El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

Cedric

M e aparto de mi hermano y camino hacia el hombre que me dio la vida. Y al que he odiado gran parte de ella sin que se lo mereciera, sin haberme dado motivo alguno para pensar que no me quería igual que a Ethan o Nessa.

—Pensé que te había perdido —murmura, miro su pierna porque recuerdo que lo hirieron, pero se comporta como si nada—. No pienso permitir que vuelvas a hacer algo así, Cedric —amonesta—. Es mi deber protegerte, no al revés, ¿me entiendes?

—Los MacGregor necesitan a su laird —replico emocionado, carraspeo para disimularlo, nunca se me ha dado bien mostrar mis sentimientos.

—Te equivocas —rebate con firmeza—. Un padre necesita a sus hijos, a todos. Hubiera dado mi vida con gusto sabiendo que vosotros regresabais sanos y salvos a Dunmara.

Tengo tantas preguntas, quiero saber cómo está Gillian y la vez me da miedo, ya que la realidad puede ser más dolorosa que la incertidumbre.

—¿No tienes nada que decirme, Cedric? —Por cómo lo pregunta, comprendo de inmediato que lo sabe, que el secreto que llevo una década guardando ha salido finalmente a la luz.

—Lo sabes. —No sirve de nada hacerme el tonto, asiente—. Entonces no tengo mucho más que decir, padre. Pedir perdón no va a cambiar el hecho de que me he comportado como un bastardo con todos vosotros. Mucho más con Maeve, porque le echaba toda la culpa y yo no podía permitirme…

—No podías quererla —termina por mí como si fuera capaz de leer mi mente—.

Pero ya lo hacías, Cedric. Creo que ambos os enamorasteis el uno del otro cuando apenas eras un bebé —habla sonriendo, aunque veo la tristeza en su mirada por todo lo que hemos perdido a lo largo del camino—.

Ella nunca ha dejado de amarte, es tu madre, por más que no te diera la vida.

Si lo que temes es que Maeve no te perdone…

—No es eso —interrumpo incómodo—. Mi temor es que no lo hagas tú. —Abre los ojos sorprendido—. Sé que Maeve tiene un corazón enorme y me lo ha demostrado a lo largo de los años. No importa lo que hiciera o dijera, siempre estaba ahí.

—No tengo nada que perdonarte, Cedric —murmura acercándose, sus manos cubren mi rostro—. Eres mi hijo, sangre de mi sangre. Eras solo un niño en medio de una guerra que no era tuya y que yo no sabía que se estaba librando.

—Lo siento mucho, padre —rompo a llorar, poco me importa que estemos rodeados de guerreros que pueden pensar lo que quieran de mí. Me abraza, le dejo hacer cerrando los ojos, sintiéndome niño otra vez—. Desearía no haber conocido nunca a Brenda…

—Deseo lo mismo —suspira—. Pero no por conocerla, sino por el daño que te ha hecho. Eras un niño feliz, alegre y amoroso, y esa perra te convirtió en un ser desprovisto de sentimientos, solo sembró en ti el odio y el resentimiento.

Me suelta cuando soy capaz de calmarme, estamos solos, como si todos a nuestro alrededor comprendieran que esto era necesario entre los dos para poder sanar y tener un futuro esperanzador donde poder recuperar la relación de padre e hijo que tuvimos cuando era niño.

—Volvamos a casa —me dice con cariño—. Gillian está deseando verte.

—¿De verdad? —pregunto, esperanzado, con el corazón golpeando con fuerza mi pecho, asiento sonriendo—. No sabes lo furiosa que se puso cuando le contamos lo sucedido. Golpeó a tu hermano acusándonos de abandonarte.

—No fue así —rebato, caminando con él por la cubierta—. Supongo que debió asustarse mucho…

—Sí lo fue, y no la culpo por reaccionar de ese modo —replica—. Te ama, ¿cómo esperabas que recibiera la noticia de tu supuesta muerte?

—No sé si sigue haciéndolo —niego, apesadumbrado, mirando el mar que tenemos en frente—. Y no puedo culparla por ello.

Masculla una maldición, le miro ceñudo para ver que niega con la cabeza como si me diera por perdido.

—No puedes negar que eres mi hijo —dice—.

Eres igual de obtuso que yo a tu edad. Aunque más listo, ya que nunca le has sido infiel —musita, agachando la mirada, eso es algo que le pesa y que nunca va a abandonarlo—.

Gillian te ama. Y lo hace con tanta intensidad que ha enfermado por tu ausencia, no debería decírtelo, pero siento que, si no lo hago, seguramente, ninguno de los dos va a ser sincero con el otro por puro miedo u orgullo.

—¿Enferma? —cuestiono preocupado, el temor me atenaza el cuerpo—. Eso no puede ser…

—Tranquilo, están cuidando de ella. —No me sirve de mucho escuchar eso, pero tendrá que servir—. Concéntrate en llegar tú en buen estado para no preocuparla más. No tienes buen aspecto.

—Debes agradecérselo a Freydis —respondo, buscándola sin hallarla—. Sin su ayuda, hubiera muerto.

—Solo por eso perdonaré la vida de ese miserable cuando venga a por su hermana —masculla mi padre mirando hacia atrás—. Con suerte el invierno los retrasará.

—No creo que Einar Thorsson abandone las Orcadas en son de paz —replico—. Ni por su hermana ni por nadie. La muerte de su esposa lo ha convertido en un monstruo.

—Eso no es culpa nuestra —espeta—. En cuanto lleguemos, informaré de nuevo al rey, pero nosotros no volveremos a las islas. Ya se verá cómo se resuelve el conflicto, no pienso arriesgar más a mi gente, y Malcom opina lo mismo.

Me siento agotado, solo quiero llegar a Dunmara y no volver a salir de las tierras que en el pasado llegué a odiar. Perderme entre los brazos de mi esposa, decirle lo mucho que la amo y pedirle mil veces perdón por todo lo que le he hecho.

—Intenta descansar —palmea mi hombro—. Trataré de buscar algo de comida.

—¿Dónde están las mujeres? —cuestiono.

—No debes preocuparte por ellas, Connor y Ethan se encargarán.

—Moira es algo asustadiza —replico—. Y me gustaría que Freydis viera mis heridas. La del costado tira demasiado y temo que se haya abierto.

Las encontramos en la otra parte de la embarcación y, tal como ha dicho mi padre, las acompaña Ethan, Connor observa a lo lejos, no parece muy contento.

—¿Estáis bien? —pregunto, ambas asienten—. Freydis, no sé si mi herida…

—Déjame ver —se levanta y hace lo que le he pedido, revisa mis heridas, y por la mueca que hace, sé que algo no va bien—. Como suponía, la del costado ha vuelto a abrirse un poco, pero es normal, era muy profunda.

—¿Tendrás que coser? —pregunta mi hermano, mirando horrorizado mi costado—. ¿Cómo demonios sigues vivo?

—Supongo que no me quieren ni en el infierno —bromeo, mi padre gruñe, miro sobre mi hombro, él tampoco puede apartar los ojos de mi herida—. No es para tanto.

—Por supuesto que no —masculla—. Verás cuando tu mujer lo vea.

—¿Es aprensiva? —pregunta la vikinga sin dejar de limpiarme—. Aquí no tengo nada con lo que poder curarte. Al menos, el agua de mar es buena —musita pensativa—. Vendas. Es lo único que puedo hacer por ti hasta que lleguemos a nuestro destino, si es que Einar no nos alcanza primero.