Capítulo 31
Gillian
N o puedo soportar pensar que han pasado cuatro días y que aún les costará, al menos, dos más para llegar hasta Cedric.
No he podido dormir ni comer, no importa lo que me haya dicho mi madre, mi tía o incluso Nessa, no soy capaz de probar bocado y si lo hiciera estoy segura de que vomitaría en el acto.
¿Cómo voy a hacerlo sabiendo que Cedric puede estar herido y abandonado? ¿O sufriendo a manos de sus enemigos…? O peor aún… No puedo pronunciar las palabras, las lágrimas vuelven a brotar, el dolor me asfixia.
—Si no puedes controlarte, pienso pedir a la curandera que te dé algo que te haga dormir una semana, Gillian. —Mi madre hace tiempo que ha perdido la paciencia viendo cómo me consumo, cómo pierde a su hija un poco cada día—. ¿Quieres que cuando tu esposo regrese te vea así?
—¿Crees que volverá? —cuestiono, mirando a la nada—. ¿Vivo, al menos?
—Sí —sentencia con una seguridad que yo no tengo—. Van a traerlo de vuelta.
—No debieron dejarlo en primer lugar —replico, cada vez que lo recuerdo, que lo imagino, la furia se apodera de mí—. Está solo creyendo que yo… —cubro mi rostro con mis manos, ocultando mi vergüenza—. Si, al menos, le hubiera dicho que, a pesar de todo, le amaba…
—Se lo dirás —acaricia mi cabello—. Bebe esto —me ofrece un vaso que miro con recelo—. Es algo para templar los nervios, nada más.
Confío en ella porque es mi madre, nunca me daría nada que pudiera dañarme a mí o a mi bebé. Lo tomo a desgana, poco después siento cómo mis párpados pesan cada vez más, la miro dolida, comprendiendo que ha cumplido su amenaza.
—Lo siento, pequeña —susurra llorando también—. No puedo perderos.
El sueño me lleva lejos de aquí, lejos del dolor….
***
Estoy en las colinas de Girnigoe, ¿por qué? ¡
Escucho unos suaves pasos, doy media vuelta y me encuentro a Cedric caminando hacia mí con un gesto tranquilo. En sus ojos negros ya no veo resentimiento ni odio, solo paz, incluso me regala una sonrisa que me trasporta a nuestra niñez.¡
—Cedric —murmuro temblorosa—. ¿Qué hacemos aquí?
—No lo sé —se encoge de hombros llegando a mi lado, mira a su alrededor—. No recordaba lo hermoso que es tu hogar, mucho más que el mío.
—¿Dónde estás? —pregunto, me mira perdiendo la sonrisa, su mano se alza y acaricia mi mejilla con suavidad—. Van a ir a buscarte…
—Estás muy delgada —regaña sin darle importancia a mis palabras—. ¿Qué te dije? —pregunta—. No importa lo que pase, debes cuidar de ti y de nuestro hijo. Me lo prometiste.
—No hables así —espeto, alejándome de su contacto—. No hables como si esto fuera una despedida. Llegarán pronto, y volverás conmigo.
—Pensé que no querías estar atada a mí —bromea, niego intentando contener el llanto—. No llores —me ordena con firmeza—. No lo merezco.
—Eres mi esposo —exclamo—. Te amo, Cedric.
Veo cómo sus ojos se abren por la sorpresa, cómo su pecho deja de subir y bajar como si estuviera conteniendo el aliento.
Finalmente, sonríe, me abraza y me dejo envolver por su calor, su fuerza y su presencia que tanta falta me hace.
Le devuelvo el gesto, entierro mi rostro en su pecho, inhalo con fuerza su aroma, no quiero soltarlo porque sé que, si lo hago, todo terminará.
—Tienes que regresar a mi lado, esposo —murmuro contra su piel, lo siento temblar—. Tienes que conocer a nuestro hijo y resarcirme por todos los años en los que me has mantenido alejada cuando lo único que deseaba era ser tu apoyo.
—Lo sé —besa mi cabello con suma ternura—. Sé que solo querías ayudarme, que me amabas incluso cuando no lo merecía. Y que sigas haciéndolo es el mayor regalo que podías darme.
Alzo el rostro para contemplar el suyo, me besa con suavidad, me alzo de puntillas porque necesito mucho más, pero se aleja, como si algo lo obligara a ello.
—Gracias —dice, ante mis ojos comienza a desvanecerse—. Gracias por amarme.
—¡Cedric! —grito cuando desaparece, miro a mi alrededor desquiciada, pero me encuentro sola en el prado donde tantas veces corrimos, y ahora Girnigoe ya no se siente como mi hogar.
***
—Está vivo —exclamo abriendo los ojos—. Cedric va a volver.
Nessa aparece en mi campo de visión, ella tiene tan mal semblante como yo. Me mira con una lástima infinita, mi corazón da un vuelco ante el terror que me invade.
—¿Han llegado? —pregunto ansiosa, niega con la cabeza—. ¿Cuánto he dormido?
—Casi un día entero. —Gruño furiosa—. Debes tranquilizarte, o tengo órdenes de tu madre de volver a dormirte.
—No lo intentes —siseo—. No pienso caer en su trampa otra vez. Fui lo bastante estúpida como para confiar en ella, no sucederá de nuevo.
—Lo ha hecho por tu bien —rebate—. No estás pensando en tu bebé, y es lo que Cedric querría.
—No hables como si ya hubieras enterrado su cuerpo —alzo la voz—. Todos actuáis como si estuviera muerto.
—Gillian, lo hirieron —susurra con dolor—. ¿Crees que lo dejarían con vida?
—No está muerto —repito—. Yo lo sentiría…
—Sé cuánto amas a mi hermano, yo también —continúa diciendo con condescendencia—. Pero cuanto antes nos hagamos a la idea de que ya no está con nosotras…
—Cállate —reacciono como nunca, me incorporo mientras mi mano golpea la mano de mi cuñada y mejor amiga, veo cómo su rostro gira, jadeo anonadada—. Dios mío… Nessa, yo no quería, lo siento mucho.
Me mira con decepción, se levanta muy lentamente para alejarse de mí, me gustaría correr hacia ella y detenerla, pero siento que no es el momento.
—No estás en tus cabales —musita enfadada—. Y solo por eso y porque estás embarazada de mi hermano no te devuelvo el golpe. Pero no lo olvides, Gillian Sinclair, jamás oses ponerme la mano encima otra vez.
Sale dando un portazo. Sollozo sintiéndome culpable por haberla golpeado sin motivo alguno. Nunca me he considerado una mujer violenta, pero no quería seguir escuchando la posibilidad de que Cedric no vuelva a mi lado.
Me levanto de la cama, aunque me siento muy débil, sin embargo, permanecer acostada ya no es una opción. Me doy cuenta de que es de noche, salgo hacia el pasillo en busca de mi madre o de alguien que pueda darme alguna información.
—Ha perdido el juicio —exclama Nessa desde el salón—. Me ha golpeado. No quiere escuchar la realidad, madre.
—¿La puedes culpar? —pregunta mi tía—. No sabe si su marido está vivo o muerto.
—También es mi hermano y tu hijo —continúa exaltada—. Soy la primera que quiere ver a Cedric entrar por esa maldita puerta, pero negarme la realidad no va a traerlo de vuelta.
—Continuaremos rezando. —Cierro los ojos, me apoyo en la fría pared de pierda—. Yo tampoco puedo aceptarlo, Nessa. El dolor es demasiado intenso.
—¿Crees que no quiero morir cada vez que pienso en no volver a verlo? —cuestiona dolida—. Amo a mis hermanos, a toda mi familia, pero sabes que Cedric para mí es… —se rompe, escucho un grito que me hiela la sangre y después unos sollozos desgarradores mientras su madre intenta consolarla.
Doy un paso al frente y entro en la estancia para verla arrodillada en el suelo.
Maeve, al verme, sonríe con tristeza, le hago un gesto para que se aparte porque necesito ser yo quien le dé consuelo a Nessa.
Cuando se da cuenta de que soy yo, intenta apartarme, pero no con mucha decisión, finalmente no solo permite que la abrace, sino que me envuelve entre sus brazos y lloramos juntas.
Una siendo el apoyo de la otra mientras nos desmoronamos en pedazos. Nadie nos interrumpe, son espectadores mudos del dolor que nos une, de la angustia que nos invade ante la incertidumbre.