El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 38
97%

Capítulo 38

Gillian

L os últimos días han sido los más felices de mi vida.

He dejado todos mis temores e inseguridades atrás con la ayuda de un Cedric que ni siquiera recordaba que existía. No hay momento en el que estemos juntos que no aproveche para darme una caricia, una palabra o una simple mirada que me demuestre cuánto me ama.

Ni siquiera la posibilidad de que mi hermano deba unirse en matrimonio con una mujer que ni siquiera conoce y que va a traer muerte hasta nuestras puertas puede empañar mi felicidad.

Mientras bordo algunas cosas para nuestro bebé, que cada vez se hace notar más en mi vientre, contemplo cómo mi esposo habla con su padre y el mío con una tranquilidad que hacía años que no sentía.

Debe darse cuenta porque se gira y, al sorprenderme, sonríe y mi guiña un ojo, me ruborizo.

Dice algo a los hombres, estos asienten y se levanta para dirigirse a mí. Se sienta a mi lado, ambos nos miramos como si fuéramos capaces de hablarnos con una simple mirada. Sé que está intentando averiguar mi humor, lo hace muy a menudo.

—¿Algo que quieras decirme, esposa? —murmura, asegurándose de que nadie nos escuche, niego riendo—. Entonces, ¿por qué me mirabas?

—¿Acaso no puedo hacerlo sin una razón? —devuelvo encogiéndome de hombros—.

Solo pensaba en lo feliz que soy —confieso algo avergonzada, todavía me cuesta confiar en su cambio.

Muchas veces temo que todo esto sea un sueño, o que el día de mañana suceda algo que lo vuelva a convertir en alguien que no sea capaz de reconocer.

—¿De verdad lo eres? —Asiento, me abraza, ya no le importa que haya gente a nuestra alrededor, ni que Ethan o Connor se burlen por sus demostraciones de afecto hacia mí—. Eso alivia mi alma —susurra contra mi cuello—. Aligera un poco mi carga…

—Una que debes soltar —replico—. No puedes permitir que lo sucedido te persiga toda la vida. Si yo he podido dejarlo atrás, tú debes hacer lo mismo.

—Me he casado con una mujer muy sabia —musita, besando mi frente—. ¿Te encuentras bien? ¿El bebé está muy nervioso? —posa una de sus manos sobre mi vientre.

—Parece que ahora está dormido —respondo—. De noche se mueve más.

—Estoy impaciente por verlo. —Sonrío, acariciando su rostro.

—¿Otra vez? —Ethan aparece a nuestro lado acompañado de Moira, parece que la muchacha se siente más segura a su lado, no logro comprender el motivo—. ¿Por qué estás tan pendiente de Gillian, hermano? Debes dejarla respirar un poco…

—Cállate —escupe mi esposo—. Me gustaría verte a ti —bromea—. ¿De dónde venís?

—Hemos ido a cabalgar —responde—. Y antes de que me digas que es peligroso, te recuerdo que sé defenderme y que hemos doblado la guardia. Nadie puede entrar y salir de tierras MacGregor sin que lo sepamos.

El temor ante lo que está por venir y desconozco vuelve a invadirme, a pesar de que lucho contra ello. He vivido siempre en paz, y saberme ahora en peligro no es algo que sea capaz de olvidar con facilidad, aunque sepa que Dunmara es una fortaleza infranqueable.

—¿Y Freydis? —vuelve a preguntar, esta vez es Moira quien responde.

—No quiere salir de la alcoba —murmura—. Dice que así causa menos problemas.

—La negativa de Connor no ha ayudado. —Miro a mi esposo como si fuera estúpido—. No me mires así, Gillian. Puede que a todos nos pareciera un disparate, sin embargo, puede que sea la única oportunidad que tengamos de que Einar no intente arrasar todo a su paso.

—Pues menos mal que no dijo que lo más conveniente sería tener incluso un hijo —espeto airada—. Mi hermano no la conoce, ¿por qué pedís de él semejante desatino? Puede que no lo quieras como yo, pero eso no significa que deba condenarse a un matrimonio con una extranjera que…

—No pongas en mi boca palabras que no he dicho —interrumpe molesto, se levanta de su asiento—. Por supuesto que aprecio a Connor. Es mi primo y querría para él lo mismo que tenemos tú y yo, sin embargo, muy a mi pesar, a veces se necesita hacer sacrificios.

Me guardo para mí la opinión de que debería haber buscado la forma de salir de allí sin secuestrar a la vikinga, siento que ella utilizó a Cedric para escapar del yugo de su hermano y lo vamos a pagar todos con sangre.

—Tenemos todavía algunas semanas —interviene Ethan—. Prima, deja que nosotros nos encarguemos de esto. Sé que estás preocupada, pero os vamos a proteger con nuestra propia vida.

—No quiero que nadie tenga que dar la vida por mí —me levanto también harta de esta conversación que no nos va a llevar a ninguna parte, salvo a seguir discutiendo—.

Por mi parte, no puedo apoyar el sacrificio de mi hermano, pero si él decide seguir adelante, me mantendré al margen con todo el dolor de mi corazón.

—Yo me he ofrecido voluntario. —Miro a Ethan con la boca abierta, Cedric blasfema y Moira parece a punto de desmayarse—. Pero la noruega opina que la mejor opción es Connor porque la alejaría de Dunmara.

—Os habéis vuelto todos locos —acuso—. Es como si esa maldita bruja os hubiera hechizado porque incluso te ofreces voluntario para unirte a ella. ¿Por qué? —cuestiono—. ¿Por su belleza?

—Gillian… —advierte mi esposo, lo miro con ganas de abofetearlo, pero me contengo cuando con un pequeño gesto me señala a la muchacha que siempre permanece en silencio, parece destruida y me doy cuenta de que algo le sucede—. ¿Puedes llevar a Moira a su alcoba? —Asiento—. Gracias, esposa.

La joven me sigue, pienso en ella como casi en una niña cuando debe tener mi edad, pero en los últimos meses siento que he tenido que crecer de golpe. Que todo lo sufrido me ha hecho pensar y sentir diferente.

—Lamento si he dicho o hecho algo para hacerte sentir mal —digo mientras avanzamos hacia las escaleras que nos llevarán a la planta alta—. No tengo nada contra ti, Moira.

—Porque soy escocesa como tú —resuelve sorprendiéndome—. Freydis no es mala —se detiene, hago lo mismo—. No es culpable de lo que ha hecho su hermano, ni de que nuestros respectivos reyes hayan jugado con su hogar. —Sé que tiene razón—. Ella me salvó al igual que a tu esposo.

—Siento todo lo que te sucedió —le digo con sinceridad—. Sé que has perdido a tu padre, que era la única familia que te quedaba. —asiente emocionada—. Y, aunque tengas razón, no logro comprender por qué me siento así respecto a ella.

—Su belleza hace que muchas mujeres la odiemos —la miro sorprendida—. Yo no, sé muy bien como soy y que jamás podré ser tan hermosa como ella o como tú. Pero no voy a dejar que eso me ciegue y no me deje ver lo bueno que ha hecho no solo por mí, sino por tu esposo.

—Es mi hermano —intento defenderme—. Quiero que se case por amor, ¿es tan difícil de comprender? —Niega sonriendo con algo muy parecido a la tristeza—. Si la amara…

—Entiendo tu punto de vista y el de ella —interrumpe—. Veremos qué depara el destino.

Continuamos por el pasillo que lleva a su alcoba, la cual comparte con Freydis, me siento tentada a entrar y hablar con la extranjera, pero temo que el resentimiento que todavía no soy capaz de controlar ocasione una nueva discusión.

—¿Me dirás qué te sucede con mi primo? —Ella me mira casi horrorizada mientras sus mejillas se tiñen de rojo, sonrío como quien sabe sin necesidad de palabras que es especial para la muchacha que tengo frente a mí—. Es apuesto, ¿verdad?

—No sé de qué hablas —intenta defenderse—. Él me salvó, me protegió en Kirkwall, le estoy muy agradecida. Además, desde mi llegada, se ha asegurado de no dejarme mucho tiempo sola y…

—Ethan es un gran hombre y será un buen laird para los MacGregor —interrumpo—. Me gustaría que también me vieras como una amiga, sé que debes sentirte muy sola y perdida, pero si decides que Dunmara se convierta en tu hogar, estaré para ti cada vez que me necesites.

Un par de lágrimas brotan de sus ojos antes de que se lance sobre mí y me abrace, me lo agradece una y otra vez. Me río porque me siento algo cohibida ante tanto despliegue de emociones, pero no la aparto porque no puedo imaginar mi vida donde mi padre, mi familia, no estuviera conmigo.

—Ahora descansa. —Abre la puerta, intento no mirar hacia el interior—. Nos vemos a la hora de la comida.

Al girarme para marcharme, un dolor me hace jadear, apoyar mi mano en la fría pared de piedra y con la otra apretar mi vientre porque se ha sentido como si me hubieran atravesado con un hierro al rojo vivo.

—¿Qué sucede? —pregunta asustada—. ¡Freydis!

—grita mientras intento recuperar el aliento después del ramalazo de dolor que me ha recorrido cada parte de mi cuerpo—.

¿Es el bebé? ¿Le he hecho daño? —parece horrorizada ante la idea, me apresuro a negar con la cabeza porque no soy capaz de pronunciar palabra.

—¿Qué pasa? —La noruega aparece en mi campo de visión—. ¿Duele? —Asiento apretando los dientes—. ¿Sangras? —pregunta mientras alza mi falda para asegurarse—. No lo haces. Moira, ayúdame a llevarla a su alcoba.

Agradezco a Dios que no estemos lejos porque el dolor, aunque menos intenso, sigue latente.

Me concentro en caminar a su paso, ellas me sujetan con fuerza para impedir que me caiga.

Cuando me dejan sobre el lecho cierro los ojos y suspiro aliviada al sentir algo de mejoría de inmediato sin poder comprender qué demonios sucede.

—¿Qué le pasa a mi hijo? —le pregunto asustada, ella se muerde el labio inferior pensativa—. Que nadie le diga nada a Cedric.

—Puede que solo se deba a algún esfuerzo que has hecho, o al exceso de emociones… —murmura—. No hay sangrado…

—¿Y si el bebé quiere nacer? —pregunta Moira—. Creo que deberíamos avisar a alguien…

—¿Sigue doliendo? —me pregunta sin hacerle caso, niego, siendo sincera, parece que nada ha pasado—. Creo que ha sido algún movimiento brusco o el exceso de preocupaciones —amonesta—. Y en eso me temo que soy responsable.

—No es cierto. —Su sorpresa consigue que sonría avergonzada—. He sido yo quien ni siquiera te ha dado una oportunidad, no estoy siendo mejor que tu hermano al odiar a alguien que no conozco y que solo quiere ayudar. Y lo más importante, que ha salvado al amor de mi vida y lo ha traído a casa.

—No hice nada —rebate—. Simplemente no podía quedarme de brazos cruzados viendo morir a un hombre que lo único que había hecho era cumplir órdenes.

—¿Y Moira? —pregunto mientras señalo a la joven con un movimiento de cabeza.

—Ella también es inocente —se encoge de hombros—. Solo buscaba a su padre. El cual murió por orden de mi hermano, lo que me extraña es que esta insensata siga hablándome.

Las tres reímos y me doy cuenta de lo injusta que he estado siendo, y por primera vez desde su llegada, me siento libre, como si me hubiera quitado un peso de encima.