El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—Puedo serle de gran utilidad, profesor. No voy a ser una carga —insistió ella, avanzando un paso—. Hablo portugués básico, puedo operar los equipos portátiles y sé cómo acampar en condiciones extremas. Hice la ruta del Manú en Madre de Dios frontera con Brasil en el Perú el año pasado.

—El Manú es un parque nacional protegido con guías y senderos —replicó Diego sin elevar el tono, pero con una firmeza tajante—.

El lugar al que voy es una zona de extracción minera ilegal controlada por mercenarios armados, con la policía local comprada y sin cobertura médica en quinientos kilómetros a la redonda.

Ariadna y Vera son profesionales experimentadas y están desaparecidas.

Si entras en ese territorio, tu vida pasa a valer absolutamente nada en el momento en que pisas la orilla.

—¡No tengo miedo! —exclamó Tatiana.

—Deberías tenerlo —dijo Diego, clavando sus ojos grises en los de la joven—.

El miedo es lo único que mantiene a un analista con vida cuando las cosas se ponen en peligro en el campo.

Si no sientes miedo ante un expediente que huele a corrupción corporativa y violencia armada, significa que no entiendes el peligro al que te enfrentas.

Y eso te convierte en una amenaza para ti misma y para cualquiera que viaje contigo.

Tatiana se quedó en silencio, apretando los labios. La determinación de su rostro comenzó a resquebrajarse ante la severidad técnica y la frialdad con la que su profesor desmantelaba sus argumentos.

—Mi respuesta es un no absoluto, Tatiana —concluyó Diego, tomando el cuaderno de notas de la joven y devolviéndoselo a las manos—.

Mañana por la mañana irás al departamento, le entregarás tus avances de tesis al profesor Smith y te concentrarás en tus exámenes finales.

Si vuelvo a saber que estás investigando este caso o que has hablado de lo que viste en esta habitación con alguien del campus, me aseguraré personalmente de que tu historial académico quede anulado por infracción ética. ¿Ha quedado claro?

Tatiana sostuvo la mirada de Diego durante unos segundos que parecieron eternos. Había tristeza y frustración en sus ojos, pero también la comprensión definitiva de que la decisión del exagente del FBI no admitía apelación ni negociación alguna.

—Ha quedado claro, profesor Montana —dijo en voz baja, tragando saliva.

—Recoge tu impermeable, Te acompañaré hasta que tomes un Taxi para asegurarme de que llegas bien.

Cinco minutos después, tras ver marchar las luces traseras del vehículo que transportaba a su estudiante más brillante bajo la lluvia, Diego regresó a su despacho.

El incidente con Tatiana le había servido para confirmar una certeza amarga: el caso ya estaba filtrándose por las costuras del ámbito académico.

Si una estudiante de veintitrés años había sido capaz de unir los puntos entre la foto de Ariadna y los mapas geológicos, la corporación alemana no tardaría en saber que alguien estaba metiendo la nariz en sus operaciones.

Se acercó al escritorio, tomó el expediente de papel viejo y guardó los documentos clave en una funda impermeable antes de introducirlos en su maletín de aluminio militar.

Miró la fotografía de Ariadna y Vera una última vez antes de apagar la lámpara.

—Resistid —murmuró en la penumbra del despacho—. Ya voy para allá.

Diego se quedó solo en el silencio de la estancia.

Caminó hacia la ventana y observó cómo la tormenta comenzaba a ceder sobre la ciudad.

Sacó su teléfono móvil, marcó un número internacional grabado en la memoria de acceso rápido y esperó tres tonos antes de que una voz femenina, clara y con un ligero matiz andino, respondiera al otro lado de la línea.

—¿Diego? —dijo la voz de la Dra. Killari Yupanqui desde la ciudad del Cusco—.

Es muy tarde. Supongo que no me llamas para preguntarme por el clima de los Andes.

—Prepara el equipo para el clima amazónico, Killari —dijo Diego, mirando la fotografía de las desaparecidas Ariadna y Vera que había quedado sobre su mesa—.

Tenemos dos chicas extraviadas en el estado de Manaos en Brasil, hay un informe policial falso de tres páginas y una corporación minera europea que cree que la selva puede ocultar un doble crimen.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio de tres segundos, roto solo por el susurro de la estática de larga distancia.

—¿Cuándo aterriza tu vuelo en el Cusco? —preguntó Killari, sin dudar un instante.

—Mañana a las tres de la tarde. Ten el equipo listo.

A las cinco de la mañana, mientras los primeros rayos de un sol plomizo intentaban abrirse paso entre la niebla de la ciudad, Diego Montana cerró la puerta de su casa con doble vuelta de llave, subió a un Taxi y tomó la autopista en dirección al aeropuerto internacional.

El primer tramo de la ruta estaba trazado: un vuelo comercial de seis horas hacia Lima, seguido de una conexión inmediata hacia las alturas del Cusco, donde la antropóloga forense Killari Yupanqui custodia la única pieza que le faltaba para iniciar la cacería en el infierno verde del Amazonas.