Capítulo 35
Cedric
L a felicidad de volver a tener a Gillian entre mis brazos se ha visto empañada por su reacción ante la llegada de Freydis y Moira.
En ningún momento pensé que serían un problema más añadido a mi matrimonio.
Suplico a mi madre que las atienda mientras voy en busca de mi mujer, no pienso seguir postergando la conversación que deberíamos haber tenido hace mucho tiempo, aunque eso signifique sufrir.
Lo que tampoco esperaba era hacer el ridículo ante ella solo por un par de caricias por su parte.
La deseo tanto y desde hace años que mi cuerpo ya no me obedece, han sido semanas en las que creía que no volvería a verla, a sentirla.
Mucho menos que dude de mi lealtad hacia ella, puede acusarme de muchísimas cosas, pero nunca de haber mirado a otra mujer.
Por ello, aunque he intentado comportarme, decido que es momento de dejar que nuestros cuerpos hablen. Creo que soy mejor expresándome con caricias y besos que con palabras, me recreo en su vientre, donde crece mi hijo, me maravillo por el milagro de la vida porque sigo sin merecerlo.
—Cedric… —se remueve inquieta, sé lo que quiere.
Llego de nuevo hasta sus labios mientras me adentro despacio en su interior, ambos gemimos, me quedo inmóvil temiendo hacerle daño cuando lo único que deseo en este momento es moverme, fuerte, rápido y alcanzar el paraíso, esta vez entre sus brazos, los cuales me rodean mientras se pierden en mi cabello, sus piernas aferradas a mis caderas mientras las suyas salen en busca de más, lo pide sin palabras, lo escucho en sus gemidos, en los jadeos ahogados contra mi cuello.
Aprieto mis dientes intentando aguantar, mis manos se apoderan de sus caderas, embisto, amaso sus pechos más plenos que la última vez que los vi.
Estoy volviéndome loco al sentir cómo me aprieta en su interior, cómo gime mi nombre, temo volver a hacer el ridículo y terminar demasiado rápido sin que ella alcance las mismas cotas de placer que yo.
—Gillian —jadeo cuando araña mi espalda—. No puedo más…
Aumento el ritmo, y cuando grita mi nombre, me dejo ir en su interior gruñendo mientras muerdo su cuello y beso sus labios, que todavía pronuncian mi nombre.
—Dios mío —jadea conmigo todavía en su interior y mi cuerpo temblando sobre el suyo. No quiero apartarme porque tengo miedo a que vuelva a interponer un muro entre nosotros—. Cedric, no sabía que esto era posible…
Alzo la cabeza, aunque la siento pesada, mis heridas duelen, pero mientras he estado poseyéndola, era en lo que menos podía pensar, si se han abierto más, me importa poco.
—¡Tus heridas! —exclama, recordándolo como si pudiera escuchar mis pensamientos—. Dije que te curaría y…
—Estoy bien —interrumpo mientras ella se remueve para apartarme, gruño porque cierta parte de mi cuerpo que todavía se encuentra en su interior despierta contenta—. No hagas eso —amonesto—. O volveré a hacerte el amor.
Se detiene, aunque en sus ojos veo que no le desagrada la idea.
Solo lo hace porque teme que me haga daño, se siente culpable por no pensar en mí cuando lo último que necesito es que crea que necesito algún tipo de cuidado especial por el hecho de haber estado al borde de la muerte.
No quiero volver a pensar en aquellos días en los que el sufrimiento y el dolor me hicieron desear morir en alguna ocasión.
Me alejo porque sé que debo hacerlo. En cuanto lo hago y se ve libre de mi peso, se incorpora, sus pechos plenos ante mí. Muerdo mi labio inferior para controlarme porque parece que ella está ajena a lo que su cuerpo desnudo produce en el mío, aunque no lo escondo.
—Déjame ver —susurra—. Dios mío —jadea, alza sus ojos para encontrar los míos, los suyos empañados por las lágrimas—. ¿Cómo es posible que estés vivo?
—Porque tenía que volver a ti —acaricio su mejilla borrando el surco que corre por ellas—. Pensé en rendirme, pero necesitaba pedirte perdón.
—¿Realmente me amas? —su pregunta me mata, duele más que ser atravesado por una espada, las dudas que leo en sus ojos, el miedo, la desconfianza.
—Sí —respondo sin lugar a duda, con firmeza y sin dejar de mirarla, con la esperanza de que vea en mis ojos hago que consiga que me crea, ya que parece ser que las palabras y las acciones no son suficientes—. Gillian…
Unos suaves golpes en la puerta nos interrumpen, blasfemo y gruño. Mi esposa se cubre rápidamente y hago lo propio para que no me encuentren como mi madre me trajo al mundo.
—Muchacho, me habían dicho que estabas herido, pero no veo la gravedad.
—La curandera entra, veo en el pasillo a toda la familia, incluida a Freydis y Moira.
La puerta se cierra, y la mujer mira a Gillian, que sonrojada intenta arreglar su cabello—.
El baño ha durado demasiado —se ríe—. Veamos esas heridas, la vikinga ya me ha informado de todo.
De reojo me doy cuenta de que de nuevo Gillian se tensa ante la mención de mi salvadora. En otro momento, puede ser que me hiciera gracia, ahora, lo último que quiero es que se sienta insegura cuando estoy intentando que crea en mis sentimientos.
—Tendré que coser de nuevo. —Mi esposa palidece, me mira con culpabilidad, niego con la cabeza para hacerle entender que ella no es responsable—.
Sin embargo, están mejor de lo que esperaba.
No hay infección y eso es lo que te ha salvado la vida.
Pocos hombres han sobrevivido a semejantes heridas, muchacho.
—He tenido mucha suerte —replico, sin dejar de observar a la mujer que robó mi corazón desde que éramos niños.
—Desde luego —asiente, y cuando acaba, añade—.
No os dejéis de nuevo llevar por la pasión, o, al menos, controlaos un poco.
—Gillian gime y oculta su rostro entre las manos avergonzada—.
Niña, no hay nada de malo —ríe la anciana—.
Todavía recuerdo cuando mi esposo me dejaba con las piernas temblando.
Se carcajea mientras se dirige a la puerta, al abrirla, compruebo que nadie se ha movido del pasillo, como si mi vida corriera peligro.
Ruedo los ojos, la primera en pasar es Maeve, que se asegura de que estoy bien con sus propios ojos, sonríe más tranquila.
Mientras que lady Rowenna se acerca a su hija para asegurarse de que está bien, menos mal que los hombres son más comedidos y no entran como una tromba.
—Viendo que estás bien —dice mi padre desde la puerta—, creo que lo correcto sería comer todos en el salón. —Asiento—. Es un día para celebrar.
La alcoba queda vacía, solos Gillian y yo.
Decido vestirme y ella hace lo propio en completo silencio.
Me pregunto qué es lo que le pasa por la cabeza, por primera vez desde que he llegado, me doy cuenta de que, a pesar de que su vientre ha crecido, sigue estando delgada, y las ojeras en su hermoso rostro no deberían haberme pasado desapercibidas.
—¿Te encuentras bien? —Me mira sorprendida, asiente tras unos instantes de duda—. Imagino que estas semanas no han sido fáciles.
—No, no lo han sido —reconoce, volviéndose hacia mí mientras trenza su hermoso cabello, me gustaría decirle que lo deje suelto, pero me contengo al ver que tiene algo que decir—.
¿Crees que ha sido fácil para mí ver cómo todos volvían menos tú?
¿Saber que mi esposo es un hombre con madera de mártir y que prefirió dar su vida para salvar la del resto?
—Gillian… —intento explicarme, pero alza su mano para acallarme.
—Entiendo —asiente—. Se trataba de tu padre y hermano, pero ¿y yo?, ¿y tu hijo?
—No fue así —me levanto para acercarme a ella, necesito tocarla—. Claro que quería volver a tu lado, ¿no te lo he dicho? ¿A qué temes, Gillian? Te he abierto mi corazón, te lo ofrezco todo, te doy mi alma, mi cuerpo, mi vida entera.
—Temo que vuelvas a herirme —exclama—. Me duele que no haya sido yo quien abriera tus ojos, quien te hiciera cambiar y comprender que tu realidad no era la de los demás.
—Lamento que no haya sido así —replico—. Pero ninguno podemos cambiar el pasado. Lo único que te pido es que seas mi compañera, que me permitas amarme, que criamos a nuestro hijo juntos.
—Exiges una fe ciega en ti —dice, dando varios pasos hacia mí, al menos, no se aleja—.
Cuando pensé que te había perdido, creí morir, lo hubiera hecho si no fuera por el bebé que crece en mi vientre.
—Escucharla decir algo semejante hiela la sangre en mis venas—.
Me recriminaba a mí misma no haberte dicho lo que te amaba, que nunca había dejado de hacerlo, pero que la única forma de protegerme del dolor que me infligía tu desprecio era luchar contra ese sentimiento con la esperanza de terminar matándolo.
—Doy gracias a Dios porque no haya sido así. —Intenta sonreír, pero le tiembla el labio inferior, señal de que está a punto de romper a llorar de nuevo.
—Te amo, Cedric MacGregor, y estoy cansada de luchar contra ello —acaricia mi mejilla—. ¿Me prometes que nunca más vas a alejarte de mí?
—Te lo juro —la abrazo—. Gracias —repito una y otra vez—. Te lo juro por mi honor, esposa. —Alza su rostro, la beso y ella sonríe. Su mirada se ilumina, toda sombra de duda o dolor desaparece como por arte de magia y mi corazón se siente más ligero que en mucho tiempo.
Me gustaría permanecer en esta habitación durante horas, pero sé que nuestra familia nos espera para celebrar que haya vuelto, y lo más importante, que todos lo hayamos hecho con vida, algunos otros no han tenido tanta suerte.
Descendemos las escaleras cogidos de la mano, siento tanta paz que me recrimino a mí mismo no haber hecho esto mucho antes.
Todos sentados a la mesa nos ven llegar y aplauden al darse cuenta de que al fin he dejado de ser un estúpido.
Nos sentamos en nuestros lugares correspondientes y la cena comienza, todos hablan emocionados mientras observo en silencio.
—Me alegra ver que mi hermana y tú seréis felices a partir de ahora.
Por lo que, llegado el momento, podré regresar a Girnigoe.
—Connor, sentado a mi lado, habla en voz baja sin dejar de comer—.
Estaba más que preparado para partirte las piernas.
—Su amenaza me hace reír, Gillian nos observa con el ceño fruncido, intentando mantener una conversación con Nessa.
—No hará falta —niego todavía sonriendo—. Pretendo hacerla muy feliz, Connor.
—Es lo único que pido —asiente—. Sé que lo harás.