Capítulo 32
Cedric
Una semana encerrado…
H e perdido la esperanza de que ocurra algo que me salve de este encierro. Aunque no creo que dure mucho, los rebeldes comienzan a impacientarse, quieren sangre, la mía para ser más precisos.
—Las heridas, por extraño que parezca, están cerrando bien —dice Freydis, sigue viniendo a curarme y nos trae comida—. No puedo seguir mintiendo a mi hermano mucho tiempo más…
—Pues libéranos —replico—. No eres como él, si lo que temes son las represalias, ven con nosotros, en mi clan no te faltará de nada. Te ofrezco mi protección y la de mi padre, el laird.
—No puedo dejar a mi gente… —muerde su labio inferior—. Pero sé que, si no os saco de aquí, moriréis. Y vosotros no sois responsables de lo que hace vuestro rey.
Es una muchacha inteligente y justa. No se parece nada a su hermano, y ahora comprendo por qué mi primo Connor se sintió atraído por ella la primera vez que la vimos, no es solo su belleza.
—¿Has descubierto algo sobre mi padre…? —pregunta Moira, cada día lo mismo para no recibir información precisa.
—No puedo asegurarlo, pero… —se calla, agacha la mirada y sé que ella sabe algo que puede destrozar a la morena que agazapada contra la pared contraria la mira con algo parecido a la ilusión—.
Según me han dicho varios hombres, un hombre con las características de tu padre entró en nuestras tierras, aquel día no se hizo prisioneros.
—Mientes —musita conmocionada—. Puede que te equivoques o que los hombres de tu hermano mientan para castigarme.
—Pensaron que era un espía de la corona —niega con tristeza—. Lo siento mucho, Moira.
—Piensan lo mismo de mí, ¿por qué no me matan? —alza la voz, la noruega mira a nuestro alrededor, algo en su semblante cambia, sus ojos se abren asustados y me doy cuenta de que no estamos solos.
—Porque, aunque eres una perra escocesa, eres mujer y puedes servir de entretenimiento a mis hombres. —El gran Einar Thorsson en persona, ante nosotros—. ¿Qué haces ahí dentro, hermana? —pregunta mientras me observa.
—Curar sus heridas —alza el mentón—. ¿Y tú, Einar? ¿No tienes mejores cosas que hacer?
—Lo cierto es que estos días todo ha estado demasiado tranquilo —replica como si eso le molestase—. Pensé que el rey escocés enviaría hombres a por él —me señala—. Pero parece que no eres importante —se burla—. Ni siquiera para tu familia, ya que te dejó atrás.
No caigo en sus provocaciones, me pregunto por qué demonios está jugando al gato y al ratón, sobre todo, porque yo estoy indefenso. Herido, débil por la falta de alimento y sin mis armas.
—Déjalos en paz, Einar. —Freydis se pone de pie frente a él, solo separados por los barrotes—. Libéralos.
El hombretón la observa durante lo que parece una eternidad, después echa la cabeza hacia atrás y comienza a reír. Su hermana lo mira enfurecida, aprovecha para salir de la celda y posicionarse frente a la puerta como si así pudiera protegernos.
—Basta. —Empuja su pecho, el hombre deja de reír, ahora la mira molesto—. ¿Por qué te comportas de este modo? —acusa—. Deja que regresen a su hogar…
—¿Se te olvida lo que le hicieron a mi esposa? —sisea, acercándose peligrosamente a ella, me muevo haciendo una mueca de dolor por puro instinto, pero Moira me detiene, la miro para ver cómo niega despacio—. Ninguno de ellos merece vivir, ella era inocente.
—Me parece bien defendernos cuando nos atacan —replica—. Pero Moira no ha hecho nada. —Ambos la miran, ella se encoge a mi lado—. Deja que vuelva con su clan, no es ninguna espía, solo buscaba a su padre.
—Y lo habéis matado —sisea, ahora soy yo quien la insta a callarse—. Malditos bárbaros…
—Moira, no —exclama Freydis—. Einar, vamos —tira de él, pero el guerrero no se mueve. Solo mira a la muchacha que acaba de insultarlo dejándose llevar por el dolor por la pérdida de su padre.
—Tal vez sea hora de que lo acompañes —amenaza con su mano sobre la empuñadura de su espada, la protejo con mi cuerpo, aunque es una estupidez, ahora mismo no soy defensa para nadie, ni siquiera para mí.
—No. —Freydis lucha contra él, un silbido llama la atención de Einar, nos observa por última vez y se marcha empujando a su hermana, que no cae al suelo porque se coge a los barrotes con fuerza—. Eso no ha sido prudente —regaña mirándonos—. No le retéis si queréis que os saque de aquí con vida.
—¿Lo harás? —pregunto sorprendido.
—Sí —asiente—. Lo he visto en sus ojos, no os va a dejar libres como me prometió. Os matará solo por el puro placer de hacerlo y, como he dicho, soy partidaria de matar para defender, no porque mi alma llena de odio me lo pida.
—¿Y cómo lo vas a hacer? —pregunto interesado.
—Algo ha llamado la atención de sus hombres —replica—. Voy a utilizar eso en nuestro favor. Iba a esperar a la noche, pero creo que ahora es el mejor momento. Esperad aquí, volveré lo antes posible.
Se marcha corriendo, como si ya tuviera claro un plan cuando hasta hace unos minutos no quería arriesgarse. Moira no ha pronunciado palabra, sus ojos enrojecidos por el llanto miran hacia la nada.
—Vendrás conmigo —susurro—. No temas, no tienes por qué estar sola.
—Siempre lo estaré —susurra, alza la mirada hacia mí—. Él era todo lo que me quedaba y ni siquiera he podido darle un entierro digno.
No tengo palabras que puedan consolarla, por lo que guardar silencio me parece lo más prudente. Me concentro en intentar escuchar lo que sucede ahí fuera. ¿Por qué Einar se ha marchado? ¿Qué significa ese silbido entre ellos?
Me tenso cuando, poco después, escucho los pasos de alguien descendiendo las escaleras hacia las mazmorras. Freydis aparece cargada con varias cosas. Lanza a mis pies mi arco y espada, tiende a Moira una capa muy parecida a la que porta ella.
—Es el momento —sentencia—. Alguien viene, podemos utilizar eso a nuestro favor.
—¿Alguien? —pregunto mientras abre la celda—. ¿Quién?
—Enemigos —responde—. Para mi hermano y sus hombres siempre lo son.
La sigo en silencio, concentrándome en que mi debilidad y el dolor de mis heridas no me deje atrás ni sea una losa para las dos mujeres que caminan delante de mí. La noruega nos guía por pasadizos que a mi parecer me son interminables, cuando al fin salimos, la luz del sol me ciega.
—Dios mío —escucho a Moira—. Pensé que jamás volvería a ver un nuevo día.
Cuando mis ojos se acostumbran, me doy cuenta de que hemos salido de la fortaleza por una especie de entrada secreta. Nos tiende algo de comida y agua, nos observamos los tres sabiendo que es muy posible que jamás nos volvamos a ver.
—Ven con nosotros —insisto una vez más—. Puede que tu hermano no te perdone esto, que lo tome como una traición.
—Para él hace mucho tiempo que soy una traidora —se encoge de hombros—. No os preocupéis por mí. Debéis seguir todo recto, el cauce del río os llevará a la orilla, hay una pequeña barcaza que espero sea suficiente como para que lleguéis a puerto seguro. No puedo hacer más.
—Nos has salvado la vida, nos has dado libertad —le digo—. Nunca lo olvidaré.
Escuchamos gritos que nos ponen en alerta.
Algo me dice que no puedo irme, corro en dirección contraria a la que Freydis me ha aconsejado, a pesar de sus ruegos, llego justo a tiempo para ver cómo hombres MacGregor y Sinclair se enzarzan en una nueva batalla, ahora son mucho más numerosos.
¿Por eso han tardado más en llegar? Sonrío como un loco al comprender que no me han dejado, que me aman lo suficiente como para arriesgarse sin saber si estoy vivo o muerto.
—Han venido por mí —murmuro, las mujeres llegan a mi lado.
—Dios mío —exclama la rubia—. No sé si es que son muy valientes, o unos locos.
—Supongo que ambas —río, lo hago como hace mucho no lo hacía, a pesar de estar viendo una completa carnicería ante mis ojos—. Debemos detener esto.
—Secuéstrame —dice de golpe, la miro como si hubiera perdido el juicio—. Puede que Einar solo os de tregua si cree que mi vida corre peligro.
—Tendré que llevarte con nosotros —le digo, frunciendo el ceño—. ¿Quieres dejar tu patria?
—¿Qué patria? —cuestiona—. Ya no queda nada. Los tiempos cambian lo queramos o no, mi hermano no lo aceptará jamás, pero yo empiezo a hacerlo y no quiero vivir siempre rodeada de muerte y resentimiento.
—Moira, escóndete tras de mí —insto—. No te haré daño.
Dicho lo cual mi daga roza su cuello, la cojo sin apretar demasiado y comienzo a caminar para llamar la atención del líder rebelde.
—Deteneos —ordena en cuanto nos ve aparecer—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —inquiere furioso—. Suelta a mi hermana.
—No hasta que des la orden a tus perros de detener esta batalla —grito, mi progenitor me mira como si estuviera viendo un fantasma—. Hola, padre. Gracias por venir a por mí.
—Cedric —exclama—. Estás vivo…
Ethan y Connor corren hacia mí. Mi hermano quiere abrazarme, lo veo en sus ojos, pero se contiene entendiendo que lo que estoy haciendo es nuestra única oportunidad de salir de aquí.
—Llévate a Moira al barco —susurro—. Comenzad a dispersaos y avanzad.
—No pienso volver a dejarte atrás —niega, mirando a la susodicha—. ¿Quién es ella?
—Moira Lennox —respondo sin perder de vista a nuestro enemigo—. Cautiva de los noruegos. Se viene con nosotros.
—¿Hay acuerdo o no, Thorsson? —pregunta mi padre—. Entrégame a mi hijo y nos marcharemos, me aseguraré de que nuestro rey te conceda el dominio de la isla.
—Qué magnánimo, MacGregor —se carcajea—. Pero sigo viendo cómo el malnacido de tu hijo amenaza a mi hermana. La única familia que me queda.
—Se viene con nosotros —replico—. No le haremos ningún daño, pero es nuestro salvoconducto.
—¿Crees que voy a dejaros salir de aquí? —pregunta furioso—. Prefiero verla muerta que en manos de los escoceses.
La escucho jadear, siento cómo deja de respirar, incluso juraría que siento su corazón partirse en mil pedazos ante la afirmación de su hermano.
—No lo escuches —susurro—. No es él quien habla, sino el rencor.
—Basta, Einar —alza la voz—. Detén esta guerra, no va a devolverte a Eileen.
Me complace ver que los hombres comienzan a retirarse, los deja marchar sin mover un solo dedo hasta que quedamos mi padre, Connor, Ethan y yo.
—Llévate a Moira, maldita sea —siseo—. No podremos avanzar si tenemos que cuidar de ella.
Ethan y Connor finalmente asienten y se marchan. Mi padre se posiciona a mi lado a la espera de que el vikingo dicte sentencia.
—Decide —insto cansado de todo esto—. O nos dejas salir de aquí, o contempla cómo la degüello.
—No vas a hacerlo —se jacta con seguridad—. Ella ha salvado tu miserable vida y así se lo pagas —escupe—. ¿Ves, hermana? ¿Ya te has convencido de que no hay un escocés bueno que merezca ser salvado?
Es la misma Freydis quien aprieta la daga para hacer un pequeño corte que comienza a sangrar. Einar abre mucho los ojos al darse cuenta de que no estoy mintiendo.
—¿Qué haces? —siseo—. ¿Te has vuelto loca? —Lucha contra mí para seguir ejerciendo presión—. No pienso hacerlo.
—O me hieres, o no se lo va a creer —masculla—. No voy a morirme por un poco de sangre.
Tiene razón, el semblante de Einar Thorsson cambia, dejando claro que su hermana le importa, a pesar de los desacuerdos entre ellos. Alza la mano, una orden silenciosa para que sus hombres bajen las armas, insto a mi padre para que se mueva, debo ser el último en salir.
—Iré por ti, MacGregor —amenaza—. Y destruiré todo lo que te importa.
—Inténtalo —asiento, caminando hacia atrás; él, por el contrario, no ha dado un solo paso—. Prometo darle mejor trato en mi hogar que el que tú me has dado en el tuyo.
Una vez fuera de la fortaleza, corremos, al menos, yo intento ir todo lo rápido que puedo. Cuando veo el puerto y la embarcación que de nuevo ha traído a mi gente hasta aquí, estoy a punto de flaquear, pero no hay tiempo, no creo que los noruegos nos den tregua.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —recrimina Connor, pero no me mira a mí, sino a Freydis—. ¡La has herido!
—No ha sido él —replica la muchacha—. Soy la culpable, mi hermano no os hubiera dejado ir.
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme, primo? —cuestiono irónico, me tenso cuando me abraza con fuerza, abro los ojos impresionado.
—Maldito cabrón, no vuelvas a asustarnos así —recrimina entre dientes, no puedo hacer otra cosa que reír cuando no hace mucho le hubiera dado un puñetazo por el insulto.
El barco ha zarpado y yo ni siquiera me había dado cuenta, me alejo de Connor cuando mis ojos se encuentran con los de Ethan, que permanece al lado de Moira.
—Me has liberado —dice la chica en cuanto me acerco.
—Te dije que lo intentaría —me encojo de hombros algo cohibido ante la gratitud que brilla en su mirada—. Ethan…
—¿Ethan? —cuestiona—. ¿Te haces una idea de lo que hemos pasado?
¿De cómo me sentí teniendo que dejarte atrás y…
? —la emoción no le permite hablar. Actúo por instinto, esta vez soy yo quien lo abraza, mis ojos y los de mi padre se encuentran y la sensación de estar en casa me embarga y me llena de paz.