CAPÍTULO 2
Un hombre canoso alto, de unos sesenta y tantos años, caminaba por el pasillo central con pasos vacilantes.
Llevaba un traje de paño oscuro anticuado, arrugado y húmedo por la lluvia exterior, y una corbata fuera de sitio.
Su cabello estaba desordenado, pero lo que atrajo la atención inmediata de Diego fue la mirada del hombre: una combinación de agotamiento extremo, miedo intenso y una determinación desesperada.
Bajo el brazo izquierdo apretaba una carpeta de cuero raído, desgastada en las esquinas, que sujetaba contra las costillas como si fuera un chaleco salvavidas.
El hombre se detuvo a dos metros de la mesa de la cátedra. Tenía el rostro pálido y los nudillos blancos de tanto apretar la carpeta.
—¿Profesor Montana? —preguntó. Su voz era áspera, ronca, cargada con un marcado acento español—. ¿Diego Montana?
Los últimos alumnos que dudaban en salir se quedaron inmóviles, percibiendo la carga eléctrica que acababa de invadir el aire. Diego hizo un leve gesto con la mano hacia la salida, indicando en silencio a sus estudiantes y a la alumna que despejaran el aula.
—La clase ha terminado por hoy, señor —dijo Diego con tono seguro y firme—. Si busca la oficina del decano, está en el segundo piso.
—No busco al decano. Lo busco a usted —el hombre dio un paso más, apoyando las manos sobre el borde de la mesa de madera.
Sus dedos temblaban visiblemente—. Me dijeron en Madrid que usted trabajó para el FBI.
Que usted es el mejor en entender la estructura y formación de todo el planeta tierra...
y descubrir lo que los criminales ocultan debajo de ella.
Diego no se movió. Durante su tiempo en la Academia de Quantico, había visto esa misma expresión docenas de veces: el rostro de un familiar que acaba de cruzar el límite donde la lógica cotidiana se rompe para siempre.
—Se llama Ariadna. Mi hija —dijo el hombre, abriendo torpemente la carpeta de cuero sobre la mesa.
De su interior sacó una fotografía impresa en papel fotográfico brillante y la deslizó sobre la madera pulida hasta la mano de Diego—.
Tiene veintinueve años. Es periodista gráfica y documentalista de campo de una importante revista de Madrid y Barcelona.
Ella viajó a la Amazonía brasileña hace un mes con una amiga, Vera, una ingeniera ambiental de veintisiete años.
—Le pagare los honorarios que me pida Profesor—espetó el desconocido,
Diego miró la imagen por instinto.
La fotografía mostraba a dos mujeres jóvenes muy atractivas al borde de un bote de madera, en lo que parecía ser la orilla de un río caudaloso envolvente de vegetación densa.
A la izquierda, Ariadna hermosa belleza vasca sonreía directamente a la cámara.
Tenía el cabello castaño recogido en una coleta desordenada, una cámara profesional de gran lente colgada del cuello y sus ojos castaños vivos, llenos de una energía desafiante.
Llevaba un chaleco táctico de campo sobre una camiseta tirante que dejaba ver unos hombros bronceados por el sol.
A su lado, la otra chica, Vera, rubia de rasgos más estilizados y finos, examinaba una libreta impermeable con expresión concentrada, ambas vistiendo ropas ajustadas a sus cuerpos destacando sus hermosos cuerpos; ambas transmitían y rebosaban una vitalidad abundante, unas vidas en pleno éxtasis y apogeo, una presencia que daba vida el encuadre.
—Hace dos semanas que sus teléfonos no emiten señal de GPS —continuó el hombre, con la voz quebrándose en la última palabra—.
El último mensaje de texto llegó desde una coordenada incompleta en el estado de Amazonas, cerca de Manaos.
La policía de Brasil cerró la investigación preliminar hace cuatro días.
Dijeron que fue un accidente de navegación.
Un volcado nocturno en el río Negro. Dijeron que la corriente y la selva se tragan todo lo que cae al agua. Que no hay nada que buscar.
El hombre se tambaleó la mesa con los puños cerrados, haciendo vibrar el tintero de madera.
—¡Pero la tierra y los ríos no devoran a la gente sin dejar rastros, profesor…
! Usted lo sabe mejor que nadie. Mi hija era muy organizada y demasiado meticulosa una verdadera profesional.
Llevaba equipo de rastreo por satélite, GPS diferencial, cajas estancas y años de experiencia en zonas de riesgo. No cayeron al agua por error.
Diego mantuvo la mirada fija en la foto durante unos segundos más antes de volver sus ojos grises hacia el padre.
La frialdad analítica de su mente, entrenada en la perfilación criminal y el rastreo de indicios físicos, comenzó a descomponer la información en parámetros técnicos. —Señor... —empezó Diego.
—Francisco Ferrer —interrumpió el hombre, sacando un pañuelo para secarse el sudor del frente—.
Soy médico neurólogo en Barcelona. He dejado mi consulta, he gastado mis ahorros en billetes de avión y en abogados que solo saben prometer recursos y prometer el cielo y el infierno en despachos con aire acondicionado, la mayoría son unos completos embusteros.
En la embajada me dieron de largas. En Brasil me trataron como a un viejo histérico.
Buscando más soluciones, el esposo de una antigua paciente que labora en la INTERPOL me dio su nombre.
Me dijo: "Si hay alguien capaz de encontrar una aguja en el infierno del Amazonas a través de la geología y la evidencia forense, es el Profesor Diego Montana" .
Diego suspiró, caminando despacio alrededor de la mesa hacia la puerta del aula. Cerró el pestillo de madera para asegurar la privacidad y regresó al frente. La lluvia en el exterior golpeaba ahora con más violencia contra los cristales.
—Señor Ferrer, la selva tropical es el ambiente más destructivo del planeta para la preservación de evidencias —explicó Diego, usando un tono neutro pero directo—.
La humedad relativa del cien por cien, la acidez extrema de los suelos arcillosos y suelos de ceniza más la actividad microbiológica acelerada que existe en las selvas de Brasil reducen cualquier rastro orgánico en cuestión de días.
Si la policía local emitió un informe de extravío fluvial, las probabilidades de que una búsqueda privada obtenga resultados distintos son infinitamente bajísimas. No quiero venderle falsas esperanzas.
—¡No me hable de probabilidades! —exclamó Camilo, sacando de la carpeta un fajo de folios impresos con tablas de datos y mapas con anotaciones hechas a mano con tinta roja—.
¡Mire esto! Ellas no iban a hacer un reportaje turístico sobre la fauna del Amazonas; ni tampoco fueron a realizar turismo, Ariadna y Vera estaban siguiendo la pista de algo grande.
Algo que involucra a una corporación europea con sede en Frankfurt.
Diego se inclinó levemente sobre los papeles desplegados.
Sus ojos de geólogo detectaron de inmediato los símbolos técnicos en los márgenes de los informes: concentraciones de mercurio expresadas en partes por millón, coordenadas de fallas tectónicas secundarias y lecturas de sobre la pureza del mineral de aluvión.
—Oro de alta pureza —murmuró Diego, entornando los ojos—. Vetas primarias en la corteza terrestre continental.
—Yacimientos aluviales no cartografiadas en los mapas oficiales del gobierno brasileño —corrigió Francisco con voz sofocada—.
Una explotación minera ilegal a escala industrial.
Se están llevando toneladas de mineral rico cada mes mediante vuelos clandestinos hacia Europa, contaminando los afluentes de la cuenca con toneladas de mercurio para separar el oro.
Ariadna tomó las fotografías del campamento base y Vera realizo el análisis físico químico del agua.
Ambas tenían las pruebas para presentarlas al Comité de Derechos Humanos y el Medio Ambiente de la ONU y congelar las cuentas de la corporación.
El ángulo del caso acababa de transformarse radicalmente en la mente de Diego. Esto ya no era el extravío accidental de dos excursionistas incautas en la maleza; era un escenario de desaparición forzada corporativa con motivación económica millonaria y capacidad operativa sobre el terreno.
—El informe de la policía brasileña —pidió Diego, extendiendo la mano—. Déjeme ver la copia del atestado oficial.
El anciano le entregó tres hojas escritas en portugués con el sello de la Comisaría de investigaciones en Manaos. Diego las leyó con rapidez, escaneando las líneas clave:
"...hipótesis de naufragio por colisión con tronco flotante en el canal secundario del río Negro... pérdida de pertenencias por corriente fuerte... búsqueda suspendida por falta de indicios de criminalidad..."
—¿Qué va a hacer, profesor? —preguntó Camilo, poniéndose en pie con la carpeta entre las manos.
—Voy a hacer lo que la policía no hizo —dijo Diego, ajustándose el reloj de pulsera—.
Pero no puedo entrar a la selva amazónica a ciegas.
La geología me dirá dónde están los Yacimientos Aluviales, pero si hay restos orgánicos o evidencia física degradada en un ambiente de alta acidez, necesito a la mejor especialista en tafonomía y antropología forense de Sudamérica.
—¿Quién?
—La doctora Killari —contestó Diego, abriendo su teléfono móvil para buscar un contacto en su agenda encriptada—.
Killari Valens Yupanqui. Es una antropóloga forense en la Universidad Nacional del Cusco, en el Perú.
Es hija de un célebre académico estadounidense casado con una hermosa cusqueña, nacida en los Andes, y nadie en este continente entiende mejor cómo el entorno de Sudamérica destruye o preserva un cuerpo o una evidencia biológica.
Diego miró por la ventana del aula. La lluvia caía con más furia sobre la ciudad, pero su mente ya no estaba en ese cuarto, estaba a miles de kilómetros de allí, trazando las rutas de vuelo sobre la cordillera andina donde el frio y las lluvias eran aún más intensas y penetrantes, y el recorrido descendente hacia el Amazonas donde el calor y la humedad eran de las más altas en el mundo.
—Consígame un billete para el primer vuelo hacia Lima y una conexión inmediata al Cusco — espetó Diego al anciano, mientras se ponía la chaqueta de cuero acolchada—. La carrera contra el tiempo ya comenzó, y cada hora de lluvia en el Amazonas borra lo que queda de la verdad.
Un ruido paso desapercibido detrás de la puerta del salón; luego una silueta femenina se retiraba apresuradamente.