CAPÍTULO 3 #2
El personal de seguridad de la mina descubrió la presencia de las chicas.
Alteraron los registros de transmisión GPS para hacer creer a las autoridades que se habían desplazado hacia el canal principal, provocaron o simularon el accidente y redactaron este informe a través de un policía corrupto para que nadie enviara un equipo de rescate a la zona real de la prospección.
Diego se quitó los guantes de nitrilo con lentitud y los arrojó a la papelera.
Caminó hacia su caja fuerte de pared, oculta tras una lámina con la escala de dureza de Mohs, introdujo la combinación numérica y sacó una maleta rígida de polímero negro resistente a impactos.
—¿Qué es eso? —preguntó Francisco. —Mi equipo de análisis geológico de campo —contestó Diego, abriendo la maleta para verificar el contenido: un espectrómetro de fluorescencia de rayos X portátil, varios tubos de ensayo, una barrena de muestreo de sedimentos y un GPS de precisión milimétrica—.
Mañana por la mañana este equipo estará volando en un avión.
Diego cerró la maleta con dos chasquidos metálicos secos.
—Tengo un vuelo que sale hacia Perú a las seis de la mañana —continuó Diego, mirando fijamente a Francisco—.
De Lima volaré al Cusco para recoger a la Dra.
Killari Yupanqui. Necesito que ella prepare el reactivo de luminol modificado y los kits de extracción de ADN antiguo para suelos ácidos, ella buscará cualquier rastro biológico que la policía intentó ocultar.
Francisco se puso en pie y extendió la mano de agradecimiento hacia el geólogo.
Sus dedos temblaban, pero en su mirada ya no había la desesperación ciega de cuando entró en el aula, sino una chispa de esperanza.
—Gracias, profesor Montana. Y luego pregunto: ¿En cuento estima usted sus gastos en dinero para la expedición?
—No me pague todavía, don Francisco —interrumpió Diego, estrechando la mano del médico con firmeza—.
Guarde ese dinero para los abogados y para los forenses que van a tener que declarar cuando llevemos a los ejecutivos de esa corporación ante los tribunales.
Ahora vaya a su hotel y descanse. Le espera un viaje largo si quiere estar en Brasilia cuando los primeros datos reales comiencen a salir de la selva.
Francisco recogió la carpeta de cuero raído, guardó los papeles con un cuidado casi sagrado se despidió del profesor afablemente y salió del despacho.
--Ding Dong…. el timbre de la puerta principal resonó en el silencio de la casa, haciéndolo erguir la espalda por instinto.
Diego miró el reloj del escritorio: las 22:40. La lluvia seguía cayendo fuera con fuerza. Se quitó las gafas, las dejó sobre los papeles y caminó hacia la entrada manteniendo la mano derecha cerca del costado, un hábito reflejo jamás extinguido de sus años en el servicio federal.
Se acercó a la mirilla de la puerta. Al otro lado, bajo la luz amarilla del porche, vio a una figura femenina envuelta en un impermeable chubasquero amarillo brillante, sosteniendo un paraguas empapado y una carpeta de apuntes contra el pecho.
Diego destrabó el cerrojo y abrió la puerta.
—¿Señorita Tatiana? —preguntó, frunciendo el ceño.
Tatiana Steele era una de sus alumnas más brillantes del último curso en la facultad de Ciencias Geológicas.
Tenía veintitrés años, una inteligencia organizada formidable y una pasión desmedida por la geología forense que la llevaba a pasar más tiempo en el laboratorio que en las cafeterías del campus.
Su cabello castaño estaba mojado en las puntas y sus ojos avellanas brillaban con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo contenido.
—Profesor... perdone la hora —dijo ella, con la voz un poco entrecortada por la timidez y el frío— Vi la luz de su departamento encendida desde la calle. Sé que no debería estar aquí, pero... no podía esperar a mañana.
Diego no se apartó de la puerta. La ética académica y su propia disciplina personal imponían barreras muy claras.
—Tatiana, son casi las once de la noche. Si es por las dudas sobre la práctica del jueves, podemos verlo en el horario de tutorías de mañana por la mañana.
—No es por la práctica, profesor —interrumpió ella, dando un paso adelante y señalando con la cabeza la bolsa de viaje de cuero que Diego había dejado a medio hacer sobre una silla en el recibidor—.
Estaba en el pasillo esta tarde cuando ese anciano entró en el aula.
Me quedé fuera, cerca de la ventana... Escuché parte de la conversación. Y vi la foto que dejó sobre la mesa.
Diego endureció la mirada. La calidez del profesor desapareció al instante, reemplazada por la frialdad del exagente del FBI.
—Escuchar conversaciones ajenas es una falta grave de respeto y de profesionalidad, señorita Steele.
—Lo sé, lo sé y lo siento —dijo Tatiana rápidamente, bajando la voz y juntando las manos en gesto de súplica—.
Pero sé quién es esa chica, la de la foto.
Ariadna Ferrer. Sigo su trabajo en revistas de documentación ambiental desde hace un año.
Cuando escuché que desapareció en la cuenca del Amazonas y vi que usted estaba revisando mapas de Manaos en Brasil... me di cuenta de todo.
Tatiana se quitó la capucha del impermeable y sacó un cuaderno de notas de su carpeta impermeable.
—Llevo tres meses haciendo mi trabajo de fin de grado sobre la firma espectral de los vertidos de mercurio en ríos de alta cuenca —dijo con convicción, mostrándole las páginas llenas de gráficos y fórmulas—.
Conozco la cartografía satelital de esa sección de Brasil mejor que nadie en la facultad.
Sé procesar imágenes satelitales para detectar cambios en la cubierta vegetales provocados por excavaciones Ilegales.
Si usted va a buscar a esas chicas, necesita a alguien que procese los datos de satélite en tiempo real desde el campo. Necesita una asistente de campo.
Diego miró el cuaderno que la joven le extendía y luego volvió la vista hacia los ojos decididos de su alumna; reconocía el peligro que se podía establecer entre una estudiante y su profesor y también reconocía ese fuego y pasión por el riesgo y peligro; él mismo lo había tenido a su edad.
Pero la realidad de lo que yacía en la selva no tenía nada que ver con un aula de investigación ni con una tesis universitaria.
—Entre un momento —ordenó Diego, apartándose hacia un lado.
Tatiana sonrió levemente, dejó el paraguas en el paragüero de la entrada y se quitó el impermeable, dejándolo en una silla. Siguió a Diego hasta el despacho, mirando con fascinación la mesa cubierta de mapas y expedientes policiales.
—Es increíble... —murmuró ella, acercándose a la mesa—. Eso es la cuenca del río Amazonas. Esas coordenadas coinciden con la anomalía de reflectancia que detecté en el mapa del mes pasado.
Diego se colocó frente a ella, al otro lado del escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho. Su presencia física imponía una distancia infranqueable.
—Escúchame con atención, Tatiana —dijo con voz grave y pausada—. Esto no es una excursión académica. No es una práctica de campo para sumar créditos en tu historial de notas ni un proyecto de investigación que puedas presentar en un congreso.