El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El patio interior del caserón de la Universidad Nacional del Cusco estaba en silencio en medio del bullicio del barrio de San Blas.

Rodeado por galerías de arcos de piedra andesita y balcones de cedro tallado, en el suelo de canto rodado se respiraba el olor fresco de la tierra mojada y la humedad de la fuente central de agua.

Diego avanzaba con paso firme por el corredor de la segunda planta, reconociendo el aroma inequívoco que emanaba del fondo del pasillo: una mezcla de formaldehído, cera de abejas, jabón carbólico y tierra andina pulverizada.

Tatiana lo seguía a dos pasos de distancia, atenta a cada detalle de la arquitectura colonial, ajustándose las correas de su mochila táctica.

Al fondo del corredor, tras un portón de roble con el cartel de Laboratorio de Osteología Forense y Antropología Forense , se escuchaba el murmullo de un lector de densitometría ósea. Diego empujó la puerta sin llamar.

Detrás de una mesa de trabajo cubierta de fragmentos óseos etiquetados y lupas de precisión, una mujer atractiva ya pasados los treinta y cinco años examinaba una cavidad craneal con un otoscopio digital.

Llevaba una bata blanca ajustada sobre un jersey de lana de alpaca, el cabello negro recogido en un moño profesional que dejaba escapar algunos mechones rebeldes y unos guantes de nitrilo azul.

Al escuchar el crujido de la puerta, Killari Yupanqui levantó la mirada.

Sus ojos, de un pardo profundo y brillante, se dilataron al instante. Una sonrisa genuina, luminosa y cálida iluminó su rostro de pómulos marcados y piel canela.

—¡Diego! —exclamó, dejando la herramienta sobre la mesa metálica y quitándose los guantes con un gesto ágil.

Avanzó rodeando la mesa sin importar los tubos de ensayo ni los calibradores.

Diego dio un paso al frente y la recibió en un abrazo firme y apretado.

Killari apoyó el rostro en la solapa de la chaqueta de cuero de él durante un segundo largo, respirando el aroma conocido a tabaco dulce y aire frío que siempre lo acompañaba.

—Dos años sin saber de ti, Diego —dijo ella, separándose apenas unos centímetros, pero manteniendo sus manos apoyadas en los brazos del exagente del FBI—. Una llamada a medianoche no es forma de avisar que vas a llegar a Cusco. Te ves bien... la docencia te ha sentado bien.

—Tú no has cambiado nada, Killari —respondió Diego, con una calidez en la voz que rara vez mostraba en el ámbito académico—. Sigues hablando con los muertos como si fueran tus alumnos de primera fila.

—Al menos ellos no me contradicen los diagnósticos —sonrió ella.

En ese instante, la mirada de Killari se desplazó por encima del hombro de Diego y se topó con la presencia de Tatiana Steeler.

La joven alumna permanecía erguida en el marco de la puerta, observando la escena con una postura neutra, aunque sus ojos castaños escudriñaban cada movimiento de la antropóloga forense con la agudeza propia de una rival analítica.

La sonrisa de Killari se congeló sutilmente. Sus cejas se arquearon levemente y la calidez del reencuentro dio paso a una rigidez profesional e instintiva. Se cruzó de brazos, midiendo con la mirada la juventud, la belleza fresca y la mochila de campo que cargaba la recién llegada.

—Veo que no has venido solo, Diego —dijo Killari, usando un tono neutro, frío, que cortó la corriente íntima de hacía un segundo—. No me dijiste en tu mensaje que traías compañía.

— Dra. Killari Yupanqui, le presento a la señorita Tatiana Steele —dijo Diego, notando de inmediato el cambio de polaridad en el aire—. Es alumna mía del último curso de Geología en mi facultad. Es especialista en procesamiento de datos satelitales e imágenes satelitales.

Tatiana dio un paso adelante y extendió la mano con desenvoltura, sosteniendo la mirada de la antropóloga.

—Doctora Yupanqui, es un honor. He leído su trabajo sobre la degradación tafonómica en suelos ácidos andinos publicado en la revista SCIENCE, Un análisis brillante.

Killari estrechó la mano de Tatiana con la firmeza justa, evaluando la seguridad en la voz de la joven.

—Gracias, señorita Steele —contestó Killari con perspicacia, soltando su mano con rapidez—. Aunque el trabajo de laboratorio en el Cusco es un poco más duro que la teoría en un aula universitaria. Diego, pensé que este asunto era una consulta confidencial de nivel federal. ¿Una estudiante?

Diego dio un paso entre ambas, asumiendo su rol de escudo estratégico.

—Tatiana descubrió una anomalía de reflectancia térmica en la mina ilegal antes de que yo terminara de revisar los mapas de Francisco.

Se ganó su lugar en esta primera fase. Y créeme, Killari, vamos a necesitar todo el procesamiento de datos posible si queremos encontrar a esas dos chicas antes de que la corporación termine de limpiar el terreno.

Killari guardó silencio durante varios segundos interminables, mirando sucesivamente a Diego y a Tatiana. Finalmente, soltó una leve exhalación de resignación y señaló una mesa larga al fondo del laboratorio.

—Está bien. Desplieguen lo que tengan. Pero si esa niña se me marea con el olor a cadáveres en desintegración cuando bajemos a la Amazonía, no voy a cargar con ella.

Tatiana esbozó una sonrisa helada.

—No se preocupe por mí, doctora. Aguanté los laboratorios de petroleo con azufre a cuarenta grados. Sé manejar los estómagos débiles.

El sol andino comenzó a ocultarse detrás de la cumbre del cerro Saqsayhuamán, tiñendo el cielo del Cusco con un color sangriento. La temperatura descendió drásticamente, invitando a la brisa helada de la noche a caminar por los callejones de piedra.

Diego, Killari y Tatiana salieron del laboratorio y se adentraron en la mágica noche cusqueña.

La ciudad había sufrido una metamorfosis mágica y nostálgica.

Las farolas de luz cálida iluminaban los muros incas, proyectando sombras alargadas y misteriosas sobre los bloques de diorita negra.

Los balcones coloniales de madera tallada parecían flotar en la Penumbra, mientras el aroma a leña de eucalipto quemada y mate de muña caliente emanaba de las chimeneas de los restaurantes tradicionales.

Caminaron por las calles de San Blas hasta desembocar en la Plaza de Armas.

La catedral y la iglesia de la Compañía de Jesús con centenares de años se alzaban majestuosas, sus fachadas barrocas iluminadas por focos dorados que las hacían parecer fortalezas de oro bajo la inmensidad del cielo estelar de los Andes.

El sonido suave del agua en la fuente central de la plaza se mezclaba con las melodías nostálgicas de las quenas y zampoñas que unos músicos tocaban en la plaza San Francisco, una noche mágica.

—Esta ciudad tiene memoria en cada piedra, Diego —murmuró Killari, caminando al lado del geólogo, permitiendo que su brazo rozara ligeramente el de él—.

Los españoles pensaron que habían destruido el Imperio al edificar sobre sus cimientos, pero la piedra inca sigue sosteniendo todo.

La verdad siempre encuentra la forma de quedarse en la superficie.

—Depende de quién sepa leer los estratos, Killari —respondió Diego, mirando la silueta de los arcos iluminados.

Tatiana caminaba a medio paso por detrás, observando la complicidad entre ambos. Aunque intentaba mantener su postura de investigadora imparcial, el roce constante entre los hombros de su profesor y los de la antropóloga no pasaba desapercibido para su mirada observadora.

Cenaron en un pequeño restaurante rústico ubicado en un segundo piso con vista panorámica a la plaza de armas. El local, iluminado únicamente por velas en botellas de vino de barro y con las paredes de piedra expuesta, ofrecía una atmósfera íntima y acogedora.

Pidieron una cena típica: sopa de quinua con hierbas andinas, lomo de alpaca a la parrilla con guarnición de chuño y papas nativas doradas, acompañado por una botella de vino tinto de los valles del sur del Perú.

A través de la luz titilante y dorada de las velas, Diego contemplaba a las dos mujeres con sentimientos contradictorios, fascinado y lleno de múltiples sensaciones recorriéndole las venas.

A su derecha, Killari encarnaba una sensualidad serena, madura y magistral: la pátina de la luz sobre sus pómulos marcados, la firme elegancia de su cuello al inclinar la copa de vino y la intensidad de sus ojos oscuros, cargados de una complicidad de bastante tiempo que insinuaba un territorio ya conquistado; En cambio, justo frente a él, Tatiana era la encarnación pura de una tentación fresca, ardiente, provocadora, sugerente y eternamente deseable; la penumbra acentuaba el brillo jugoso de sus labios carnosos, el escote sutil de su camiseta de campo bajo la chaqueta entreabierta y esa mirada desafiante, casi felina, que buscaba la suya en cada pausa de la conversación con una electricidad indomable.

Ambas, en sus dos polos opuestos de madurez exquisita y juventud salvaje, componían en la mente de Diego un contraste magnético y abrumador, un juego de tensiones cruzadas donde el deseo físico más primitivo se trenzaba de forma peligrosa con el intelecto y la devoción.

Durante la cena, el enfoque criminológico dominó la conversación, pero la tensión latente entre las dos mujeres era palpable.

—Si la corporación alemana Titan solo la pequeña lámpara de la mesilla de noche. El aire de la habitación era frío y denso. Se acercó al ventanal que daba al patio de piedra y apoyó la frente contra el cristal helado.

Su mente, siempre entrenada para el orden y la lógica cartesiana, era ahora un campo de batalla.

Por un lado, estaba Killari. La mujer con la que compartía un pasado de complicidad, respeto mutuo y un amor maduro, sereno y profundo.

Una mujer de su generación, independiente, cuya mente brillante y sensualidad elegante lo fascinaban desde hacía años.

Estar cerca de ella le despierta un deseo romántico y sensual, la certeza de una vida compartida fundada en la experiencia y el entendimiento absoluto.

Pero, por otro lado, como un incendio incontrolable y peligroso, estaba Tatiana su alumna.

Una presencia joven, exuberante, dotada de una belleza fresca y provocativa que desafiaba de manera directa todas sus barreras éticas y su autocontrol.

Recordó la cercanía de la joven en la puerta de su casa bajo la lluvia, la energía de sus ojos en el avión y la forma en que lo miraba durante la cena.

Era una atracción puramente física, instintiva y sexual, un fuego que amenazaba con devorar su disciplina de ex-agente del FBI y profesor.

—Concéntrate, Montana —se dijo a sí mismo en voz baja, cerrando los puños con fuerza—. Dos chicas están desaparecidas en la selva. No hay espacio para esto.

Se dirigió al lavabo, se lavó la cara con agua bien fría y volvió a la mesa de trabajo para revisar, una vez más, las coordenadas de Manaos.

Pero al cerrar los ojos para intentar dormir, las imágenes de Killari y Tatiana se entrelazaban en la penumbra de su mente, prometiendo que el viaje a través de la selva no solo pondría a prueba su instinto de supervivencia, sino también los límites de su propio deseo.