CAPÍTULO 7
El sonido de los motores del avión comenzó a disminuir a medida que las ruedas tocaban la pista de aterrizaje, sacudiendo a las dos viajeras de su sueño intranquilo.
Tras largas horas sobrevolando el Atlántico, el vuelo finalmente tocó suelo brasileño en el Aeropuerto Internacional de Guarulhos, en São Paulo.
Al salir de la terminal, la escala del coloso paulista las recibió con una mezcla vibrante de Modernidad.
São Paulo se desplegaba ante ellas como una selva de cemento, como un océano infinito de edificios de cristal y hormigón.
A pesar de ser casi de madrugada, la silueta de los rascacielos recortaba el horizonte con una elegancia monumental, iluminada por los destellos de una metrópoli que jamás parecía dormir.
Las avenidas anchas, el diseño moderno de los edificios financieros, las mujeres hermosas y la energía frenética del tráfico nocturno revelaban la cara más sofisticada y cosmopolita de América del Sur.
—Es imponente… —murmuró Vera, ajustando la tira de su mochila mientras contemplaba las luces de la avenida Paulista en el trayecto desde el aeropuerto.
—Y gigante —añadió Ariadna, revisando el reloj—. Pero no tenemos tiempo para recorrerlo y hacer turismo, tenemos que ir a ver a un informante, el contacto nos espera antes de que abran el mercado.
A medida que los primeros rayos del amanecer teñían el cielo de tonos dorados y violetas, el taxi las dejó en el corazón palpitante del Mercado Municipal de São Paulo.
El edificio de arquitectura antigua y majestuosos vitrales comenzaba a despertar.
El aroma fresco del café recién molido, la mezcla ácida de frutas exóticas como el maracuyá y el cupuaçu, y el bullicio de los comerciantes y clientes llenaban el aire humedecido por el rocío matutino.
Ariadna y Vera se dirigieron a un modesto puesto de comidas en el interior del mercado, que ra famoso por sus deliciosos pastelillos de bacalao y jugos naturales.
Allí, sentado en una esquina sombría bajo un vitral que representaba la cosecha del café, las esperaba el informante de Ariadna: un hombre de unos cincuenta años conocido solo como "O Pescador", de rostro curtido y mirada evasiva, vestida con una chaqueta militar desgastada.
Sin cruzar saludos innecesarios, las amigas se sentaron a su mesa. O Pescador tomó un sorbo de su café cargado antes de fijar sus ojos en Ariadna y Vera.
—Son demasiado jóvenes para querer morir en la selva de Manaos—dijo en un español marcado por el acento portugués—. Titan Rex no solo compra hombres; también compra mujeres y ríos enteros.
—No vinimos a pedir consejo, sino lo que me prometiste —replicó Ariadna, manteniendo el tono firme y la postura erguida.
El hombre miró a su alrededor con cautela.
—El documento no está aquí. Un mapa detallado de la cuenca alta con los campamentos clandestinos de Viacha y las rutas no registradas no se guarda en un mercado central.
Les dijo que tendrán que subir con él a la favela Paraisópolis la más delincuencial en Sao Paulo ya lo verán.
Minutos después, a bordo de una furgoneta destartalada que olía a combustible y suciedad, se adentraron en las laderas de la ciudad.
El paisaje urbano de rascacielos pulidos dio paso rápidamente al intrincado laberinto de la favela, el paso de gente de escasos recursos, las casas de ladrillo visto y tejados de chapa se amontonaban unas sobre otras escalando los cerros, unidas por una maraña imposible de cables eléctricos y pasadizos estrechos.
A pesar de la realidad cruda y la vitalidad comunitaria que despuntaba con el sol, el ambiente estaba impregnado de una electricidad latente.
O Pescador las guio a pie por un enredo de callejones empinados donde el eco de sus pasos llamaba la atención de perros callejeros ladrando enérgicamente y las miradas furtivas y desconfiadas tras las ventanas.
Finalmente, se detuvieron ante una puerta de madera reforzada al final de un pasaje sin salida.
O Pescador golpeó la madera tres veces con un ritmo seco que pareció resonar por todo el callejón.
Mientras esperaban respuesta, un grupo de jóvenes apostados en una esquina cercana, con los torsos descubiertos y radios de comunicación enganchados a la cintura, dejó de prestar atención a sus teléfonos para fijar la mirada en las recién llegadas.
En aquel entorno de ladrillo visto y ropa tendida, la presencia de las dos españolas resultaba imposible de ignorar. Ariadna, con su porte decidido y la piel dorada, junto a Vera, cuya figura atlética y llamativo cabello rubio captaban cada rayo de luz matutina, cortaban la monotonía de la favela.
— Nossa Senhora... —murmuró uno de ellos, dejándose llevar por una sonrisa descarada mientras recorría a Vera de arriba abajo—. ¡Veja o que o vento da Europa nos traz! Con unas Meninas así, la selva se va a quemar sola.
Los demás soltaron una carcajada áspera. Otro de los chicos, apoyado sobre una motocicleta tuneada, se adelantó un par de pasos, acomodándose el pantalón con un gesto cargado de intención.
—Oye, rubia... le dijo a Vera, olvídate de los mapas y quédate aquí arriba —lanzó con tono socarrón y un español mascullado—.
Unas piernas como esas no son para caminar entre el barro de los ríos.
Si buscas a alguien que te enseñe de verdad, yo te hago un recorrido privado que no se te va a olvidar en la vida.
—¡Isso se aguentarem o calor, irmão! —añadió otro desde el callejón, imitando un silbido agudo—. muito desprezo e muito convencidas , pero a ver si tienen la misma fuerza para la noche. Aquí sabemos tratar muy bien a las que vienen con ganas de aventura... sí saben pagar el peaje.
Las insinuaciones y las risas cruzadas crearon un cerco invisible pero sofocante en el pasaje.
Vera apretó los dientes, manteniendo la barbilla en alto y la mirada helada fija en la puerta, ignorando deliberadamente los comentarios cargados de doble sentido.
Ariadna, por su parte, deslizó una mano de forma instintiva sobre la correa de su Leica, adoptando una postura rígida, alerta a cualquier movimiento en falso.
O Pescador ni siquiera se giró a enfrentarlos. Con la vista fija en la cerradura, murmuró entre dientes sin mover apenas los labios:
—Ni los miren. En este lugar, la belleza es una moneda cara... y la atención, un peligro mortal.
En ese instante, el cerrojo de hierro crujió desde el interior y la gruesa puerta de madera comenzó a abrirse lentamente.
La gruesa puerta se abrió revelando un interior penumbroso y saturado del olor a tabaco fuerte.
Al fondo del inmueble, tras una mesa repleta de maquetas arquitectónicas y planos de yacimientos de oro, las esperaba Don Vítor, un reconocido contrabandista de oro de Manaos.
Con un traje impecable que contrastaba absurdamente con la decadencia de la favela, Don Vítor examinó a las dos viajeras con la frialdad de quien calcula el valor de un cargamento.
Tras revisar los documentos de identidad que Ariadna le entregó y verificar la autenticidad de su interés por la zona de extracción de Titan Rex , el hombre guardó el mapa detallado en un maletín de cuero y sonrió con desdén.
—El mapa no se lee en un callejón de barro —dijo levantándose—. El verdadero poder del oro amazónico se ostenta cuando un hombre llega a poseer a todas las mujeres hermosas, si de verdad quieren el mapa una de ustedes tendrá que pasar toda la noche conmigo, toman esa oportunidad o la dejan…!
La respuesta les cayó como un balde de agua fría a las chicas, —¡Cerdo…! Espeto Ariadna y Vera le lanzo una mirada de desprecio diciendo; ¡Ni lo sueñe bastardo…!
—Entonces meninas mal educadas pueden irse por donde vinieron les dijo Don Vitor --No conseguirán nada mientras no den nada a cambio…! Exclamó mientras sonreirá groseramente.
O Pescador hizo una reverencia a Don Vitor mientras decía: lo siento mucho, yo pensé que las chicas iban a colaborar.
Las chicas salieron tirando la puerta, mientras O Pescador iba tras ellas diciéndoles Não deveriam ter tratado o Don Vitor assim; ele é o mais poderoso desta região de São Paulo e sempre consegue o que quer.
---Nunca nos dijiste que teníamos que tratar con un viejo pervertido le recrimino Ariadna a O Pescador; ---mientras Vera se recogía el cabello en una cola mientras murmuraba entre dientes ahora como conseguiremos el mapa del sector de Viacha.
—Por eso no se preocupen Meninas las llevare donde el socio del Don Vitor que si se entera lo que les hizo seguramente les dará el mapa si pedir nada a cambio solamente por sacar darle la contra a Don Vitor ya que es su rival más odiado ---¿A dónde nos llevaras ahora? dijo Arianda.
El calor sofocante del día había dado paso a una noche densa y húmeda, pero dentro de la furgoneta vieja el aire se sentía insoportablemente pesado.
O Pescador no dijo una sola palabra desde que cruzaron los límites de la ciudad formal.
El asfalto gastado fue sustituido por un suelo de tierra batida y piedras sueltas que hacían retumbar el chasis con un traqueteo constante, como un latido metálico que marcaba la cuenta atrás hacia la penumbra.
Se adentraron en el corazón de la zona más peligrosa y olvidada de São Paulo, un territorio donde la ley no era más que un susurro lejano y la noche pertenecía a las sombras.
A través de los cristales empañados, el paisaje urbano se deformó en una estampa macabra.
Las fachadas de ladrillo sin revocar y hormigón desmoronado se erguían a los lados de la vía como gargantas de piedra a punto de cerrarse sobre el coche.
Las pocas farolas que aún funcionaban no iluminaban; emitían una luz débil y parpadeante que proyectaba sombras alargadas y grotescas sobre los muros cubiertos de grafitis oscuros, símbolos marcados con esmalte negro que señalaban las fronteras de facciones criminales.