Capítulo 36
Gillian
N o recordaba la sensación de felicidad plena.
Esa que te embarga el corazón y cura todos los males y las viejas heridas.
Sé que todavía nos queda camino que recorrer, debemos reconstruir la confianza que durante años Cedric se encargó de destrozar, y él debe comenzar a creer que vive rodeado de gente que lo ama sin importar nada.
Me doy cuenta de que mi hermano habla con mi esposo, por primera vez en años no veo acritud entre los dos, susurran cómplices, mientras que Ethan mira embelesado a la escocesa que no sabe dónde esconderse.
Me siento mal por el recibimiento que les he dado, más por la morena que por la vikinga, puede que mi esposo sea capaz de olvidar, perdonar y diferenciar, pero yo solo puedo ver a la hermana del hombre que casi lo mata.
—¿Quieres dejar de mirarla así? —sisea Nessa—. No es mala, Gillian. Y ha salvado a mi hermano, solo por eso deberías estar más que agradecida.
No replico nada porque sé que tiene razón, sin embargo, no puedo dejar de sentirme insegura ante su abrumadora belleza, y la gratitud que Cedric parece sentir.
No es un hombre que cree vínculos con desconocidos, ya que durante años incluso rehuía los lazos familiares.
La muchacha parece sentir mi mirada porque deja de hablar con mi tía para dirigir sus ojos hacia los míos, en ellos no veo acritud ni resentimiento por la forma en la que la he recibido.
Soy la primera en mirar hacia otro lado, Nessa alza una de sus cejas, niego para dejarle claro que no quiero hablar sobre lo que nuestra invitada provoca en mí.
—Debes olvidar los celos —susurra insistiendo—. Cedric no siente nada por ella. Te ama a ti —añade con firmeza—. No te tenía por una mujer que se deja llevar por inseguridades.
Le lanzo una mirada que deja muy claro lo que pienso de sus palabras, sé que intenta provocarme y lo está consiguiendo, lucho por no empañar la alegría que se siente en el ambiente no solo por el regreso de los hombres, sino porque Cedric vuelve a ser el que era.
Aquel niño que poco a poco fuimos perdiendo y que algunos ya habíamos dejado de esperar, aunque yo, muy en el fondo, jamás lo hice, ya que mi estúpido corazón no me lo permitía.
—No sigas presionando —siseo—. Estás comportándote como una niña —amonesto, a pesar de que ambas tenemos la misma edad.
—Esa eres tú, no yo —se jacta—. Compórtate como la esposa de Cedric MacGregor de una vez por todas.
Da la bienvenida a Dunmara como corresponde a ambas.
¿Crees que no me doy cuenta de que tu inquina solo es para la vikinga?
Y dudo que solo sea por su procedencia o parentesco con el bastardo que casi acaba con mi adorado hermano. Es por su hermosura…
—Cállate —alzo la voz, Cedric me mira extrañado, de inmediato, sabe que algo va mal—. Mira lo que has hecho…
Solo se ríe y comienza a hablar con Ethan, que a su lado todavía no ha abierto la boca, algo raro en él. Puedo sentir cómo mi esposo me mira a la espera de que haga lo mismo, pero intento rehuirlo para no tener que mentirle, o peor aún, decirle la verdad de cómo me siento.
—Gillian, mírame —me pide, lo hago a regañadientes—. ¿Mi hermana te está molestando? —Niego mientras bebo un poco—. Entonces, ¿por qué estás enfadada?
—No lo estoy —miento, Nessa a mi lado hace un sonidito que no pasa desapercibido por su hermano—. ¿Qué te hace pensarlo? —intento sonreír.
—Tus gestos, y que tu cuerpo está tenso como la cuerda de mi arco —replica, volviéndose hacia mí, dando la espalda a Connor—. Quiero la verdad, no me obligues a sacarte de aquí para buscar privacidad y así sonsacártela de otro modo…
La forma en la que lo dice y cómo me mira consigue que me remueva en mi asiento recordando lo que ha sucedido entre nosotros hace unas pocas horas.
—Ya lo sabes —mascullo cansada de este tema—. ¿Podemos hablar de otra cosa, por favor?
Me observa por lo que parece una eternidad antes de suspirar, coge mi mano bajo la mesa y la aprieta entre la suya, parpadeo porque un simple gesto consigue que mis emociones vuelvan a descontrolarse.
No comprendo por qué puedo pasar de la furia más absoluta a la tristeza o alegría en un simple abrir y cerrar de ojos.
—Tendré que recordártelo de nuevo —murmura sin mirarme—. Te he prometido hacerte feliz y sigo fallando. —Algo en mí se resquebraja, me siento culpable por comportarme tan irracionalmente cuando Cedric no ha hecho nada—. ¿Me tendrás paciencia?
—¿Y tú a mí? —pregunto de vuelta, sonriendo para tranquilizarlo, me devuelve el gesto.
—Siempre —promete con tanta sinceridad que consigue que mis temores se disipen.
Cuando la cena termina, los hombres quieren hablar con Cedric.
Necesitan saber a qué atenerse con el enemigo para estar preparados.
Las mujeres nos retiramos al salón privado de la señora de Dunmara, donde nos sentamos frente al fuego, tanto mi madre como mi tía están pletóricas, ya que tanto sus esposos como hijos han vuelto sanos y salvos y esta vez no hemos tenido que lamentar pérdidas.
—¿Te encuentras bien? —Miro a mi derecha sorprendida porque es la muchacha de cabello como la nieve la que me habla, la que parece preocupada por mí, cuando lo único que he hecho desde su llegada no es lo más correcto ni educado.
—Sí, gracias —respondo algo avergonzada—. Cansada, pero es normal en mi estado.
—¿Tenéis parteras en el clan? —Asiento—. Me gustaría aprender —exclama emocionada—. Tengo conocimiento de todo lo demás, pero jamás he asistido a un parto.
—¿En tu hogar no nacen niños? —pregunto extrañada.
—En los últimos tiempos no —niega con pesar—. La partera que teníamos la mataron la misma noche que la esposa de mi hermano se puso de parto. Murieron tanto ella como el niño.
—Lo lamento —musito—. Debió ser duro para él.
—Ha hecho que se convierta en alguien que ya no reconozco. —Puedo sentir su tristeza—. Aunque no pierdo la esperanza de que Einar encuentre algún día alguien que le devuelva las ganas de vivir en paz.
Asiento porque no sé qué decir a eso. No puedo sentir lástima por el hombre que casi acaba con Cedric, además, lo mantuvo cautivo, y hubiera muerto si la mujer que tengo al lado no hubiera intervenido.
De reojo, veo cómo habla con Moira, que parece mucho más tímida, me remuevo inquieta sintiéndome fuera de lugar, a pesar de estar en mi hogar y arropada por mi familia.
—Cielo —llama mi madre, la miro—. Le estaba diciendo a tu tía que ahora que tu padre y hermano han regresado, querrán marchar de inmediato a Girnigoe.
—Lo comprendo, madre —asiento, aunque su marcha me duela, sé que su lugar no está en Dunmara.
—Sin embargo, prometo llegar para el parto, nada ni nadie lo impedirá —sentencia—. No debes temer, estaré a tu lado en tan duro trance y veré nacer a mi nieto o nieta.
—No me cabe la menor duda —bromeo, haciendo que todas las presentes se rían.
—¿Crees que padre querrá partir de inmediato? —cuestiono, intentando sonar despreocupada.
—Por lo que me ha dicho, sí —asiente con seriedad—. Quiere replegar a sus hombres en Girnigoe y prepararse para la invasión vikinga.
—Mi hermano no atacará sin un buen plan. —Miro a la noruega—. Y no podrán llegar aquí hasta que pase lo más crudo del invierno. Puede que haya perdido el norte, pero no es un suicida.
—No, es un maldito asesino —espeto sin poder callarme—. He visto las heridas que infligió a mi esposo —me gusta recalcarlo—. Imagino a cuánta gente ha matado jugando a ser un dios.
—Einar no es así —intenta defenderlo con fervor—. No era así —musita derrotada—. Soy la primera que tiene la esperanza de que vuelva el hombre que sé que es. Pero la ira lo ciega, el dolor de la pérdida ha hecho que se convierta en alguien que detesto y al que siento que no puedo salvar.
Aunque no quiero sentir lástima, lo hago, porque sus palabras me recuerdan las miles de veces que me sentí de ese modo con Cedric.
La desesperanza de saber que son otra persona completamente distintas, que pueden cambiar, pero no quieren, es doloroso, y muy difícil de aceptar.
Sin embargo, mi esposo jamás se convirtió en un asesino que sesgaba vidas por el simple placer de hacerlo o porque estaba convencido de hacer lo correcto en nombre de su patria.
—Mientras tanto, sigue matando —replico—. Vendrá hasta aquí, no quiero ver a mi gente morir.
—No tiene por qué ser así —interviene Maeve—. Comprendo cómo te sientes, querida. Sin embargo, estás volcando tu ira sobre la persona equivocada, ya que Freydis no ha empuñado una espada en contra de nuestros hombres. Ella intenta salvarlos…
—¿A todos? —pregunto, observándola en busca de una respuesta, agacha la mirada, por lo que de inmediato comprendo que no.
—Al principio, también me cegó la rabia —reconoce—. Había perdido a mi cuñada y sobrino y a todo lo que conocía. Nos lo habían arrebatado y no podía comprenderlo.
Guardamos silencio, inspira como si así pudiera armarse de valor para continuar hablando. Me mira con tanto pesar en esos hermosos ojos que me siento como una víbora por estar presionándola.
—Al principio, no moví un dedo por detener a mi hermano —reconoce, la vergüenza es casi palpable en su voz—.
Pero no tardé demasiado en comprender que muchos de los que llegaban a la isla lo hacían por orden de su rey, y que no venían a robar, sino a hacernos comprender que somos uno, nos guste o no.
—Lamentamos que vuestro rey y el nuestro se hayan repartido territorios.
—Miro a mi madre—. Pero mi esposo, al igual que el laird MacGregor, obedecen órdenes.
Los escoceses mejor que nadie sabemos lo que es que nos arrebaten nuestras tierras y no poder hacer nada.
Por nuestra parte, no queremos ser enemigos, hemos luchado durante dos décadas por la paz y ahora se ha visto truncada por un juego de poder ajeno a nosotros.
—Lo comprendo bien —asiente—. Por eso espero que, cuando mi hermano venga a por mí, hayamos encontrado la forma de que las muertes cesen.
—¿Y tienes algo pensado? —Niega ante mi pregunta, ruedo los ojos—. Perfecto.
—Tenemos, al menos, unas semanas… —dice mi tía, preocupada, no puede ocultarlo, ya que es su hogar lo que está en peligro.
—Tal vez, si la devolvemos… —sugiero sin acritud.
—Hija —exclama mi madre—. No es un caballo.
—Solo intento ahorrarnos más problemas —me defiendo—. Disculpadme si no deseo ver sangre MacGregor o Sinclair derramada.
—Ella tiene razón —replica pensativa—. Es eso o… —guarda silencio, como si le pareciera una locura lo que está pensando.
—¿Qué? —inquiero, perdiendo la paciencia—. Habla de una maldita vez.
—Podría casarme… —Abro la boca incrédula por semejante estupidez—. Si lo hago, Einar no podrá matar a nadie porque seríamos familia y…
—¿Tienes algún candidato? —cuestiono con sorna.
—Tu hermano —responde mirándome, me levanto como un resorte, ella hace lo mismo.
—¿Perdón? —siseo—. Sobre mi cadáver. ¿Quieres que lo maten a él? ¿Te has vuelto loca? —alzo cada vez más la voz enfurecida. Mi madre me contiene porque lo único que quiero hacer en estos momentos es abalanzarme sobre ella.
—¿Crees que me gusta la idea? —espeta—. Nunca me había planteado casarme, mucho menos sin amor. Pero he estado pensando desde que subí al maldito barco, la única manera de que esto termine es con alianzas, ofrecerle a Einar algo que no pueda rechazar.
—¿Por qué Connor y no Ethan? —pregunto desconfiada—. También será laird algún día…
—Es mi manera de alejarlo de Dunmara. —Lo pienso y tiene sentido—. Si llega aquí, querrá acabar lo que empezó porque Cedric lo ha dejado en ridículo delante de sus hombres. Si me marcho a Girnigoe y él lo sabe, va a ir tras de mí.
—O puede que le importes un comino y haga una parada aquí para quemar Dunmara hasta los cimientos.
—Mi hermano no es estúpido —exclama molesta—. Hasta ahora nuestro rey no ha intervenido, pero si sigue causando problemas, puede perder la cabeza, y él lo sabe. Es una forma de acabar con esto de una maldita vez.