CAPÍTULO 7 #3
Por la mañana el viaje atravesó la humedad voraz del norte hasta que el paisaje de selva y asfalto podrido comenzó a metamorfosearse.
Horas de carretera se convirtieron en el rugido incesante de Sao Paulo, pero Valdir no las llevó hacia el centro caótico ni a las favelas marginales.
El auto tomó una bifurcación privada, custodiada por garitas de seguridad armada, e ingresó a la nueva meca de la opulencia brasileña: una urbanización exclusiva y privada nacida al amparo de la fiebre del oro amazónico.
Allí, el barro de la selva se había transformado en un espectáculo desvergonzado de opulencia.
A ambos lados de las avenidas impecablemente iluminadas se levantaban mansiones modernas de vidrio, mármol y hormigón visto, erigidas por la nueva casta de multimillonarios que habían desangrado los ríos del norte para comprar su lugar en el cielo paulista.
En las entradas de las propiedades, aparcados como trofeos de guerra bajo luces direccionales, relucían los caprichos del dinero rápido: Ferraris de un rojo cegador, sofisticados Mercedes-Benz Maybach y rugientes Lamborghinis en tonos neón que desafiaban cualquier noción de discreción.
Valdir detuvo el vehículo frente a los portones de hierro forjado de una residencia que parecía más un palacio futurista que un hogar, donde la música de una fiesta privada retumbaba contra los muros.
—Bienvenidas al paraíso de los garimpeiros —dijo el contrabandista, esbozando una sonrisa de dientes de oro mientras apagaba el motor—. Aquí es donde las toneladas de tierra amazónica se convierten en champán, sexo y superdeportivos. Están por pisar el suelo más caro de la ciudad.
La fiesta era un despliegue sofocante de vanidad y exceso.
Entre las paredes de mármol blanco y las cristalerías importadas, había numerosas mujeres jóvenes de diversas sangres la mayoría de las cuales parecían modelos o reinas de belleza, compartiendo con hombres cincuentones, el aire olía a perfume costoso, alcohol de reserva y puro.
Cuando Ariadna y Vera cruzaron el vestíbulo custodiado por hombres de seguridad con trajes oscuros, la conversación de varios grupos se detuvo de golpe.
En un entorno ahogado por el artificio, la belleza de las dos españolas resultaba magnética y refrescante.
Ariadna, con su postura erguida, la piel dorada por el trabajo de campo y sus ojos avellana que escudriñaban cada rincón con audacia, transmitía un magnetismo indomable.
A su lado, Vera parecía una diosa escandinava perdida en el trópico: su cabello rubio caía sobre sus hombros con elegancia natural, y sus ojos verdes rasgados destacaban sobre su figura atlética, resaltada por la sobriedad de su ropa que contrastaba con los vestidos estrafalarios de la estancia.
No tardaron en atraer la atención de los anfitriones: hombres de mediana edad con anillos de diamantes gruesos y miradas acostumbradas a comprar y poseer todo lo que desearan.
Un magnate de aproximadamente unos sesenta años, rodeado de copas de champán, se interpuso en su camino bloqueándoles el paso con una sonrisa condescendiente.
—Vaya, Valdir... no me dijiste que traías este tipo de joyas desde Europa —dijo el hombre, recorriendo con La luz tenue de las arañas de cristal refractaba sobre la piel de ambas, convirtiéndolas en el centro gravitacional del salón.
No tardaron en ser abordadas por alguno de los magnates del evento.
Atraídos por semejante despliegue de belleza y asumiendo erróneamente que la presencia de las jóvenes estaba a la venta, un par de empresarios con copas de champán en mano se aproximaron con arrogancia.
Entre susurros alcoholizados e insinuaciones explícitas, sacaron chequeras y fajas de billetes, ofreciéndoles sumas extravagantes a Valdir, todo a cambio de que pasaran la noche con ellos en sus yates privados.
Incluso alguno habló directamente con las españolas y les prometieron dinero, ropa lujos, joyas y discreción absoluta a cambio de acceder a sus proposiciones, tratando su atractivo como una simple mercancía.
Ariadna y Vera, manteniendo la compostura con sonrisas heladas y calculadas, siguieron el juego sutilmente para no levantar sospechas mientras mantenían la atención de sus perseguidores lejos de su verdadero objetivo.
Aprovechando un descuido propiciado por la embriaguez del magnate principal, Vera se abalanzo discretamente y rozó con delicadeza la chaqueta de Valdir que ya estaba tambaleante y ebrio.
Con la precisión de una cirujana, desplazó la mano hacia el bolsillo interior y extrajo el antiguo documento doblado: el mapa que habían ido a buscar.
Con una señal imperceptible entre ambas, se escabulleron entre la multitud abarrotada antes de que la ausencia del papel fuera notada. Salieron a la noche fresca de la terraza, descendieron por las escaleras de servicio y abordaron un vehículo que las esperaba en la penumbra.
El automóvil avanzó a toda velocidad por las avenidas iluminadas con rumbo directo al aeropuerto.
Sin perder tiempo en cambiarse de ropa ni registrar equipaje, cruzaron los controles de seguridad con la adrenalina a flor de piel.
Minutos después, escucharon el llamado final de su vuelo.
Subieron a la aeronave y se acomodaron en sus asientos justo cuando los motores comenzaban a rugir en la pista, listas para despegar hacia la selva y dejar atrás el lujo, los excesos y el peligro con el mapa seguro en sus manos, destino el Amazonas.