El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPITULO 4
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CAPITULO 4

El calor asfixiante del verano madrileño se filtraba por la ventana entreabierta del apartamento en el barrio residencial de Chamberi en Madrid, pegándose el aire caliente a la piel como una capa más de sudor.

En el interior de la habitación la tensión era tan densa que el zumbido del ventilador de techo sonaba como una sierra eléctrica cortando el aire.

Ariadna Ferrer Serna se ajustó el dobladillo de sus pantalones cortos de senderismo, una prenda técnica que dejaba al descubierto sus hermosas piernas bien formadas, moldeadas por años de caminar y explorar terrenos hostiles alrededor del globo.

A sus veintinueve años, Ariadna poseía una belleza salvaje, magnética y directa: piel blanca, pómulos marcados y unos ojos bellos capaces de hipnotizar a cualquier hombre y también de apuntar y capturar la toma fotografía más impactante a través del objetivo de su cámara Leica.

Frente al espejo del vestidor, Vera Blanco Ramos terminaba de ajustar sus pantalones cortos y el arnés de su cámara fotográfica.

Vera, dos años menor, era el contrapunto perfecto y devastador de su amiga.

Con su cabello rubio recogido en una coleta desmesuradamente desenfadada, unos ojos verdes rasgados que escudriñaban el mundo con rigor analítico y una figura atlética que marcaba cada curva bajo una camiseta ajustada de lana merino, Vera atraía miradas sin proponérselo.

Era ingeniera ambiental, una mente brillante atrapada en el cuerpo de una mujer a la que la mayoría de los hombres cometían el error fatal de subestimar.

—¿Has vuelto a comprobar los niveles del sensor? —preguntó Ariadna, ajustando la correa de su top de tirantes negro, que dejaba al descubierto su piel y el nacimiento de un tatuaje en la espalda.

—Cinco veces —respondió Vera, pasándose una mano por el cuello humedecido por el bochorno de Madrid—.

El software de análisis de agua detectó una anomalía en el curso alto del río Amazonas.

Mercurio concentrado a niveles que sobrepasan diez veces el límite tóxico y sedimentos de cianuro que solo pueden significar una cosa: una planta de lixiviación activa.

— Titan Rex —murmuró Ariadna con un matiz de veneno en la voz—.

Esos bastardos alemanes están vaciando yacimientos aluviales de oro de alta calidad en mitad de una reserva protegida en el Amazonas brasileño.

Toneladas de oro que salen cada 3 meses hacia los mercados negros de Frankfurt mientras los ríos de la selva mueren desangrados envenenados.

—Ariadna... —Vera se detuvo, apoyando las manos sobre la mesa donde yacían esparcidos los pasaportes, los billetes y monedas en euros y reales brasileños y las tarjetas de memoria de alta capacidad—.

El contacto del consulado no ha verificado las credenciales de prensa.

Si entramos en el estado de Manaos sin escolta policial o sin un salvoconducto corporativo, estaremos completamente solas en una extensión de millones de kilómetros cuadrados de vegetación impenetrable.

—Si esperamos a los despachos oficiales y a la burocracia de los diplomáticos, los yacimientos habrán sido destruidos y la selva enterrada antes de que el primer inspector abra su maletín —replicó Ariadna, acercándose a Vera.

Le puso una mano en el hombro, sintiendo el leve temblor de su amiga—.

Es el reportaje de nuestras vidas, Vera.

La prueba definitiva de que una corporación europea está destruyendo la selva impunemente.

Ganaremos el Premio Journalism Award uno de los reconocimientos y más importantes de Europa enfocado específicamente en los reportajes ambientales; y servirá como precedente para futuras intervenciones de corporaciones criminales que atentan contra la naturaleza.

Vera suspiró, mirando la mochila técnica sobre la cama. Sabía que Ariadna tenía razón, pero había un nudo opresivo en la boca de su estómago que no lograba deshacer. Una aprensión instintiva que la tenía inquieta.

Ariadna abrió el fondo falso de su equipaje de mano y deslizó cuatro tarjetas de memoria de quinientos gigabytes, selladas al vacío para resistir la humedad extrema.

Luego, con un gesto casi ritual, sacó del joyero un pequeño amuleto de plata con forma de brújula que le había regado su madre antes de fallecer.

Lo abrochó alrededor de su cuello, dejando que la medalla descansara justo en el escote de su camiseta.

Fuera, en la calle de San Ponzano, un claxon sonó dos veces. El taxi hacia el aeropuerto de Barajas había llegado.

—Se acabó el tiempo de dudar —dijo Vera, cargándose la mochila al hombro con una gracia envidiable—. Siempre he querido conocer Brasil es un misterioso país.

Vera agarró su mochila de campo, echó un último vistazo a la habitación en penumbra y cerró la puerta.

Bajaron las escaleras a paso rápido, el sonido de sus botas resonando en el patio interior del edificio.

Al salir a la calle, la luz cegadora del mediodía madrileño las envolvió.

Ambas eran dos mujeres jóvenes, bellas, deslumbrantes y seguras de sí mismas, a punto de abordar un vuelo de más de diez horas que las depositaría en la selva más tropical y húmeda del planeta.

El trayecto en el taxi transcurrió en silencio, quebrado únicamente por el sonido de la radio en la se escuchaba un tema bien pegajoso de flamenco .

Ariadna revisaba por enésima vez los mapas satelitales en su tableta gráfica, marcando los puntos de acceso desde el puerto fluvial de Manaos hacia los tributarios del río Negro.

Vera mantenía la vista fija en el horizonte de asfalto y hormigón de la autovía, sintiendo cómo el aire acondicionado del coche rozaba y enfriaba su piel expuesta.

Al llegar al terminal cuatro, el bullicio de los viajeros cargados de maletas las absorbió; La belleza y el atractivo cuerpo de ambas llamaba la atención entre la multitud de turistas y ejecutivos: la presencia imponente y arrolladora de Ariadna combinada con la elegancia serena y el atractivo sofisticado de Vera formaban una estampa imposible de ignorar.

Dos hombres con traje oscuro las siguieron con la mirada mientras pasaban el control de seguridad de la zona Schengen.

Ariadna colocó las bolsas de mano sobre la cinta transportadora de rayos X.

Dentro, los escáneres revelaron las siluetas de lentes telefoto, sensores de espectrometría, medidores digitales y dos machetes tácticos plegables todavía en sus fundas de fábrica.

El agente de seguridad examinó la pantalla con cierta extrañeza, pero al ver las licencias internacionales de prensa y medio ambiente presentadas por Ariadna, selló el pase sin hacer preguntas.

A las 22:45 horas, las puertas del Airbus A350 con destino a Sao Paulo para la conexión transatlántica se cerraron con un suspiro neumático pesado. Ariadna y Vera ocuparon sus asientos en la fila de salida de emergencia.

Ariadna acomodó la almohada de viaje y sacó su teléfono móvil para ponerlo en modo avión. Justo cuando sus dedos rozaban el botón de apagar, la pantalla vibró con una notificación entrante. Un mensaje de texto de un número desconocido, sin prefijo de país ni firma.

Ariadna frunció el ceño y abrió la pantalla.

"La estaré esperando en el mercado más popular y viejo de Sao Paulo, venga a recoger el mapa para cruzar el río, te lo daré siempre en cuando estes dispuesta a todo, te estaré esperando, vivo o muerto"

Un frío repentino, ajeno a la climatización de la cabina, le recorrió la espina dorsal. Miró instintivamente hacia el pasillo del avión, pero los pasajeros simplemente acomodaban sus equipajes de mano o buscaban sus asientos en medio del murmullo habitual previo al despegue.

—¿Pasa algo? —preguntó Vera, notando la rigidez repentina en el rostro de su amiga.

Ariadna miró la pantalla una vez más antes de que la señal celular se extinguiera por completo. Apagó el teléfono con un movimiento seco y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.

—Nada —mintió Ariadna, dibujando una sonrisa tensa que no llegó a sus ojos—. Solo interferencias de la red. Duerme un poco, Vera. Mañana a esta hora estaremos en medio del Amazonas.

Las luces de la cabina se atenuaron mientras el avión comenzaba a rodar por la pista de despegue.

Fuera, las luces de Madrid se convirtieron en un enjambre de chispas lejanas que rápidamente fueron devoradas por la oscuridad de la noche.

Ariadna no sospechaba que el mensaje de ese contacto no era un mensaje vacío, sino el primer eslabón de uno de sus contactos e iniciaba una cadena que ya había comenzado a cerrarse sobre ellas.