Capítulo 34
Gillian
N o he vuelto a soñar con Cedric.
Sin embargo, he dejado de comportarme como una histérica y hecho caso a mi madre.
Me he centrado en mi salud, en comer y dormir lo máximo posible, también he rezado, muchísimo.
Mi mayor deseo es verlos aparecer junto a mi esposo, acaricio mi vientre mientras observo por la ventana de mi alcoba.
No he sentido deseos de abandonarla desde ayer, doy gracias a mi familia por no obligarme a ello.
—Ya llegan. —La puerta se ha abierto con estruendo, revelando a una Nessa jadeante—. Han dado el aviso, Gillian.
—Cedric… —comienzo a decir aterrorizada.
—No lo sé —dice apresurada—. Vamos.
Salgo corriendo lo más rápido que puedo, teniendo cuidado de no caer por las escaleras y romperme el cuello.
Al salir al patio, todavía no han llegado y me siento desfallecer por los nervios, las náuseas hacen acto de presencia amenazándome con vaciar el estómago delante de todos los que, como yo, esperan la llegada de sus hombres.
—¿Por qué tardan tanto? —pregunto, caminando de un lado a otro. Tras de mí, mi madre y mi tía de nuevo esperan en silencio la llegada de sus esposos, con el miedo reflejado en sus ojos y la esperanza en sus corazones—. No voy a poder soportarlo si Cedric regresa…
—¡Gillian, mira! —exclama mi prima y cuñada, el primero en entrar por el portón es mi marido, sobre un caballo, desaliñado, ojeroso y mucho más delgado que la última vez que lo vi, pero vivo—. Gracias a Dios.
Es lo único que escucho, porque comienzo a correr sin importarme quién me vea o qué pueda pensar de mí.
Cedric desmonta y también camina en mi dirección, me lanzo a sus brazos, me recibe entre ellos mientras rompo a llorar por la emoción, por el miedo contenido, dando gracias a Dios por tenerlo de vuelta.
—No llores, mi amor. —Ni siquiera logro comprender lo que me dice, solo sé que está conmigo, que ha regresado a mi lado—. No llores, por favor.
El mundo a nuestro alrededor deja de existir, me separo un poco para mirarlo a los ojos, apagados, hundidos y empañados por la emoción.
Volvemos a abrazarnos, no me importa saber que su madre debe estar deseando hacer lo mismo, me dejo llevar por el egoísmo.
Me niego a soltarlo porque temo que de nuevo todo sea un sueño y al despertar tenga que enfrentarme otra vez a una realidad donde él no esté.
—No voy a irme, Gillian —susurra contra mi cuello, lo besa—. Suéltame para que podamos buscar un lugar más privado, ¿te parece?
Finalmente, me separo a desgana, miro a mi alrededor para descubrir que los hombres no han llegado solos. Dos muchachas más o menos de mi edad y muy hermosas los acompañan.
—¿Quiénes son? —pregunto, frunciendo el ceño.
—Freydis Thorsson. —Noruega, pienso molesta—. Y Moira Lennox. Su padre ha muerto a manos de mi captor, es escocesa.
—Reconozco el apellido, esposo —replico—. Lo que no entiendo es por qué las habéis traído con vosotros.
Me cruzo de brazos esperando una respuesta por su parte. ¿Qué son para él para arriesgarse a traerlas hasta Dunmara?
—Moira no tiene a nadie, estaba cautiva —explica extrañado por mi conducta—. Freydis fue la que me salvó la vida aún contra la oposición de su hermano.
—Encomiable —espeto, lanzando una mirada a la muchacha del cabello como la nieve—. ¿Te has parado a pensar que gracias a ella tendremos a los noruegos a nuestras puertas pronto?
—Fue la única manera de salir de allí —explica mi tío y suegro—. Querida, que preparen un baño para tu esposo y comida.
—Debo curarlo —interviene la vikinga—. La herida se ha abierto un poco.
—Puedo hacerlo yo —replico—. Para eso soy su esposa —recalco, alguien golpea mi costado, miro de reojo, se trata de Nessa, quien sonríe a las recién llegadas.
—¿Eres curandera? —Lejos de mantenerse callada, osa replicarme, me tenso preparada para atacar, solo la llegada de Maeve, quien abraza a su hijo, me hace guardar silencio.
Me retiro para ordenar lo que me ha pedido mi suegro, pero lo hago furiosa. ¿Cómo se le ha ocurrido traer a nuestra enemiga a Dunmara? Me importa poco lo que haya hecho por él, su sola presencia ya presagia problemas, su hermano vendrá a por ella y de nuevo se derramará sangre MacGregor.
—Gillian —me detengo al pie de las escaleras, Connor se acerca a mí—. ¿Por qué te comportas así? —pregunta—. Casi te vuelves loca cuando Cedric no volvió y ahora…
—¿Tú también estás de acuerdo con semejante locura? —interrumpo—. ¿Es que os ha nublado el juicio esa bruja vikinga?
—¿Estás celosa? —pregunta, intentando contener la risa, gruño—.
Lo estás —acusa carcajeándose—. Por el amor de Dios, hermana.
Puede que Cedric sea muchas cosas, pero no te sería infiel, mucho menos cuando ha estado cerca de morir.
Simplemente le salvó la vida y ha sido nuestro salvoconducto para salir de Kirkwall.
No digo nada, doy media vuelta y comienzo a subir las escaleras después de dar la orden de que preparen la tina en nuestros aposentos.
Preparo su ropa y me siento sobre el lecho a esperarlo, mis manos entrelazadas sobre mi regazo, mirada agachada al darme cuenta de que mi comportamiento estúpido ha empañado nuestro reencuentro.
Las criadas llenan la tina con agua caliente, y dejan algo ligero para comer. Me doy cuenta de que no he ordenado nada para las recién llegadas, imagino que Maeve se encargará de ello, aunque después deba disculparme.
Cuando finalmente la puerta vuelve a abrirse, levanto la mirada encontrándome con la de Cedric.
Cierra y camina hacia la tina sin dirigirme la palabra, ¿volvemos a eso?
¿Vuelve a ser el mismo de antes? ¿O algo ha cambiado durante su ausencia?
Demasiadas preguntas sin respuesta que me hacen temer de nuevo.
Aunque no me lo pide, lo ayudo a desvestirse y contengo un jadeo al ver sus heridas, no necesita mi llanto, ni mi lástima.
—¿El agua está muy caliente? —susurro mientras se sumerge.
—Está bien —responde sin emoción—. Puedo hacerlo yo.
No le obedezco, comienzo a lavar su cabello más largo que cuando se fue hace semanas.
Mis manos se pierden entre las hebras de cabello oscuro, me deleito con su tacto porque durante días pensé que jamás volvería a tenerlo a mi lado.
Cuando acabo, comienzo a lavar su cuerpo, sus manos me detienen cuando sumerjo las mías, le miro sorprendida.
Sus ojos son dos pozos negros, se muerde el labio inferior y comprendo de inmediato lo que sucede, lejos de asustarme o sentirme avergonzada, me suelto de su agarre y mi mano encuentra de inmediato su hombría.
Gime y echa el cuello hacia atrás, no puedo evitar besárselo. Traga con fuerza, susurra mi nombre casi con devoción, todo termina incluso antes de comenzar.
—Maldición —masculla levantándose, consiguiendo que mucha del agua termine en el suelo. Se seca con rapidez, casi con frustración, no comprendo por qué se comporta de este modo, ni que es lo que he podido hacer mal.
—Cedric… —me mira sobre su hombro—. ¿Qué es lo que…?
—Dime una cosa, esposa —interrumpe enfrentándome—. ¿Me has tocado porque crees que Freydis también lo ha hecho? —Abro mucho los ojos ante semejante pregunta, pero, lejos de amedrentarme, me enfurece de nuevo.
—¿Lo ha hecho? —replico de vuelta mientras me pongo de pie—. ¿Es por eso por lo que no deseas mis atenciones?
—¿Que no las deseo? —pregunta incrédulo—. Gillian acabo de estallar en tu mano con solo tocarme —se carcajea—. ¿De verdad que estás tan ciega como para no verlo?
—¿Qué debo ver? —inquiero a la defensiva—. Dime, Cedric. ¿Qué es lo que mi estúpida mente no logra comprender?
—Que te amo —espeta—. Solo mi amor por ti me mantuvo con vida cuando debería haber muerto en esa maldita isla.
Solo rezaba a cualquier dios que quisiera escucharme para que me permitiera volver a tu lado y enmendar todos mis errores.
Ver crecer a mi hijo, suplicarte perdón hasta el final de mis días.
—Cedric…
—Y tú te enfureces porque traemos a dos mujeres —exclama molesto, dolido—. ¿Piensas que me interesa alguna de ellas? ¿Te he dado alguna vez motivos para pensar que es mi polla quien gobierna mi cabeza?
Enrojezco hasta la raíz de mi cabello no solo porque me siento una tonta en este momento, sino por su forma de hablar.
No puedo evitar mirar cierta parte de su cuerpo que acaba de nombrar, ya que continúa desnudo como su madre lo trajo al mundo.
Y lejos de reposar entre sus piernas, está muy despierta a mi parecer.
—Te recuerdo que hacía años que no te veía, y cuando lo hacía, no me permitías acercarme lo suficiente —replico mordaz.
—Si lo hubiera hecho, ahora mismo tendríamos unos cuantos mocosos. —Que lo reconozca abiertamente me deja con la boca abierta—. Podríamos pasarnos horas mientras me recriminas todo lo que he hecho mal, pero eso no cambia lo que siento por ti.
—¿Y yo debía adivinarlo? —escupo, negándome a que sus palabras me hagan flaquear—. ¿Ahora debo saber que mi esposo no se ha traído a alguna de esas mujeres para divertirse…?
Gruñe, veo cómo se tensa antes de rodear la tina que nos separa, coge mi rostro entre sus manos y se apodera de mis labios.
Mi primera reacción es dar manotazos sobre su pecho desnudo para que me suelte; lejos de eso, me abraza, y es cuando siento su cuerpo contra el mío cuando dejo de luchar.
El fuego se enciende en mi interior, me aferro a sus hombros para no caerme, soy consciente de que caminamos, pero no hacia dónde hasta que caigo sobre la cama.
Comienza a desnudarme sin que oponga resistencia mientras lo observo embelesada.
Sus manos acarician mi vientre prominente casi con adoración, se arrodilla y deja suaves besos mientras susurra palabras que no logro comprender porque el deseo se ha apoderado de mi cuerpo y de mi mente.
Ya no existen dudas, no existe el miedo o la furia, solo él y yo.