El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El paso fronterizo de Desaguadero quedó atrás entre el humo de los camiones de carga y el bullicio incansable del comercio informal que hervía a ambos lados del puente internacional.

Tras sellar los pasaportes y superar la inspección aduanera boliviana gracias a los salvoconductos académicos de Killari, el equipo abordó una combi Mitsubishi contratado que los aguardaba al otro lado de la frontera.

El trayecto a través del Altiplano boliviano ofreció un paisaje de una sobriedad majestuosa, mientras escuchaban música folclórica muy relajante a casi cuatro mil metros de altitud, la carretera cortaba una planicie infinita de tierra cobriza y pasto seco, custodiada en el horizonte oriental por la Cordillera Real.

Los picos nevados del Illampu y el Huayna Potosí se alzaban como gigantes de hielo cortando un cielo azul impecable.

Pequeños caseríos de adobe con tejados de paja bordeaban la ruta, donde mujeres aymaras con sus característicos sombreros de hongo y polleras de vivos colores caminaban con aplomo frente al viento helado de la tarde.

Al cabo de dos horas de viaje, la meseta plana pareció interrumpirse bruscamente.

La combi en su ruta atravesaba El Alto, una metrópoli andina suspendida en el aire que se erigía con una personalidad viva, desbordante y profundamente singular.

A más de cuatro mil metros de altitud, la ciudad respiraba una energía febril marcada por los mercados callejeros donde las mujeres vendían viandas de comida y bebidas calientes en las calles, en sus calles, el pulso comercial era inagotable; entre el vaivén de miles de jóvenes aymaras, el olor a maíz tostado, chicharrón de llama impregnaba un aire delgadísimo que parecía cristalizar la luz poniente del sol.

El Alto no era simplemente un suburbio de la capital, sino un universo vibrante de identidad, progreso indígena y resistencia, donde las estaciones del teleférico emergían como torres de un futuro ancestral construido sobre la mismísima cima del mundo.

De pronto, la tierra se abrió en una hondonada monumental, la ciudad de La Paz apareció ante ellos como un abismo urbano de arquitectura imposible.

Construida en una grieta gigante labrada por los milenios en la meseta andina, la hoyada paceña se desplegaba hacia abajo en un anfiteatro de ladrillo rojo, cemento y pendientes jaqueadas por la gravedad.

Millares de casas se aferraban a las laderas casi verticales.

En el fondo de la hondonada, dominando toda la cuenca con sus tres cumbres de nieve eterna teñidas de rosa por el atardecer, se erigía el majestuoso nevado Illimani.

—Es una anomalía geológica y topográfica —comentó Diego, observando cómo las calles descendían en ángulos vertiginosos hacia el centro de la ciudad.

—Y un nudo geopolítico estratégico —añadió Sofía desde el asiento delantero—. Todo el oro que sale ilegalmente del norte de Bolivia y del sur del Amazonas pasa, en algún momento, por las galerías financieras clandestinas de esta cuenca.

El vehículo serpenteó por las pendientes pronunciadas hasta internarse en el casco histórico y detenerse frente a un acogedor hospedaje de fachada colonial en el pintoresco barrio de Sopocachi.

Al cruzar el portón de madera y llegar a la recepción, el encargado —un hombre mayor de trato amable— revisó la reserva efectuada a última hora desde la frontera.

—Buenas noches. Tengo la confirmación de la reservación —dijo el recepcionista, ajustándose las gafas—. Por la alta demanda de esta semana solo nos quedan dos habitaciones disponibles: una suite amplia con cama matrimonial y balcón, y una habitación individual en el piso superior.

La declaración cayó en el vestíbulo como un detonador.

—Nos quedamos con la suite el Profesor y yo y que la doctora Yupanqui tome la individual —sugirió provocadoramente Tatiana de inmediato, dando un paso al frente y mirando a la antropóloga con tono de aparente mordacidad e ironía.

Killari se giró despacio, enarcando una ceja con una helada frialdad académica.

—Señorita Steele, yo llevo diez años coordinando expediciones de campo con el profesor Montana.

En este tipo de misiones la cadena de mando y el trabajo analítico nocturno requieren que el equipo principal comparta el espacio de trabajo.

Diego y yo nos quedaremos en la suite para revisar la cartografía de la mina.

Usted estará perfectamente cómoda en la individual.

Tatiana no dio un paso atrás. Sostuvo la mirada de Killari con un destello de rebeldía contenida.

—Doctora Yupanqui, con todo respeto, yo soy quien procesa las imágenes satelitales en tiempo real.

Si vamos a analizar la reflectancia del suelo esta noche, la terminal de datos tiene que estar en la misma mesa que la cartografía.

Además, no creo que las jerarquías académicas definan quién duerme en qué cama durante una investigación privada.

—No se trata de jerarquías, Tatiana, se trata de criterio y experiencia profesional —replicó Killari, endureciendo el tono—. No estamos en un campamento universitario.

—Suficiente —intervino Diego con voz baja y firme, cortando la tensión en seco antes de que el recepcionista comenzara a sentirse incómodo—.

Ninguna discusión absurda por habitaciones.

Killari, tú tomas la habitación individual para descansar adecuadamente.

Tatiana usara la suite, y yo me iré a otro hotel a pasar la noche y mañana temprano nos reuniremos. Asunto resuelto.

Killari miró a Diego con un destello de procacidad y recelo en los ojos, captando el ambiente caliente, mientras Tatiana, quien, por su parte, esbozó una leve sonrisa de satisfacción que disimuló de inmediato ajustándose la mochila.

Otra noche en que el profesor montano no pudo dormir…

A las ocho de la mañana del día siguiente, el aire frío y seco de La Paz raspaba la garganta.

El equipo se reunió y caminó desde Sopocachi hacia el centro histórico para desayunar en los callejones de la Plaza San Francisco, el corazón pulsante de la ciudad donde la imponente basílica de piedra labrada dominaba el ir y venir de transeúntes, fotógrafos y vendedores ambulantes.

Se sentaron en una mesa exterior de una tradicional cafetería frente a la plaza.

Bajo el sol radiante del Altiplano, disfrutaron de un desayuno típico paceño: api caliente —una bebida densa y aromática a base de maíz morado con canela y clavo— acompañado de gigantescas empanadas pasankallas y marraquetas crujientes rellenas de queso criollo frito.

—El api te devuelve la temperatura al cuerpo en tres sorbos —comentó Diego, dejando la taza sobre la mesa mientras observaba el mapa del centro de la ciudad.

—Y la glucosa nos va a hacer falta —agregó Killari, recobrando la postura profesional tras la tirantez de la noche anterior—. La zona a la que vamos no tolera errores.

Tras terminar el desayuno, se dirigieron a pie hacia las callejuelas empinadas que subían detrás de la iglesia de San Francisco, adentrándose en el entramado del Mercado de las Brujas y las vías aledañas donde operaba el mercado negro de oro informal.

El ambiente era denso, colorido y opresivo.

Entre puestos de remedios tradicionales, fetos de llama disecados, tejidos multicolores y amuletos de azufre, se escondían pequeñas galerías comerciales sin rótulo.

En sus fachadas, pequeños letreros de latón rotulados a mano anunciaban: "Compro oro - Pago al contado" .

Diego, Killari y Tatiana caminaron en fila entre la multitud. El olor a copal e incienso quemado se mezclaba con el gasóleo de los vehículos.

—No saquen cámaras ni teléfonos —advirtió Diego en voz baja—. Aquí la seguridad la manejan clanes familiares y mineros cooperativistas. Si ven que registramos datos, la conversación se termina antes de empezar.

Ingresaron en una pequeña Galería subterránea iluminada por tubos fluorescentes parpadeantes. Dentro de un cubículo de cristal blindado, un hombre de rostro enjuto y dedos manchados de ácido pesaba pequeñas pepitas de oro en una balanza de precisión.

Diego se acercó al mostrador, apoyó los antebrazos sobre la madera y sacó de su bolsillo una pequeña muestra de roca con incrustaciones metálicas que había recogido en la cuenca andina.

—Busco evaluar la calidad de esta muestra —dijo Diego con tono tranquilo, usando el argot técnico de los geólogos de mina—. Me dijeron que en la zona del río Negro están saliendo lotes con este tipo de cuarzo y concentración de sulfuros.

El comerciante levantó la vista, evaluando el aspecto de Diego y la presencia de las dos mujeres tras él. Tomó la piedra, la examinó con una lupa de joyero y escupió al suelo antes de responder en un tono áspero:

—Ese material no es de aquí. Eso viene de la franja norte, cerca de la frontera con Brasil. Allí no entran los mineros independientes. Eso lo maneja la gente de las barcazas grandes y la empresa alemana.

—¿La firma Titan Rex ? —intervino Sofía con sutileza, dando un paso adelante.

El hombre reaccionó de inmediato: guardó la piedra sobre el mostrador y bajó la persiana metálica del ventanillo hasta dejar solo una rendija.

—No pronuncie ese nombre aquí, señora. Esa gente no vende el oro en el mercado de la ciudad.

Lo sacan directamente en avionetas desde pistas clandestinas en el monte hacia Manaos y Santa Cruz.

Si ustedes están haciendo preguntas sobre ese material, les sugiero que tomen el primer autobús fuera de La Paz antes de que los chicos de la cooperativa sepan que están indagando.

Diego tomó la muestra de vuelta, cruzó una mirada rápida con Killari y Tatiana, y salieron de la galería hacia la luz brillante de la calle; los tres no se dieron cuenta que un indígena robusto con un poncho negro se puso a seguir sus pasos con destreza.

—Nos confirmó el patrón logístico —murmuró Diego mientras descendían hacia la avenida principal—.

La extracción ilegal no comercializa en el circuito local.

Utilizan la ruta fluvial y aérea transfronteriza.

El siguiente paso es embarcarnos hacia Manaos antes de que la noticia de nuestras preguntas se filtre por la red de la minería informal.