Capítulo 37
Cedric
M e tenso cuando escucho la voz de Gillian, me levanto de mi asiento y no espero, a pesar de que mi padre me grita que no debo intervenir.
No necesito verlo para saber que la discusión tiene que ver con Freydis, los pocos pasos que debo recorrer para llegar al salón privado de Maeve me parecen una distancia abismal porque el miedo a que mi esposa reaccione de alguna forma en la que pueda dañarse me aterra.
Cuando abro la puerta, mi suegra la está sujetando, pero no las encuentro enzarzadas en ninguna pelea en la que deba intervenir. Me miran, algunas aliviadas, otras sorprendidas.
—¿Qué sucede? —pregunto, mirando a mi mujer, es de ella quien quiero la respuesta—. ¿Por qué gritas?
—Tu invitada tiene una maravillosa idea —se burla—. Ha decidido casarse.
Miro a Freydis sin comprender, esta parece algo superada por la situación. Vuelve a sentarse, como si el peso de todo lo que lleva a cuestas fuera demasiado para ella, comprendo cómo debe sentirse, y la animadversión de Gillian por ella no es lo que necesitamos en estos momentos.
—No entiendo nada —mascullo—. ¿Alguien puede explicarme qué demonios sucede aquí? —exijo, perdiendo la paciencia. Puede que intente volver a ser aquel Cedric del pasado, sin embargo, siempre he tenido un carácter difícil de controlar.
—Freydis piensa que un matrimonio sería una buena alianza y una forma para que las muertes cesen —explica Maeve—. Pero Gillian no se ha tomado bien la elección de candidato…
—Por supuesto que no —exclama, soltándose del agarre de su madre—. Mi hermano merece algo mucho mejor que un matrimonio forzado por las circunstancias.
—¿Connor? —pregunto, mirando a Freydis, asiente—. ¿Por qué…?
—¿Qué sucede, Cedric? —interrumpe Gillian—. ¿Te extraña que no seas tú el elegido? ¿Maldices tu mala suerte por estar ya casado?
—Niña —amonesta Rowenna—. ¿Se puede saber qué disparates estás diciendo?
—Yo jamás… —Freydis se levanta de su asiento de nuevo—. No veo a Cedric de ese modo —se defiende—. Y el a mí mucho menos. Te llamaba delirando mientras luchaba por mantenerlo con vida. ¿Por qué dudas de su amor?
Me mira con los ojos anegados en lágrimas y sale corriendo de la sala, a pesar de que su madre le ruega que se detenga. Me siento de nuevo en una encrucijada donde debo ocuparme de cosas importantes que atañen a miles de vidas o correr tras la única persona que amo más que a mí mismo.
—Ve. —Mi padre está tras de mí, como siempre, no me he dado cuenta de su llegada—. Tu esposa te necesita.
—Pero… —Connor se deja ver, está apoyado en la pared más cercana a la puerta y por su gesto comprendo que ha escuchado lo suficiente.
—Tu padre tiene razón —dice moviéndose—. Deja que yo me ocupe de mi futuro matrimonio. —Lo miro incrédulo—. ¿Qué? —cuestiona guiñándome un ojo—. En algún momento me tendré que casar…
—Eso ya lo veremos, hijo. —La llegada de Malcom Sinclair nos interrumpe a todos—. Muchacho, tu deber es para con tu esposa. Deja que nosotros nos ocupemos de esto, ya has hecho más que suficiente.
Asiento y corro tras ella, ha subido las escaleras, por lo que imagino que debe haberse refugiado en nuestra alcoba, pero cuando entro, no está.
El miedo me invade, ¿dónde puede haber ido?
Paso una mano por mi cabello de por sí desordenado, me siento frustrado porque pensaba que todo estaba solucionado y que, a partir de ahora, todo sería más fácil, pero no es así.
No consigo que Gillian confíe en mí, y lo que más me duele es que eso la está haciendo sufrir en vano.
—Hijo —me giro para ver a Maeve caminando hacia mí—.
Si no está en vuestra alcoba, debe estar en la tuya.
—Frunzo el ceño sin comprender—. En la que ocupaste desde que naciste —aclara, parpadeo sorprendido—.
Cuando te fuiste, ella pasaba horas allí, muchas veces incluso dormía en tu lecho y no en el vuestro.
Creo que encontraba consuelo entre esas cuatro paredes que te vieron crecer.
—Gracias. —Ella asiente y sonríe de esa forma tan suya—. Gracias, madre. —Contiene un sollozo, sus ojos se humedecen—. Sé qué hace mucho que no te llamo así y espero que no te moleste, si lo hace…
—Me has hecho muy feliz —se lanza a mis brazos—. Pensé que jamás volvería a escucharlo de tus labios. Te amo, mi niño.
La emoción me embarga, me siento demasiado expuesto, por lo que me separo con lentitud y pongo como excusa que debo hablar con Gillian, aunque en realidad no estoy mintiendo.
Necesito encontrarla, saber que está bien y hacerle comprender de una maldita vez que no hay poder sobre la tierra, humano o divino, que me haga dejar de amarla como lo hago.
Al abrir la puerta de mi antigua alcoba, de inmediato distingo el menudo cuerpo de Gillian sobre la cama.
Acurrucada mientras los sollozos la estremecen, me apresuro a llegar hasta ella, me tumbo a su lado y la abrazo.
Se tensa, pero no me aparta, escondo mi rostro entre su cabello y su cuello y comienzo a dejar suaves besos con la intención de calmarla y que sienta mi amor.
—No era necesario que me siguieras —dice tiempo después, cuando se calma lo suficiente, aunque su voz ronca por el llanto duele—. Hay cosas que debéis tratar de inmediato, es importante por la seguridad de los clanes y…
—Tú eres lo más importante para mí —interrumpo, instándola a que se dé la vuelta y me mire, necesito que lo haga—. ¿Por qué has dicho esas cosas allí abajo?
Rehúye mi mirada. Mi mano coge su barbilla, quiero ver qué me dicen sus hermosos ojos, ellos gritan lo que ella lucha por callar.
—Bueno, no puedes negar que nuestro matrimonio te fue impuesto. —Un golpe no me hubiera dolido más—. Si no fuera por mi embarazo, tú y yo no estaríamos juntos.
—Te equivocas —espeto, intento mantener la calma—. Tú y yo estaríamos juntos, puede que no casados, pero, sin duda alguna, no te hubiera dejado escapar.
—Eso nunca lo sabremos —musita pesarosa—. Estoy cansada, me gustaría dormir. Ha sido un día demasiado intenso.
—¿Por qué has venido hasta aquí entonces? —Se encoge de hombros mientras se incorpora y baja de la cama, se dirige a la puerta—. Deja de huir, pensé que estábamos bien. Que al fin habías comprendido que te amo.
—No me hagas caso —susurra a punto de salir de la alcoba—. El embarazo va a volverme loca. Mi madre me ha dicho que es normal, pero odio comportarme como una harpía, detesto llorar por todo o reír por nada, es como si estuviera perdiendo el juicio.
Camino hasta ella, cojo su mano, recorremos el pasillo hasta nuestra alcoba. No pienso dejarla sola esta noche ni ninguna otra. Ahora somos uno; cuando sufre, yo también; si llora, estaré consolándola; si se enfada, intentaré calmarla.
—Mañana será un nuevo día. —La ayudo a desnudarse, dejo suaves besos por su espalda, su piel se eriza, sonrío complacido—. Te amo, eres lo más bello que han contemplado mis ojos. Y eres toda mía.
—¿Y tú eres mío? —se gira, aunque está casi desnuda—. ¿Para siempre?
—Hasta mi último aliento —sentencio—. Hasta que mi corazón deje de latir.
—Te amo. —Se alza de puntillas y me besa, la cojo en brazos y me encamino hacia la cama para demostrarle una vez más cuánto la adoro.