El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El despacho de Diego Montana en el tercer piso de un departamento alquilado, era un fiel reflejo de su personalidad: rigurosamente ordenado, que destilaba a austeridad y dominado por estanterías lleno de libros antiguos, laminas y mapas.

Las paredes estaban cubiertas por mapas geológicos y topográficos de todas partes del mundo y muebles de madera donde se alineaban volúmenes encuadernados sobre geología de campo, geología aplicada, mineralogía, rocas, cuencas hidrográficas, geología forense, varios tomos de Criminalística y Jurisprudencia criminalística.

En un rincón, sobre una mesa de roble, un pequeño microscopio descansaba junto a una colección de muestras de cuarzo, granito y minerales perfectamente etiquetadas.

El ruido estremecedor de la tormenta en el exterior parecía acercarse tras el doble cristal de la ventana.

Diego colocó una lámpara de dibujante sobre la mesa central y presionó el interruptor. Una luz blanca inundó la superficie de trabajo, cortando la penumbra del atardecer.

—Siéntese, don Francisco —dijo Diego, señalando una silla de cuero oscuro—.

Vamos a revisar cada hoja de esa carpeta.

No se salte nada, por insignificante que le parezca.

En el análisis criminológico, los detalles aparentemente insignificantes son los que suelen desmontar y revelar las pistas más importantes.

El anciano Francisco Ferrer se dejó caer en la silla como si las fuerzas acumuladas durante las últimas dos semanas se le hubieran agotado de golpe. Con manos estremecidas, desató la cinta de tela desgastada que mantenía cerrada la carpeta de cuero raído y volcó su contenido sobre la mesa.

Un abanico de papeles de distintos grosores, texturas y colores se desplegó bajo la luz directa de la lámpara: un mapa de la selva de Manaos en Brasil, fotocopias de correos electrónicos, borradores de informes técnicos impresos en papel continuo, cartas de navegación hidrográfica con anotaciones a lápiz en los márgenes y recortes de periódicos locales brasileños en portugués.

El olor a humedad y papel viejo impregnó de inmediato el ambiente del despacho.

Diego no tocó los papeles de inmediato. Sacó de su cajón un par de guantes finos de nitrilo negro y se los enfundó con un chasquido seco.

—Empecemos por el principio —dijo Diego, inclinándose sobre la mesa—. La cronología exacta. ¿Cuándo salieron de España?

—El catorce de febrero —respondió Francisco, pasándose la mano por la frente para secarse el sudor frío—.

Ariadna consiguió la financiación para el documental a través de una fundación ambientalista independiente de Madrid.

Su mejor amiga Vera, que llevaba tres años trabajando como consultora ambiental para una firma en Barcelona, pidió un permiso de dos meses.

Me dijeron que iban a realizar un trabajo sobre la reserva biológica del río Negro.

Algo tranquilo, enfocado en el impacto del ecoturismo en las comunidades nativas.

—Pero no era eso lo que buscaban —afirmó Diego, tomando la primera página de correos electrónicos.

—No. Eso fue solo el pretexto para obtener los visados de trabajo y los permisos de embarque —Francisco hundió la mirada en las manos entrelazadas sobre su regazo—.

Ariadna recibió una carta anónima hace cuatro meses.

Una fuente dentro del Ministerio de Minas de Brasil le filtró coordenadas de una zona donde la deforestación no coincidía con los registros oficiales de tala.

Diego examinó el primer correo impreso, fechado el 22 de enero. La fuente anónima firmaba con el seudónimo Igapó .

«La empresa se llama Titan Rex, ellos tienen, registros de fachada como consultora ambiental en Frankfurt, pero en el terreno son una operación minera de alta intensidad.

Tienen tres dragas de succión continúa operando en un canal secundario no cartografiado del río Negro.

Se están llevando entre cuatrocientas y seiscientas onzas de oro puro a la semana.

El mercurio está destruyendo los peces de los que se alimentan las comunidades nativas de la ribera.

Si vienen, no hablen con la policía de Manaos.

La comisaría local está en la nómina de la empresa. »

Diego entornó los ojos. El nombre Titan Rex no le era desconocido.

Durante sus últimos dos años en la división de Delitos Ambientales y Financieros del FBI, la inteligencia internacional había rastreado varias entidades corporativas fantasma con sede en Alemania y Suiza que financiaban prospecciones ilegales en la cuenca del Amazonas para blanquear capitales en el mercado del oro de Londres.

—¿Sabe si Ariadna o Vera intentaron contactar con algún representante de esta empresa antes de internarse en la selva?

—preguntó Diego. —Vera cometió el error de solicitar el registro público de concesiones mineras de esa coordenada a la fiscalía ambiental de Manaos dos días antes de salir de la ciudad —respondió Francisco con voz ahogada—.

Quería verificar si existía algún permiso legal.

Esa solicitud fue la alarma que encendió todo.

Les dijo a los ejecutivos de la mina que alguien estaba investigando la zona exacta donde tenían montado el campamento.

—Eso es lo que Vera quería demostrar —dijo el padre—.

Traía equipos especiales portátiles para medir las concentraciones de mercurio y cianuro en el agua.

Si lograban tomar muestras del vertido y fotografías del equipo industrial con el logotipo de la empresa, la denuncia ante los tribunales internacionales habría paralizado las cuentas de Titan Rex en Europa de forma preventiva.

Diego pasó a las últimas páginas del expediente: las fotocopias del informe redactado por el inspector Silvinho, de la Policía Civil de Manaos.

El papel, viejo por las múltiples manipulaciones y manchado de humedad, contenía una redacción apresurada que intentaba dar un cierre formal a la desaparición.

Diego leyó los párrafos clave en voz alta, traduciendo mentalmente del portugués:

«...A las 08:00 horas del día 16 del mes de marzo, se recibió notificación del hallazgo de una bota de montaña flotando en el canal principal del río Negro, a la altura de la comunidad de San Sebastián.

Tras la inspección de la zona, se determinó que la embarcación de madera utilizada por las ciudadanas españolas Ariadna Ferrer y Vera Blanco sufrió un impacto con una masa de madera a la deriva durante la tormenta de la noche del 14.

Las condiciones de la corriente y la presencia de fauna predadora hacen inviable la recuperación de restos orgánicos.

Se da por concluida la fase de búsqueda activa... »

Diego arrojó las hojas sobre la mesa con un gesto de desaprobación.

—Este atestado es una burla a la criminología básica —dijo Diego, apoyando los puños sobre la madera—.

El inspector Silvinho cometió tres errores fundamentales que demuestran que el informe fue redactado desde un escritorio y no sobre el terreno.

Francisco se incorporó en la silla, atento a cada palabra.

—En primer lugar —explicó Diego, señalando el mapa hidrográfico—, el canal del sector Viacha donde dicen que encontraron la bota tiene un régimen de corriente de tres nudos hacia el suroeste durante el mes de marzo; la bota no podría haber flotado hacia Viacha; la dinámica de la corriente la habría arrastrado hacia la margen opuesta, donde la vegetación de igapó actúa como una red natural que atrapa cualquier objeto flotante en menos de doce horas.

Diego levantó el segundo dedo. —En segundo lugar, la ropa técnica y las botas de montaña modernas que usaban las chicas están fabricadas con polímeros sintéticos de alta densidad y suelas de caucho.

Ese material no flota de forma pasiva en aguas de río Negro sin la presencia de aire atrapado en su interior, lo que significa que, si la bota estaba flotando, alguien la colocó allí deliberadamente o se desprendió de ella recientemente.

—¿Y el tercer error? —preguntó Francisco, con el aliento contenido.

—El tipo de suelo —respondió Diego con voz gélida—.

El informe habla de la 'destrucción total' de las evidencias por la acidez del agua del río Negro; pero en ese lugar el agua no es acida…

.! es alcalina durante todo el año. —Entonces, ¿qué ocurrió realmente en ese lugar del río?

Pregunto el anciano —Ocurrió una interceptación —concluyó Diego—.