CAPÍTULO 7 #2
El silencio del barrio no transmitía paz, sino una amenaza latente.
Las calles estaban desiertas, pero la sensación de ser observadas era opresiva.
Detrás de las ventanas rotas y los portones oxidados, pares de ojos invisibles seguían el avance del vehículo.
De vez en cuando, el destello rojo de un cigarrillo encendido en un callejón sin salida o el brillo de una hoja de acero al reflejar la luz del faro confirmaban que la oscuridad estaba habitada por sombras vigilantes.
El taxi se deslizó como un fantasma entre los charcos de agua estancada que olían a humedad, drenaje y algo amargo e indefinible, parecido a la carne en descomposición.
—A partir de aquí, el aire pesa diferente —murmuró el informante con una voz tan baja que casi se ahogó con el chirrido de los frenos—. Si escuchan un silbido o un disparo, no corran. Se agachan y rezan. Aquí la vida vale menos que la hoja de papel que venimos a buscar.
El auto se detuvo en un callejón ahogado por la vegetación silvestre que brotaba entre las grietas del cemento y por hileras de cables caídos que colgaban como serpientes muertas.
A pocos metros, las ruinas de una antigua fábrica abandonada se alzaban como una catedral en ruinas.
El viento nocturno se filtraba por las estructuras metálicas oxidadas, produciendo un gemido agudo y lastimero que erizaba la piel.
Empezó a llover, Vera tragó saliva, sintiendo que el corazón le martilleaba con fuerza contra las costillas.
Ariadna apretó las manos alrededor de su cámara, notando cómo el frío del metal se le pegaba a los dedos.
En aquel rincón olvidado del mundo, la oscuridad pareció cobrar vida propia, rodeando el vehículo y esperando pacientemente el primer error de las dos extranjeras.
El estruendo de la lluvia nocturna al golpear calles de Sao Paulo se ahogó en cuanto cruzaron la puerta del cobertizo.
Allí, envuelto en una densa nube de humo de cigarrillo barato y rodeado de huacales de madera, las esperaba Valdir: un contrabandista de colmillos afilados y mirada esquiva que llevaba años moviendo oro ilícito desde las dragas clandestinas de Manaos.
Tras un breve intercambio de miradas y el peso de un fajo de billetes cambiando de manos, el hombre hizo una seña seca con la cabeza.
—El mapa no se regala ni se vende solo con papel moneda —dijo Valdir, dejando caer el fajo de billetes en un cajón grasiento antes de clavar sus ojos fríos en ellas—.
Mañana por la mañana hay un evento privado en una mansión al sur.
Gente poderosa, compradores del oro de Manaos.
Necesito entrar mostrando que tengo presencia, y dos preciosas españolas como ustedes son el mejor pase de entrada.
Me acompañan a la fiesta, me hacen de escolta elegante unas horas y, al terminar, el mapa del sector de Viacha es suyo.
Ariadna apretó los dientes, evaluando la trampa implícita en la oferta, pero la determinación de Vera fue más rápida.
—Aceptamos. Pero el mapa nos lo entregas en cuanto pisemos esa propiedad —sentenció Vera con voz firme.
Valdir esbozó una sonrisa torcida que dejó ver un diente de oro desgastado y las guio por un pasillo angosto hasta el cuarto de huéspedes del cobertizo.
La habitación era un habitáculo opresivo, con paredes de concreto sin pintar, una sola ventana con barrotes oxidados y un par de catres de campaña desgastados.
El olor a humedad y humedad estancada lo impregnaba todo.
El resto de la noche se convirtió en una vigilia interminable.
Ninguna de las dos se atrevió a quitarse las botas ni a soltar sus pertenencias.
El sonido constante de las gotas de lluvia golpeando las láminas del techo se mezclaba con los ruidos inquietantes de la casa: pasos pesados que cruzaban el pasillo, el murmurar distante de voces masculinas en portugués y el chasquido metálico de armas al ser limpiadas o cargadas en la habitación contigua.
Ariadna permaneció sentada en el borde del catre, con la correa de la Leica enrollada fuertemente en la muñeca y el amuleto de plata de su madre apretado contra la palma de la mano.
Vera, con los ojos bien abiertos fijos en el techo agrietado, repasaba mentalmente los datos químicos del río, intentando mantener la calma mientras la adrenalina le aceleraba el pulso.
Cada crujido de la madera afuera de la puerta las hacía ponerse rígidas, conscientes de que estaban atrapadas en la guarida de un criminal, contando cada segundo hasta que los primeros destellos del amanecer pusieran fin a aquella pesadilla.
—Suban. Y no toquen nada —gruñó, abriendo las puertas de un desvencijado SUV con cristales blindados y oscurecidos hasta la opacidad.