CAPÍTULO 5
El hall de salidas internacionales del aeropuerto olía a desinfectante, café recién preparado y el ajetreo típico de las cinco de la mañana.
Diego Montana caminaba con paso largo hacia el mostrador de facturación, sujetando la correa de su bolsa de lona y la maleta rígida donde viajaba el equipo de prospección geotécnica.
Llevaba el pasaporte entre los dientes mientras buscaba la tarjeta de embarque en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¡Profesor Montana!
Diego se detuvo en seco. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y se giró lentamente sobre sus talones.
A veinte metros, esquivando a un grupo de turistas con maletas de ruedas, corría Tatiana Steele.
Llevaba el mismo impermeable amarillo de la noche anterior, una mochila táctica la espalda que parecía pesar más que ella y las mejillas encendidas por el esfuerzo, y unos pantaloncillos que resaltaban sus formas, se detuvo a medio metro de él, apoyando las manos en las rodillas para recobrar el aliento.
—Le dije que se fuera a su casa, señorita Steele —dijo Diego, sin alterar el tono neutro de su voz, aunque con una sombra de incredulidad en la mirada.
—Llevo aquí desde las cuatro de la mañana —dijo ella, levantando la cabeza y mirándolo con una determinación feroz—. Sé que me amenazó con anular mi expediente. Sé que cree que soy una irresponsable que busca aventuras. Pero mire esto.
Tatiana metió la mano en la funda delantera de su mochila y sacó una tableta digital. Encendió la pantalla con un toque rápido y le mostró una secuencia de mapas térmicos procesados en alta resolución.
—Anoche no dormí —continuó, hablando con la velocidad de un torrente—.
Accedí a la red de datos del satélite europeo Sentinel-2 utilizando las credenciales del laboratorio de geofísica.
Apliqué el algoritmo de reflectancia espectral sobre la cuenca del río Negro que diseñé para mi tesis.
Y encontré esto: un patrón de deforestación en forma de abanico oculto bajo el dosel.
No es una tala selectiva. Es el trazado exacto de las pistas de drenaje de una mina hidráulica.
Y la firma térmica indica que los motores diésel de alta potencia estaban funcionando hace exactamente seis horas.
Diego miró la pantalla. Las líneas de color eran impecables. El procesamiento de datos que la joven había ejecutado en cuatro horas le habría llevado a él medio día de trabajo en el campo.
—Además —añadió Tatiana, sacando del bolsillo un billete de avión impreso y quiñando un ojo —, pagué mi propio pasaje con los ahorros de mi beca de investigación.
Voy en el mismo vuelo a Lima, Profesor pídame lo que usted quiera para que me acepte en la expedición, le repito lo que usted quiera que yo se lo voy a cumplir… .
Diego se sintió anonadado y halagado y la observó en silencio durante un largo y denso minuto.
Vio las ojeras marcadas bajo sus ojos, el temblor casi imperceptible de sus manos por el agotamiento y la firmeza inquebrantable de una mente brillante que no estaba dispuesta a dejar que la verdad quedara enterrada.
Un suspiro profundo se le escapó entre los labios. Diego se pasó la mano por la barbilla.
—En el primer momento en que no siga una instrucción directa mía —dijo Diego, señalándola con el índice—, la pongo en el primer vuelo de regreso a California. ¿Entendido?
Un brillo eléctrico cruzó el rostro de Tatiana.
—Entendido, profesor dijo con una hermosa sonrisa.
—Y siga llamándome "profesor". No quiero que se pierdan las categorías. Ajusta esa mochila, que estamos a punto de perder el embarque.
El vuelo trasatlántico cruzó el océano en un trance de turbulencias suaves y susurros de turbinas.
Cuando el Boeing 767 inició el descenso sobre la costa central de América del Sur, la bruma marina —la densa y eterna garúa limeña— envolvía la capital de Perú como un manto de algodón gris sobre el acantilado del Pacífico.
Perú se desplegaba ante ellos como una geografía diversa, multicolor que rompe violentamente la monotonía, un país esculpido por la colisión implacable de dos mundos: la inmensidad oceánica y la cordillera de los Andes, la cadena montañosa continental más larga del planeta.
Un territorio donde la historia no se lee en los libros, sino en las ciudades antiguas, donde las civilizaciones milenarias alzaron fortalezas de roca dura en las cumbres mucho antes de que la geología moderna aprendiera a nombrar las fallas del terreno.
Tras una rápida escala técnica en el aeropuerto Jorge Chávez para sellar los pasaportes y declarar el equipo científico, abordaron un avión bimotor de hélice hacia el corazón del antiguo Imperio Inca.
El trayecto hacia el sureste fue un espectáculo visual sobrecogedor.
El aparato se elevó por encima del techo de nubes costeras y, de pronto, el mundo cambió de color.
Los Andes emergieron en la ventanilla como espinas dorsales de granito y nieve, picos agrestes que superaban los seis mil metros de altitud, cortados por abismos verticales y valles profundos teñidos de un verde esmeralda inverosímil.
—Es maravilloso... —murmuró Tatiana, pegando el rostro al cristal de la ventanilla.
—Es el nudo de Vilcanota —comentó Diego desde el asiento contiguo, revisando los mapas —. Una de las zonas de elevación tectónica más activas de América del Sur. Aquí la tierra todavía se está formando.
El descenso hacia el valle del Cusco fue una maniobra emocionante.
El avión pareció encajonarse entre las laderas de las montañas, planeando tan cerca de las terrazas agrícolas incas que casi se podían distinguir los cultivos de papa, maíz y quinua, hasta tocar tierra en la pista del aeropuerto Alejandro Velasco Astete.
Al abrirse la compuerta de la aeronave, el aire del Cusco los golpeó como una brisa refrescante.
Era un aire frío, puro y limpio, lleno de un brillo dorado que solo existe a 3.
400 metros sobre el nivel del mar. El impacto del soroche —el mal de altura— se hizo sentir de inmediato: una leve presión en las sienes, mareos y la sensación de que los pulmones revientan debido al doble esfuerzo para atrapar el oxígeno.
La ciudad del Cusco llamado por los Incas el ombligo del mundo. Era un caleidoscopio vivo de colores, textura y piedra.
Mientras el taxi avanzaba por las calles empedradas hacia el centro histórico, Diego y Tatiana contemplaron un paisaje urbano fascinante: los cimientos de la mayoría de edificios no eran de hormigón, sino de Muros Incas gigantescos, bloques de diorita y andesita pulida ajustados con tal precisión milimétrica que ni la hoja de un cuchillo podía penetrar entre las junturas.
Sobre esos cimientos ancestrales, la colonia española había construido balcones tallados en madera de cedro, arcos de medio punto y fachadas encaladas de un blanco radiante.
El color dominaba cada rincón. En las aceras, mujeres quechuas con polleras de lana de alpaca teñidas en tonos fucsias, turquesas y amarillos caminaban sujetando a sus espaldas mantas multicolores —los llikllas — donde transportaban animales, flores frescas o hebras de lana.
El olor del ambiente era una mezcla embriagadora de madera de eucalipto quemada en los hornos, pan Chuta de horno recién horneado, tierra húmeda de montaña y el aroma suave de las hojas de coca secándose al sol.
Bajo el sol cegador de los Andes, las tejas de arcilla roja de los tejados cusqueños brillaban como si estuvieran hechas de cobre pulido contra el azul profundo e infinito del cielo andino.
—Cusco no es solo una ciudad, Tatiana —dijo Diego, observando los muros inclinados del templo del Qorikancha a través de la ventanilla del coche—.
Es una obra maestra de ingeniería sísmica.
Los incas sabían que la tierra temblaría más vigorosamente en el futuro, así que construyeron sus muros con piedra encajada en ángulos trapezoidales.
Cuando los terremotos derribaron las iglesias españolas en los siglos XVII y XVII, los muros incas ni siquiera se agrietaron.
Mientras Montana pedía un taxi en las afueras de la ciudad también pensaba en Tatiana, ya estaba acostumbrado a la admiración que sentían algunas de sus estudiantes femeninas hacia él, pero lo de Tatiana era diferente sentía su presencia como un calor abrasador y recóndito; mientras tanto el taxi serpenteó por una cuesta estrecha del barrio de San Blas, el distrito de los artesanos, donde el sonido de los cinceles sobre la piedra y el agua corriendo por los canales de piedra coloniales creaban una sinfonía antigua.
El vehículo se detuvo finalmente frente a una casona de muros de piedra oscura y portón de madera maciza con clavos de bronce. A un lado de la entrada, una placa de latón pulido rezaba: Instituto de Investigaciones Antropológicas y Forense de los Andes – UNSAAC.
Diego bajó del coche, respiró el aire helado de la montaña y miró a Tatiana, que intentaba ajustar el ritmo de su respiración a la altitud.
—Bienvenida al trabajo de campo —dijo Diego, tomando las bolsas del maletero—. Aquí es donde la geología deja de ser teoría y se convierte en realidad.