CAPÍTULO 8
En el asiento del conductor estaba Eusebio, un hombre de más de cincuenta años, de piel curtida por el sol andino, pómulos marcados y ojos pequeños pero afilados como cuchillas.
Empleado veterano de la universidad y chofer oficial de las expediciones de Killari desde hacía más de una década, Eusebio acomodaba las últimas cajas de madera en la tolva trasera de la camioneta, asegurándolas con una lona impermeable y cuerdas de nailon.
—Todo listo, Doctora —dijo Eusebio en un castellano pausado, matizado por la cadencia suave del quechua—. El paso por Desaguadero va a estar feo si no llegamos antes del mediodía. Hay huelga de transportistas en el lado boliviano.
—Gracias, Eusebio —respondió Killari, ajustándose una cazadora térmica verde oliva y una bufanda de lana de vicuña.
Diego terminó de subir los maletines de aluminio con el equipo geotécnico.
Tatiana, envuelta en su impermeable amarillo que contrastaba con la penumbra de la madrugada, subió al asiento trasero junto a las mochilas de mano y los ordenadores portátiles.
Killari tomó el lugar del copiloto, mientras que Diego se acomodó detrás de ella, al lado de Tatiana.
La proximidad dentro de la cabina era inevitable; el espacio reducido hacía que las piernas de Diego rozaban levemente las piernas de su alumna a cada movimiento del vehículo, especialmente en las curvas se entrechocaban con fuerza generando un murmullo de tensión eléctrica que ninguno de los dos se atrevió a reconocer.
Eusebio metió primera, la camioneta rugió con fuerza diésel y salieron a las calles desiertas de madrugada del Cusco.
Dejaron atrás la capital incaica ascendiendo por la serpenteante ruta que conducía hacia el sur.
A medida que el vehículo ganaba altura, la vegetación arbustiva y las plantaciones de maiz comenzaron a desaparecer.
El paisaje andino fue mutando gradualmente en una meseta infinita, colosal y desolada: el Altiplano sudamericano.
El viaje continuó durante horas bordando la inmensidad de la puna.
Pasaron por pueblos rurales de casas de adobe y tejados de paja donde las mujeres caminaban al borde de la vía acompañados de mulas cargando mercancía, y por el histórico paso de La Raya, el punto geográfico más alto de la ruta, a 4.
335 metros de altitud, donde el aire era tan delgado que hasta el motor diésel de la Hilux perdía potencia perceptiblemente.
Cuando el primer rayo de sol rompió el horizonte por el este, una luz dorada y tajante inundó la inmensidad del paisaje.
Llegando a la región de Puno a más de 3.
800 metros sobre el nivel del mar, el mundo se redujo a tres elementos esenciales: un viento eterno dentro de un cielo azul cobalto, profundo y sin una sola nube; una cadena interminable de cordilleras coronadas de nieve eterna que cerraban el horizonte como dientes de gigante; y una estepa dorada de ichu , el pasto duro y seco de la puna que ondeaba con el viento helado como un mar de oro viejo.
—El Altiplano no perdona al tiempo, Montana —dijo Killari desde el asiento delantero, girándose levemente para mirarlo sobre el respaldo—.
Esta meseta se formó por el levantamiento tectónico de la cuenca del antiguo lago Titicaca hace millones de años.
Es una caldera climática: calor abrasador bajo el sol directo y congelamiento automático a la sombra.
—Una cuenca endorreica perfecta —agregó Tatiana, consultando su tableta mientras la camioneta avanzaba a noventa kilómetros por hora por la carretera asfaltada—.
Si hay contaminación por metales pesados en las cabeceras de esta cuenca, los sedimentos quedan atrapados durante siglos sin llegar al océano. Es una trampa geológica.
Eusebio sonrió de lado, observando por el espejo retrovisor.
—Aquí la tierra es sabia, señorita —intervino el chofer con tono pausado—. Los animales lo saben. Miren allá.
Diego pegó el rostro a la ventanilla helada.
A un lado de la carretera, un rebaño de vicuñas de pelaje canela y pecho blanco pastaba con elegancia.
Con sus cuellos largos y movimientos ágiles, los camélidos sudamericanos ni siquiera se inmutaron ante el rugido del motor.
Más lejos, en una depresión del terreno inundada por un riachuelo cristalino, un grupo de alpacas y llamas de lana tupida paciéndose junto a huallatas —gansos andinos de plumaje blanco y negro— y parihuanas, los flamencos de alas rosadas cuyo vuelo inspiró los colores de la bandera peruana.
Cerca de las diez de la mañana, tras superar las afueras de la vibrante ciudad ganadera de Ayaviri y dejar atrás los acantilados de piedra de Puno, la carretera dobló hacia el este y el paisaje se abrió en una panorámica que dejó a todos en silencio.
El Lago Titicaca surgió ante los ojos de todos.
A 3.812 metros de altura, el lago navegable más alto del mundo no parecía un cuerpo de agua dulce, sino un océano interior incrustado en el techo de los Andes.
La superficie del agua, de un azul ultramar tan intenso que rayaba en el violeta, reflejaba el sol con un destello cegador.
En la orilla, espesos totorales verdes emergían del agua, creando laberintos naturales donde las aves acuáticas nidificaban.
A lo lejos, en la línea del horizonte, las islas sagradas y la imponente Cordillera Real del Alto Perú se alzaban con sus picos nevados cortando las nubes como murallas de cristal.
—Es deslumbrante... —murmuró Tatiana, fascinada por la inmensidad del agua de un color azul intenso reflectante en el cielo andino.
—Los incas creían que de estas aguas emergió el sol para crear el mundo —comentó Killari, contemplando el lago con una mezcla de respeto y nostalgia—.
Y para la antropología forense, estas aguas heladas guardan la temperatura perfecta para preservar cualquier materia orgánica casi indefinidamente.
Si el lago toma algo, lo devuelve intacto años después.
Diego no quitaba la vista del horizonte.
La majestuosidad del paisaje andino contrastaba fuertemente con la turbia misión que los llevaba hacia el este.
Sabía que detrás de esa belleza ancestral se extendían las redes de contrabando, minería ilegal y corrupción que unían las fronteras de Perú, Bolivia y Brasil.
Eusebio redujo la marcha mientras la camioneta se aproximaba al caos urbano y fronterizo de Desaguadero.
Filas kilométricas de camiones de carga, comerciantes ambulantes cruzando el puente internacional con carretas cargadas de mercancía y puestos de control migratorio abarrotados de gente marcaban el límite entre dos naciones.
—Hasta aquí llego yo, Doctora —dijo Eusebio, apagando el motor cerca del puesto de control peruano—. De aquí en adelante, Bolivia los recibe con sus propias reglas. Que la Pachamama los cuide en la selva.
Diego bajó del vehículo, sintiendo el viento helado del Titicaca golpear su rostro.
Ayudó a descargar las pesadas cajas metálicas de la tolva mientras Killari revisaba los salvoconductos institucionales.
A su lado, Tatiana ajustó su mochila táctica y miró hacia el puente internacional.
La frontera era solo el primer filtro; al otro lado los esperaba la bajada hacia los Yungas y la ruta fluvial hacia el infierno verde de Manaos.