se adhería a su figura revelando las curvas firmes de su juventud.
Diego la sostuvo con fuerza contra su pecho para evitar que resbalara en la cubierta resbaladiza.
Por un segundo interminable, el rugido de la tormenta y el estruendo de la selva desaparecieron.
Tatiana echó la cabeza hacia atrás, pegando su rostro al de él.
Sus labios, húmedos por la lluvia, estaban a escasos milímetros de los de Diego.
En sus ojos oscuros no había miedo, solo una provocación directa, después de su escaramuza anterior sentía un deseo salvaje y sin filtros que desafiaba cualquier norma.
Sintió el calor de la piel de ella a través de las prendas mojadas y el latido acelerado de su corazón contra sus costillas.
El instinto biológico y la atracción física pura rugieron en la mente de Diego como una marea caliente.
—Gracias, profesor... —susurró ella, sin alejarse un solo centímetro, respirando el mismo aire agitado que él.
Diego apretó las manos en la cintura de Tatiana, librando una batalla feroz contra su propio deseo.
La tentación de ceder, de cruzar la línea y dejarse arrastrar por la carga sensual de la joven era casi insoportable.
Pero antes de que el impulso lo venciera, la luz de una linterna cortó la penumbra de la cubierta.
—¿Está todo bien allá abajo? —la voz de Killari resonó desde la parte superior de la escala, firme pero teñida de una sospecha inmediata al ver la proximidad entre ambos.
Diego soltó a Tatiana lentamente, manteniendo la compostura con el entrenamiento de quien ha controlado situaciones de riesgo extremo.
—Todo bajo control, Killari —respondió Diego, volviéndose hacia la linterna con la respiración contenida—. Las cajas están fijadas. Subamos a la cabina antes de que la corriente empeore.
Tatiana lanzó una mirada rápida y desafiante hacia la escala antes de subir los peldaños, dejando tras de sí el rastro de su perfume de jazmín mezclado con el olor de la lluvia tropical.
Esa misma noche, cuando la tormenta amainó y el río recuperó una calma engañosa, la tripulación y los pasajeros intentaron descansar en la pequeña cubierta superior. La humedad seguía siendo asfixiante.
Bajo las estrellas fijas del cielo amazónico, con el motor de A Esperanza latiendo como un corazón de hierro en medio de la corriente, Diego Montana contempló el río infinito.
Sabía que la selva no era el único territorio peligroso que estaba cruzando; el verdadero abismo estaba en su propio pecho, dividido entre la pasión instintiva que lo empujaba hacia el abismo con Tatiana y el amor profundo y verdadero que lo anclaba a Killari.